Hace unas semanas, antes de las abrumadoras fiestas de fin de año y la orgía de bien intencionados pero incumplibles propósitos, leía en Plaza Pública un artículo de Alberto Arce sobre el siempre mencionado, sobretodo al principio de cada nuevo ciclo presidencial, Canal Seco Interoceánico, ahora con el rimbombante nombre de Corredor Tecnológico Interoceánico. No se cómo paso de ‘canal’ a ‘corredor’, y menos aún de ‘seco’ a ‘tecnológico’, pero Arce describe el proyecto como “una obra de ingeniería que pretende atravesar los 336 kilómetros que separan ambas costas del país construyendo un canal seco de 140 metros de ancho y que contendría una autopista, una vía de ferrocarril y un oleoducto, infraestructuras que servirían para conectar dos puertos … uno en cada océano”. De ser construido, dice Arce, el Corredor Tecnológico Interoceánico representaría “un poco más del 3 por ciento del territorio nacional”, constituyéndose así en “el puente privado más grande del país”.

A la presentación del proyecto en el estadio de Zacapa acudió el flamante presidente electo Otto Pérez Molina y seis miembros de su gabinete, además de alcaldes de las municipalidades comprometidas con el proyecto e ilustres personalidades del mundo económico y militar guatemalteco. El ambiente, dice Arce, era de fiesta y, supongo, bastante más representativo del tejido social guatemalteco que el de otras fiestas que organizan por ahí. Entre los discursos no faltó (nunca falta en estos eventos donde supuestamente se juega el futuro del país) el de corte desarrollista-progresista, ese que ofrece empleos, distribución de la riqueza e incremento en el bienestar general pero que nunca, sospechosamente, menciona ni de paso las utilidades que se agenciarán los inversores. El proyecto, dicen los políticos, empresarios y ex-militares involucrados en su promoción y, cruzan los deditos, futura construcción traerá desarrollo “integral, participativo e inclusivo” al país. La inversión estimada para este proyecto es de US$ 12,000 millones (así, redondito por eso de las cuentas claras), generaría miles de trabajos y ofrecería, de ser construido, una alternativa al Canal de Panamá.

Mientras leía el artículo sobre el proyecto no podía dejar de pensar en la Exposición Centroamericana de 1897 cuya realización fue aprobada el 8 de marzo de 1894 por la Asamblea Nacional (Decreto 253) tras la sugerencia (es un eufemismo) hecha por el presidencial dictador liberal José María Reina Barrios. Según el decreto oficial, publicado en el primer número del Boletín de la Exposición Centroamericana (1 de febrero, 1896), el gobierno de Reina Barrios sostenía que debido a la “benéfica tranquilidad que el país a logrado, el Gobierno ha creído que es llegada la hora para que Guatemala exhiba los adelantos de su agricultura y las obras hijas de la inteligencia y de la imaginación de nuestros compatriotas” en una exposición que será “una fiesta de paz en que Guatemala hará sus mejores triunfos”. Lindo, ¿no?

Según la resolución, la Exposición Centroamericana abriría sus puestas el 15 de marzo de 1897 y se llevaría a cabo en el Boulevard 30 de junio (hoy Avenida la Reforma) que se encontraba en esos momentos en construcción en las afueras de la ciudad sin necesidad o razón aparente más que la de darle un toque parisino a la capital. Según un artículo incluido en el número 23 del Boletín de la Exposición Centroamericana (“Edificios”, 1 de enero de 1987), la Exposición sería instalada en diecisiete edificios principales de diferentes proporciones, desde un salón principal de 95 metros de largo por 45 metros de ancho, donde estarían las exhibiciones de las naciones centroamericanas y la de California, a pequeños pabellones para restaurantes y oficinas administrativas. Los objetivos de la Exhibición fueron claramente articulados en el “Reglamento de la Exposición Centroamericana” publicado en El Guatemalteco el 18 de febrero de 1896: “Reunir diversos objetos para comprarlos; aprender lo que ignoramos; mejorar lo que sabemos; comunicar a otros lo que producimos; despertar el estímulo en pro del trabajo humano; borrar las mezquindades; estrechar los lazos de fraternidad universal y exhibir a Guatemala dignamente, invitando a los pueblos centroamericanos, para una fiesta de civilización y cultura; tales son, entre otros, los provechosos resultados que en general podrá ofrecer la Exposición”. Nobles propósitos, sin lugar a dudas.

El reglamento también especificaba lo que el gobierno guatemalteco esperaba lograr con la exposición: “Si el certamen excita la curiosidad del extranjero, generaliza el conocimiento de cuanto forma el conjunto armonioso del trabajo guatemalteco, demuestra que al amparo de la paz y seguridad el migrante honrado encontrará una segunda patria, y propaga por el mundo culto, las benéficas condiciones de la naturaleza centro-americana; naturalmente, decimos, el Certamen contribuye directamente a que al terminar el Ferrocarril Interoceánico, éste dé desde luego los óptimos frutos que está llamado a proporcionar”. ¡Ve! Ya decía que lo de Ferrocarril, digo, Corredor Interoceánico me sonaba familiar.

