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Mario Roberto Morales

El domingo 12 de enero pasado, se cumplieron 36 años de la caída en combate de Carlos Enrique Rodríguez Ágreda, alias comandante Efraín, o Efra, como le decíamos sus allegados. Yo estaba en Nicaragua siguiendo órdenes suyas y por eso me enteré varios días después de lo ocurrido, cuando llegué a San José, Costa Rica, y revisé mi apartado postal, en donde había un abultado sobre con los recortes de prensa sobre el hecho y una sentida carta de mi madre, quien lloró su muerte como la de un hijo.

Efraín me salvó la vida dos veces. La última, ordenándome tajantemente ir a Nicaragua a realizar una tarea y no volver a Guatemala después de un violento incidente internacional que me hizo parar en Costa Rica. La primera fue asimismo mediante una severa orden que también cumplí contra mi voluntad, y gracias a la cual seguí trabajando junto a él por varios años y hoy puedo escribir estas líneas.

Como cualquiera que lo haya conocido puede atestiguar, Efraín era un hombre íntegro. Un jefe guerrillero que ejercía su liderazgo mediante el ejemplo y no con autoritarismo antojadizo, como tantos otros. Él no enviaba a nadie a hacer nada si antes no lo había hecho él mismo, y siempre pedía que lo siguieran y no que nadie fuera delante de él. Por eso se le respetaba, por eso se le quería, por eso se le seguía. Por su nobleza, por su honestidad y por su valentía. Además de por su lucidez, prudencia y firme solidaridad.

Extraño en los militantes de hoy su entrega incondicional a la causa, su disposición absoluta al sacrificio, su ausencia total de intereses personales, su honda mística de trabajo, su seguridad en la victoria histórica de la causa de las mayorías, su desprendimiento de las cosas materiales y su manejo estrictamente militante de los recursos económicos, así como de la autosuficiencia financiera de la organización.

También, su clamor por la unidad de las fuerzas revolucionarias, no sólo en el momento del retroceso militar a partir de 1982, sino a lo largo del distendido período de acumulación de fuerzas. Extraño a Efra porque emblematiza la moral revolucionaria que la posmodernidad desactivó en la conciencia de las juventudes, sembrando en su lugar los individualismos relativistas que hoy hacen vibrar de corrección política las causas meramente culturalistas que llevan a victimizarse a los devotos interconectados de brinco y trompetita, de jornal oenegero y pose subalterna.

Echo de menos todo lo que Efra encarnó: el heroísmo cotidiano de quien que hace la revolución sin esperar nada (mucho menos financiamientos externos). Extraño en su ausencia todo lo que mató la guerra de quinta generación: la honradez, la franqueza y el amor como fuerzas de la lucha revolucionaria. Extraño siempre su vibrante ejemplo combativo. Su fortaleza y su alegría.

Extraño en los militantes de hoy su entrega incondicional a la causa, su disposición absoluta al sacrificio, su ausencia total de intereses personales, su honda mística de trabajo, su seguridad en la victoria histórica de la causa de las mayorías,

Fuente: [www.mariorobertomorales.info]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Mario Roberto Morales

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