Ayúdanos a compartir
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Elecciones: ¿farsa?

Marcelo Colussi
mmcolussi@gmai.com,
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33

Para las próximas elecciones todo indica que habrá un alto abstencionismo y un elevado porcentaje de voto nulo. Definitivamente la población votante está asqueada de tanto manejo sucio en el ámbito político, de tanta delincuencia y corrupción. La clase política está aborrecida. Sin dudas, los comicios del 6 de septiembre se viven como una completa farsa. Más que llamar a votar en nombre de una pretendida ciudadanía correcta, sería más pertinente analizar el porqué de ese repudio.

Dijimos “farsa”. Sin dudas la hay: las ilegalidades y mediocridades inundan la escena. Pero la farsa va más allá de las corruptelas en danza actualmente. ¡La farsa es estructural!

En el marco de las llamadas democracias representativas (sinónimo sin más de economías regidas por el mercado), las elecciones constituyen un episodio más del paisaje social, que en realidad no altera en lo más mínimo la estructura de base. Es similar en cualquier país que presente esa estructura: la diferencia entre los ricos del Norte y los pobres del Sur no está, precisamente, en su forma política –similares en lo fundamental– sino en la estructura económica, pilar de todo el edifico social.

¿Quién manda en estas democracias? ¿Realmente es el “pueblo” a través de sus “representantes”, elegidos en comicios libres cada cierto período de tiempo? Difícil creerlo. La experiencia muestra que más allá de ese acto ritualizado, las decisiones fundamentales de la vida político-social pasan a años luz de las urnas. ¿Se le pregunta a algún votante alguna vez sobre el aumento de los precios de los combustibles, sobre la declaración de una guerra, sobre el porcentaje del presupuesto nacional que se debe dedicar a educación? ¿Alguna vez el ciudadano de a pie es consultado realmente para ser tomado en cuenta?

La recomendación de pensar bien el voto antes de emitirlo en cada elección puede llegar a sonar vacía. ¿Qué significa eso? ¿Acaso el desastre al que asistimos en Guatemala, por ejemplo, se debe a que los votantes no pensaron bien antes de poner su voto? Suena un tanto absurdo, cuando no hipócrita (¿somos nosotros los culpables de esta miseria que nos agobia entonces?)

En el país van a cumplirse ya 30 años que retornó la democracia. O más precisamente dicho: que cada 4 años los mayores de edad asisten a un centro comicial para depositar un voto. Ya salimos de la “transición democrática” (¿habremos llegado a la democracia plena por tanto?). Siete administraciones se sucedieron, y las causas que en le década de los 60 del siglo pasado dieron lugar a un sangriento conflicto armado no se modificaron: nihil novi sub sole.

Nos encaminamos ahora a la octava administración luego de los gobiernos militares. Los ciudadanos van a votar cada cuatro años, pero nada, absolutamente nada cambia: el 53% de población bajo el límite de la pobreza, la desnutrición, el analfabetismo crónico, la exclusión de grandes mayorías, el racismo, además de la corrupción, todo eso siempre sigue igual más allá de la administración de turno. ¿Para qué se vota entonces?

Dentro de los marcos de estas democracias de mercado no hay salida para esa crisis. No se trata de “buenos” o “malos” gobernantes, gobernantes un poco más o un poco menos corruptos. El problema es estructural: los políticos profesionales de turno no son directamente el enemigo a vencer. La corrupción es un síntoma más, entre otros, junto a la impunidad, la violencia generalizada, etc. ¿Dejaríamos de ser un país pobre, con hambre y violencia si, por ejemplo, Pepe Mujica fuera el presidente?

Para estas elecciones del 6 de septiembre el sistema político guatemalteco ha mostrado su verdadera cara. La corrupción se evidencia omnipresente. Todos los poderes del Estado están infiltrados por el crimen organizado, por mafias temibles. El empresariado tradicional nucleado en el CACIF –principal financista de las distintas campañas presidenciales– también denuncia (muy tibiamente) esa corrupción, pero esas denuncias lo único que evidencian son disputas de poder en las cúpulas: vieja oligarquía contra nuevos ricos ligados a las mafias emergentes. El pueblo votante es convidado de piedra en esa lucha de poderosos.

Si la gente está hastiada de esa farsa, hay sobrados motivos para entenderlo.

Los ciudadanos van a votar cada cuatro años, pero nada, absolutamente nada cambia: el 53% de población bajo el límite de la pobreza, la desnutrición, el analfabetismo crónico, la exclusión de grandes mayorías, el racismo, además de la corrupción, todo eso siempre sigue igual más allá de la administración de turno. ¿Para qué se vota entonces?

Marcelo Colussi

Rosario, Argentina. 1956. Estudió Psicología y Filosofía en su país natal. Vivió en varios países latinoamericanos (Nicaragua, El Salvador, Venezuela), y desde hace 20 años radica en Guatemala. Investigador social, psicoanalisita y escritor.
Marcelo Colussi
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •