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En compañía de Philip Marlowe

Divagación esquizoide sobre el aire puro y un detective pre-posmoderno.

Mario Roberto Morales

El domingo pasado hizo un espléndido día primaveral en Heredia. A las siete de la mañana el sol entraba glorioso por las ventanas de la sala mientras yo leía La hermana menor, del novelista estadunidense Raymond Chandler, regocijado con esa mezcla de vulnerabilidad y cinismo con la que el detective Philip Marlowe (alter ego de Chandler) se defiende del absurdo que su aguda sensibilidad (disfrazada de rudeza) percibe en la vida moderna. No podía ser de otro modo: la modernidad cultural es tal porque se afirma negándose mediante el pensamiento crítico: algo que la posmodernidad diluyó haciendo de la banalidad una esencia. Y Marlowe es un ser cien por ciento moderno y, por ello, desencantado de sí mismo.

En la casa todos dormían. Había yo llegado hacía nueve días a Costa Rica a saturarme de nietos. Pero en aquel momento, a la altura del capítulo trece, acompañaba a Marlowe, quien conducía su coche desde una casa en las colinas hasta su oficina en Los Ángeles. Se detuvo para comer y luego se metió a un bar para tomarse un trago. Después nos cuenta: “Salí al aire de la noche, que todavía nadie había sabido comercializar. Pero seguramente ya mucha gente estaba trabajando en esa dirección. Ya encontrarían la manera”.

Cerré el libro un momento porque no salía de mi asombro. La hermana menor fue publicada en 1949, y ya para entonces ¬el tosco Philip Marlowe oteaba la posmodernidad económica; es decir, la conspiración planetaria (iniciada por Hayek en 1946, en Mont Pelerin) de las corporaciones oligopólicas para privatizar el mundo (visto como un inmenso botín de recursos naturales). En 1949 aún no se había comercializado el agua para beber. Ahora nos la venden embotellada. Pronto nos venderán cilindros portátiles de aire puro. Claro que esta certeza es reciente, pues se hizo obvia en los años 70 del siglo pasado, aunque ya algunos autores habían anunciado los aciagos rumbos del capitalismo, en la ficción. Por ejemplo, los británicos Aldous Huxley con Un mundo feliz (1921) y George Orwell con 1984 (también publicada en 1949).

Pero yo no trataba de hallarle antecedentes a Chandler, sino sólo me maravillaba ante la lúcida acidez de Philip Marlowe. Si a aquello fuéramos, ya el estadunidense Ambrose Bierce definía, en su Diccionario del diablo (1911), la palabra “tierra” como “Parte de la superficie del globo, considerada como propiedad. La teoría de que la tierra es un bien sujeto a propiedad privada constituye el fundamento de la sociedad moderna, y es digna de esa sociedad. Llevada a sus consecuencias lógicas, significa que algunos tienen el derecho de impedir que otros vivan, puesto que el derecho a poseer implica el derecho a ocupar con exclusividad y, por ello, siempre que se reconoce la propiedad de la tierra se dictan leyes contra los intrusos; de lo que se deduce que si toda la superficie del planeta es poseída por A, B y C, no habrá lugar para que nazcan D, E, F y G, o para que sobrevivan si han nacido como intrusos”. Y si la tierra sí, ¿por qué el agua y el aire no?

Quise retomar la lectura pero la casa empezó a cobrar vida. Mi nieta Lucía vino a abrazarme dándome los buenos días, y en poco tiempo estábamos todos desayunando. Mientras tanto, una parte de mí salía de aquel bar con el pre-posmoderno Marlowe, en 1949, (cuando yo tenía dos años) y a la vez respiraba con deleite el aire que bajaba del Volcán de Heredia, todavía no comercializado.

Mario Roberto Morales
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