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Carlos Figueroa Ibarra

El martes 13 de septiembre falleció Jorge Mario García Laguardia. Como es sabido fue profesor en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de San Carlos y también en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM así como Magistrado de la Corte de Constitucionalidad  y Procurador de los Derechos Humanos de Guatemala. Además funcionario importante en el Instituto Interamericano de Derechos Humanos. Fue  también u brillante jurista y  notable constitucionalista.  Mi acercamiento a su personalidad en el momento de su partida acaso sea más íntimo.

Conocí a Jorge Mario desde que yo era un adolescente pues era parte del círculo de amistades de mi padre. Pero realmente tuve  un contacto estrecho con él  a partir de 1971, cuando comenzó su segundo exilio después del asesinato de su entrañable amigo, colega y compañero de lides políticas, Adolfo Mijangos López.  Era Jorge Mario parte de la generación de jóvenes revolucionarios a los cuales les tocó enfrentar  la contrarrevolución de 1954 y el surgimiento de la ominosa dictadura militar guatemalteca. Fue el principal dirigente del grupo  estudiantil que fundó el periódico de resistencia en contra de Castillo Armas y que habría de llamarse El Estudiante.  Era éste, como su nombre lo indicaba, un periódico estudiantil. Pero  el contexto oscurantista que se irguió sobre el país con el derrocamiento de Jacobo Arbenz y la llegada de Carlos Castillo Armas, lo volvió durante un período el principal vocero  de la resistencia  contra el régimen anticomunista  que fue el origen de todos los males contemporáneos de Guatemala.

A diferencia de buena parte de sus coetáneos  de El Estudiante, Jorge Mario  no se encaminó hacia “la izquierda revolucionaria”  sino hacia “la izquierda democrática” como se decía en los sesenta. Cuando El Estudiante fue prohibido y disuelto, García Laguardia salió al exilio  y después de una estancia de estudios en Italia regresó a Guatemala y unió esfuerzos a Mijangos López,  a Manuel Colom  Argueta y a Francisco Villagrán Kramer  entre otro/as, para  fundar la Unidad Revolucionaria Democrática (URD), el esfuerzo socialdemócrata que persistiría hasta el asesinato de  Colom Argueta. Su segundo exilio  lo llevó a la UNAM y coincidió ese hecho con la publicación de su estupendo libro La Reforma Liberal en Guatemala, editado en ocasión del centenario de la misma.

Nunca fui su alumno en un aula sino en largas conversaciones de sobremesa, en tardes sabatinas al calor del tequila o francamente en alguna cantina de la ciudad de México y también a través de sus libros. Siendo yo un joven inclinado hacia el comunismo pude valorar las enseñanzas de un maestro socialdemócrata. Nos volvimos a encontrar en Guatemala en estos últimos años. Pese a nuestras diferencias teóricas e ideológicas, tuvimos al final una gran coincidencia política: la lucha contra el neoliberalismo y el pacto de corruptos que hoy impera en Guatemala. En nuestras últimas conversaciones, Jorge Mario visualizaba un cambio de época y paradigmas y un sistema putrefacto en Guatemala. Lo dijo: “No me alejé de la política, la política se alejó de mí”. ¡Adiós Maestro!

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

Carlos Figueroa Ibarra
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