El capital se va y la crisis se queda

Manuel Villacorta

A menos que los guatemaltecos hagamos un esfuerzo extraordinario, el futuro de nuestra economía proyecta un panorama desalentador. La relación capital-sociedad nunca ha perfilado una conexión sustentada. A diferencia de otros países en donde el capital es valorado tanto por sus propietarios, como por la clase trabajadora, en nuestro país existe un divorcio histórico entre ambas categorías. El gran capital local no logró percibir a la sociedad como su complemento y contraparte. Mostró desconfianza hacia las políticas públicas orientadas a viabilizar los derechos laborales y la inversión social. Nunca visualizó estas instancias como los pilares de su propia estructura operativa. La sociedad, por su parte, se fue desmarcando de la relación, debido a una desconfianza que posicionó la idea de que el capital por sí mismo es enemigo de la clase trabajadora y que su éxito se basa en la explotación de los trabajadores y la extracción de plusvalía. Un contexto que como resultado caracterizó una desconexión entre las categorías referidas: capital-sociedad.

Pareciera ser, en función a los últimos sucesos ocurridos, que el gran capital local perdió el interés de permanecer por mucho tiempo más en el país. Este sector optó por la internacionalización de sus inversiones, en donde Guatemala dejó de ser el núcleo estratégico para convertirse en una plaza más. Centroamérica, República Dominicana, América del Sur e incluso Estados Unidos, se convirtieron en objetivos más interesantes e importantes para invertir y producir. Por eso mismo, instancias relevantes, como el Cacif, fueron perdiendo protagonismo y poder político en el país. Instancia que, como otras similares, pareciera estar muriendo por inanición. Qué lejos está aquel Cacif de los años 70 y 80, en el que cuatro o cinco patriarcas de las familias más poderosas de Guatemala determinaban la ruta económica y política del país. Es innegable que el ingreso del fuerte capital foráneo, así como la consolidación de nuevos capitales locales de oscura procedencia, hicieron lo suyo para desplazar al capital económico tradicional. Lo que podríamos denominar el “bloque de poder económico”, se fracturó y sus contradicciones favorecieron una especie de pulverización de intereses. Es por ello que se detecta una especie de vacío de poder, porque lo económico condiciona lo político. Consideremos esto: 1. El crecimiento del PIB no sustentará las cada vez más expandidas necesidades sociales. Existe estancamiento en la generación de riqueza mientras la explosión demográfica se incrementa alarmantemente. Resultado: mayores niveles de pobreza. 2. El Estado (gobierno) reduce cada vez más el gasto público en materia de inversiones. 3. Las exportaciones y las importaciones dejaron de crecer. 4. La conflictividad social llegó para quedarse, se potencian las demandas y se carece de soluciones estructurales.

Mi pronóstico: el capital privado local reducirá drásticamente sus inversiones en el país. Crecerá la demanda de empleos pero no la oferta. Esto implica más presiones sociales y un mayor nivel de pobreza. Otro ejemplo patético de que la confrontación en Guatemala solo crea perdedores.

Pareciera ser, en función a los últimos sucesos ocurridos, que el gran capital local perdió el interés de permanecer por mucho tiempo más en el país. Este sector optó por la internacionalización de sus inversiones, en donde Guatemala dejó de ser el núcleo estratégico para convertirse en una plaza más.

Fuente: [http://www.s21.gt/2016/09/la-crisis-se-queda/]

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Manuel R. Villacorta O.

Manuel R. Villacorta O.

Doctor en Sociología Política. Universidad Pontificia de Salamanca, Summa Cum Laude. España. Licenciado en Ciencia Política. Universidad de San Carlos de Guatemala, Guatemala. Es autor de varios libros y publica una columna semanal en Siglo 21.
Manuel R. Villacorta O.