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Sergio Palencia

Me pregunto esto y hacia dónde vamos o tendemos. Una respuesta podría ser que estamos a dos meses y medio de elecciones nacionales. Si viésemos estas elecciones con los ojos de lo que se abrió en las manifestaciones iniciadas desde 2015, ¿en dónde estamos parados?

Me parece que el modelo de cambio vía CICIG tuvo su auge y su retroceso. La respuesta común suele ser que el CACIF, el arzuísmo y los militares-narcotraficantes coordinaron una campaña para acabar con esta instancia. En efecto, así sucedió, se movilizó toda una red para acaparar la fiscalía general, tribunales estratégicos, piezas en las cortes o la controlaría. Así, la CICIG fue acallada y llevada al punto de ser inoperante.

Sin embargo, poco suele meditarse en torno a los propios límites de la CICIG como modelo de reforma estatal. Considero que fueron varios los procesos que llevaban ya el germen de su impasse, propongo algunos puntos como reflexión a tener en cuenta de las fuerzas progresistas en el país.

Uno, hubo una separación entre la movilización que desató la CICIG a partir de abril 2015 y su estrategia política-investigativa. Es decir, se creó una dependencia entre el caso sonado, jueves de CICIG, y las marchas, plantones o manifestaciones. Sin embargo, la experiencia de los espacios sociales ganados, de encuentro, posibilitó nuevos compromisos políticos y de vida, muchos de ellos en silencio, otros, como ya veremos, perfilados a través de la participación políticas en las elecciones.

Dos, las experiencias colectivas de las movilizaciones entre 2015 y 2018 abrieron otras formas de pensar la democracia. Las asambleas ciudadanas, los espacios de discusión, los murales pintados para borrar la asfixiante publicidad de campaña electoral, fueron, entre otros, críticas al concepto mismo de democracia que impone el capital, léase empresariado finquero, narcotraficante o financiero. El congreso sacrificó a Otto Pérez para salvar la legitimidad de las elecciones, algo que, visto en perspectiva, repercutió en una posterior dictadura del congreso y los partidos sobre la sociedad entera. 

No olvidemos el 14 y 15 de septiembre de 2017 con dos eventos sumamente significativos, en mi lectura constituyeron el culmen de las movilizaciones. En esos días, la manifestación de la independencia se transformó en una ocupación de la Plaza sacando a los militares y la ceremonia donde el presidente Morales participaría. Horas después, la protesta rodeó el congreso identificándolo como eje de los tiempos y estrategias de lo que se denominó el Pacto de Corruptos, auspiciados por Arzú y el CACIF.

Después el enemigo fue el tiempo estatal de los negocios, regresar a la normalidad, lo cual redundó en una relegitimación del sistema partidista estatal. Por un lado esto permitió la reconfiguración de las alianzas resquebrajadas por el 2015, siendo el punto central la orquestación de Arzú, la patria del criollo articulando las cuotas de poder mafiosas. Eso, una articulación de criminales, ha sido el Estado guatemalteco, fundado en 1871 y 1954, el mismo que ejecutó sistemáticamente una de las campañas de aniquilamiento social más espantosas en la historia contemporánea del continente.

Ahora bien, no solo hay que ver lo que actuó la alianza partidista-militar-narcotraficante, sino la propia miríada de fuerzas progresistas. Una, el sector o tendencia que se pensó en términos de participar a través del Estado y desde ahí promover los esfuerzos internos. En momentos de crisis se renunció en grupo del gobierno de Morales (ministerios de gobernación o salud) o, bien, fueron sacados de posiciones sensibles, como la tributación (SAT). Expresaron el quiebre social del 2017 y, a la vez, se rearticularon con miras a la opción de elecciones.

Dos, los movimientos contra las mineras, palma africana e hidroeléctricas. Estos grupos no han dejado de ser atacados por criminalización o asesinato directo. Un craso error de la lectura política de Guatemala entre 2015 y 2019 ha sido no leer la crisis de la CICIG en términos de la imposición de hidroeléctricas como Oxec o la criminalización en Ixquisís o El Estor. Los medios de comunicación hicieron todo lo posible por desvincular la lucha contra la corrupción o la CICIG de los proyectos de apropiación capitalista. Los canales de televisión, como Antigua o Guatevisión, formaron grupos de expertos que pensaron lo iniciado en 2015 en términos de institucionalidad y no quiebre social. Los canales “nacionales” inyectaron el amarillismo necesario para inmovilizar y sembrar saña.

Pero el fondo del 2015 no es la institucionalidad que adquirirá el Estado guatemalteco sino si, en realidad, se puede evitar la destrucción del país, la violencia para la cual se está preparando de nuevo el CACIF-Ejército-narcotráfico, y la crisis ecológica ya aguzada por el desastre climático. Hay que plantearlo, sin exageraciones, tal como se pinta el horizonte: capitales que buscan saquear los recursos, explotar al máximo las mayorías sumamente pobres del país –y la región– mientras se imponen las condiciones para que miles busquen migrar a pesar de los grupos armados, financiados, por México y Estados Unidos, ambos Estados en profunda crisis.

Las elecciones en Guatemala, más allá del mito de libres, son conducidas por bandas de asesinos, con nombres y apellidos conocidos, que están dispuestos a todo para mantener privilegios –e.i. camionetas Alpha Romeo, monopolios de negocios, alianzas con capitales narco (el caso Mario Estrada)–. La urgencia no es salvar el régimen heredado de la Constitución de 1985 sino salvar la vida concreta ante el desquiciamiento de figuras como Galdámez, Morales, los Arzú, Rabbé o Puñalito Ovalle, gente con perfiles sociópatas e incluso fama de torturadores durante la guerra.

Sea cual sea la opción política tomada en estos momentos –a través de un partido político nuevo, defensores de derechos humanos, asambleas comunales contra megaproyectos– es sumamente importante tener claro el horizonte y no solo lo inmediato. Para esto hay que tener un pie puesto en nuestra propia experiencia histórica en Guatemala, de lucha en tiempos adversos, de la cual tenemos mucha, como también un profundo sentido creativo y audaz en lo actual para pensar organizaciones acordes a los nuevos impulsos, deseos, expectativas de la democracia que se quiere crear.

El reto es el siguiente: la democracia como práctica colectiva, concreta, debe crear sus propias formas y no tomar por sentadas las que institucionalizan los mismos que buscan defender sus posiciones de élite mientras se enriquecen de la creciente pobreza de las mayorías. El ánimo debe estar presto a la creatividad como única manera de salir de los límites que se nos quieren imponer. En estos momentos, más que figuras públicas necesitamos miles de personas dispuestas a, desde el anonimato y sin afanes de acumulación de cuotas de poder, salir a crear los espacios organizativos que vaticinen una posibilidad contra la falsa penumbra del poder.

Fuente: [https://www.elsalmon.gt/en-que-momento-estamos-en-guatemala/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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