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Elecciones 2015: harakiri nacional

Manuel R. Villacorta O.
manuelvillacorta@yahoo.com

Varios meses antes de las elecciones generales, no pocos guatemaltecos expresamos públicamente nuestra abierta oposición a que las mismas se realizaran. En un artículo publicado en este medio expuse, entre otras, cinco razones para evitar la ejecución del proceso electoral: 1. A más de un millón de jóvenes mayores de edad no se les empadronó. 2. A más de 600 mil compatriotas en el exterior se les negó el derecho a votar. 3. El 80% de los actuales diputados y alcaldes estarían prestos para ser reelectos nuevamente. 4. El 90% del financiamiento a los partidos se condicionó a ser restituido en forma de negocios turbios. 5. Ningún candidato explicó con propiedad cómo combatiría la pobreza, cómo garantizaría el mejoramiento de la salud y la educación públicas, cómo se erradicaría la violencia común y organizada, cómo nos devolvería la dignidad nacional.

Si las elecciones se hubiesen postergado, como algunos planteamos, como mínimo por espacio de un año, la Cicig hubiese tenido más tiempo para depurar a la clase política, se hubiese aprobado una nueva Ley Electoral mucho más precisa y efectiva. Además, la sociedad pudo haber incidido respecto a que los candidatos nominados para los puestos de elección popular fuesen personas mucho mejor preparadas y de comprobada honestidad. No obstante, el dogmatismo jurídico y la secular conveniencia de los sectores más conservadores del país, respecto al respeto de la institucionalidad, pesaron mucho más. Las elecciones, por lo tanto, se realizaron, pese a todo, reproduciéndose con ello los vicios nefastos que algunos quisimos evitar.

Como resultado de lo anterior, los partidos más criticados, como por ejemplo el PP, UNE, Líder y Todos, lograron amplias conquistas políticas. Estos concentran el 80% de las alcaldías y las diputaciones del país. La presidencia, si bien no la ganaron, quedó a disposición de un partido político sin historia, sin ideología carente de plan de gobierno. Su candidato –ahora presidente electo– Jimmy Morales genera más dudas que certezas. Quienes creímos que no debían realizarse las elecciones no lo criticamos, por razones obvias. Por el contrario, creemos que lo mejor ahora es apoyarlo, porque el futuro del país no se remite a posiciones personales o sectoriales; por el contrario, lo peor que podría pasarnos es reproducir otro gobierno más, igual a los anteriores. Curiosamente, quienes insistieron en ir a votar empiezan ahora a manifestar –cada vez con más vehemencia– que Morales no es apto para dirigir el Ejecutivo.

Guatemala está condenada a no salir del fango en el que se encuentra, mientras no entendamos que el sistema político no mejorará mediante reformas tímidas y limitadas. Necesitamos una reforma política profunda, valiente y radical. Los conservadores quisieron elecciones, ahí tienen los resultados. Que se quejen ahora es un contrasentido inaceptable. Si Morales presenta limitaciones y si la crítica lo acosa desde un inicio, su futuro está marcado: no gobernará por mucho tiempo. Otra grave crisis política estaría ya gestándose en el angustioso horizonte nacional.

Manuel R. Villacorta O.
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