Dado que por ese entonces el punto de entrada de la mayoría de visitantes e inmigrantes de Europa y Norte América era el puerto en el Caribe, Reina Barrios presionó para que el Ferrocarril del Norte, que uniría la costa atlántica con la capital, se terminara a tiempo. El Ferrocarril del Norte no era únicamente vital para el éxito de la Exposición sino también para el transporte de mercancías y personas pues complementaría la ya terminada línea férrea entre la capital y el Puerto de San José en el Pacífico, permitiendo así la comunicación directa entre los dos océanos. En esos años, allá por 1897, el desarrollo y el progreso del país estaban puestos pues en el Ferrocarril Interoceánico. (Cualquier parecido con el presente es producto de su imaginación).

Cual maldición gitana, el Ferrocarril del Norte no fue terminado a tiempo para la Exposición debido a múltiples dificultades y retrasos que, imagino, generaron infinidad de “fíjeses”. Esta fue, al menos parcialmente, la razón por la que la Exposición tuvo un bajo número de visitantes, aproximadamente 40,000 durante los cuatro meses que estuvo abierta. Así, lo que debió haber sido “el mayor logro de Guatemala” fue considerado un rotundo fracaso que no logró impulsar la inmigración a Guatemala ni aumentar las inversiones extranjeras, los dos objetivos primordiales trazados por el gobierno. Es más, la organización de la Exposición Centroamericana incrementó las dificultades financieras que el gobierno ya estaba teniendo dado los bajos precios del café en el mercado internacional, lo que a su vez llevó, finalmente, al ascenso al poder de Manuel Estrada Cabrera en febrero de 1898 previo asesinato, claro está, de Reina Barrios. El Ferrocarril del Norte fue finalmente concluido en la primera década del siglo XX gracias a la concesión de la línea férrea a un generoso inversor extranjero, la American United Fruit Company (UFCO) o, como la llamamos cariñosamente en Guatemala, La Bananera, misma que después tuvo un rol protagónico en la invasión organizada y dirigida por la CIA en 1954 para deponer a Arbenz por, entre otros crímenes contra los intereses del pueblo de Guatemala, haber osado cuestionar los privilegios monopolísticos de la UFCO.

Curiosamente (es un decir), en el mismo artículo de Plaza Pública ya mencionado, Guillermo Catalán Español, uno de los principales promotores del proyecto, sostiene que “hay ocho empresas en el mundo con capacidad y voluntad de entrar a este proyecto. A través de las concesiones que les otorgaremos, todo comenzará a fluir”. Quizás algo de esta inversión quede en Guatemala, quizás algo quede en los municipios y en las arcas nacionales, pero si hay algo que deberíamos ya haber aprendido es que las utilidades generadas por capitales internacionales nunca se quedan en el país en las que son generadas. No soy economista, la fe no es mi fuerte, pero dado los flujos internacionales de capital, la naturaleza de las corporaciones multinacionales que probablemente sean las que inviertan en este tipo de proyectos y el modo mismo de producción capitalista, dudo mucho que esas inversiones extranjeras tengan un impacto real y perdurable a nivel social o económico, sobretodo en los sectores más pobres y necesitados del país. El proyecto, en última instancia, gira en torno al tránsito, al flujo constante de gente, contenedores y capital. Será, pues, una gigantesca y larguísima pantalla plana donde la inmensa mayoría de habitantes del país verá pasar frente a sus ojos todo lo que nunca podrán tener.

No pongo en duda que el proyecto, de ser construido, generará al menos por unos años miles de puestos de trabajo ya que indudablemente alguien tiene que construir los cientos de kilómetros de líneas férreas, autopistas y oleoductos así como, al parecer, dos nuevos puertos, zonas logísticas y zonas de soporte. Qué tan bien pagados serán esos puestos de trabajo queda por ver (sospecho que lo mínimo necesario) pero, innegablemente, la inmensa mayoría de esos puestos de trabajo no serán creados como resultado de un crecimiento sostenible; es decir, no serán puestos de trabajo que surjan como consecuencia de un crecimiento estructural de la sociedad en su conjunto sino serán más bien puestos de trabajo que desaparecerán luego de terminada la obra. Ojalá me equivoque pero, según las crónicas de la época, a los miles de campesinos, indígenas y ladinos, que trabajaron (muchísimos forzosamente) en la construcción del Ferrocarril Interoceánico hace más de un siglo no les fue muy bien que digamos.

Sea como fuere, después de 115 años dándole al mismo modelo, ¿no deberíamos dejar ya de pensar que la inversión y el “progreso” vienen de afuera? ¿No sería bueno empezar a crear un modelo de desarrollo sostenible donde lo prioritario sea la inversión humana interna y no la inversión económica externa, donde la prioridad sea el bienestar de los millones de guatemaltecos (pobres y no tan pobres) para los que el Corredor Tecnológico Interoceánico, el Canal Seco o el Ferrocarril Interoceánico no representó, representa o representará ningún beneficio real y duradero? La época es la propicia, los astros auguran cambios fundamentales, los planetas están alineados y, como si esto fuera poco, el sistema económico capitalista basado en el desarrollo económico perpetuo y la noción de progreso está en obvia crisis. Me decían una vez que no se pueden esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. 115 años dándole a lo mismo sin resultados tangibles me parece un poco bastante.

[post original: pacaya]