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El miércoles 26 de octubre de este año de 2011, me encontraba  sentado en una de las salas de abordaje del Aeropuerto Internacional de la ciudad de México. Mi estado de ánimo era agitado pues mi viaje obedecía al acto de dignificación y solicitud de perdón que el Estado ofrecería dos días después con motivo del asesinato de  mis padres.  Súbitamente en una de las butacas divisé un rostro para mi inolvidable desde la infancia. Una mujer morena de  pelo  oscuro y largo, bella como siempre pese al paso de los años, se encontraba sentada allí acompañada de dos mujeres más, su hija y su nieta como lo pude saber momentos después. No cabía duda, esa mujer que para mí fue siempre recuerdo inolvidable desde los años cincuenta del siglo XX, era Haydée Maldonado de González, ahora ya la viuda del gran poeta guatemalteco Otto Raúl González.

Me acerqué a ella y al identificarme su rostro se iluminó con la sonrisa  que recuerdo hacía más bello su rostro. Haydée me dijo que pasa de los 90 años  y  lo sorprendente es que su rostro y figura siguen siendo los mismos que yo recuerdo cuando  mi familia y la que ella formaba con Otto Raúl  vivíamos en el mismo edificio  en la Avenida Cuauhtémoc 515 de la ciudad de México. De eso hace 55 años. Me presentó a su hija Gloriana a quien  yo conocí recién nacida en 1957 y  ambas me contaron el motivo del viaje a Guatemala. Llevaban de regreso a la patria siempre añorada las cenizas de Otto Raúl. Fue estremecedor  para mí ver los restos del gran poeta puestos en una butaca de aquella sala de espera. La última voluntad de Otto Raúl fue que sus cenizas se esparcieran en el lago de Amatitlán. No en el de Atitlán que es de una belleza extraordinaria y que ahora sufre los embates de la degradación ambiental y la avaricia del capital. No, Otto Raúl quiso que sus cenizas se disolvieran en las modestas aguas de la Laguna o Lago de Amatitlán, las cuales hoy por cierto también sufren la terrible degradación provocada por una política económica ecocida y una mala planificación urbana.

En el avión mientras volábamos hacia Guatemala y Otto Raúl hacía su último regreso a su patria traté de imaginar los motivos del poeta para escoger el lugar donde sus restos se reencontrarían con la naturaleza. Lo imaginé siendo un muchacho gozando  de recuerdos entrañables de paseos cuando Amatitlán era un lugar bello y no contaminado. Acaso un amor juvenil o evocaciones de aquellos años en los cuales la vida es la tierra de la gran promesa. No lo sabré nunca, pero el caso es que hoy el autor de “Voz y Voto del Geranio” (1943), “Para quienes gustan oír caer la lluvia en el tejado” (1962), “Diez Colores Nuevos” (1967), “Cementerio Clandestino” (1975) y otras 36 obras poéticas además de ensayos, novelas y cuentos, se ha disuelto finalmente en las aguas que yacen en las  entrañas de su tierra.

Pude ver a la bella Haydée y a su familia en el Palacio Nacional de la Cultura con motivo del evento de resarcimiento de mis padres y les agradezco profundamente su presencia. Lamenté no haber podido corresponderles acompañándolos a Amatitlán el sábado 29 pero hoy aprovecho este espacio para evocar al poeta repitiendo la última estrofa de un poema escrito 6 meses antes de su muerte, el 1 de enero de 2007, cuando cumplía 86 años:

Gracias por esa gracia concedida
Y que sin nada de ángeles custodios
Sea mi vida mi mejor poema.

Otto Raúl González murió el 23 de junio de 2007 en la ciudad de México. Un mes antes había estado en Guatemala por última vez con motivo del Doctorado Honoris Causa que la USAC le otorgó. El 26 de octubre de este año me tocó el honor de acompañarlo en su último retorno al terruño que lo vio nacer. Hoy su corporeidad está disuelta en ese terruño. Ojalá su obra también se disuelva en el mejor sentido: que forme parte de lo mejor de las nuevas generaciones.

Carlos Figueroa Ibarra

Carlos Figueroa Ibarra. Sociologo especializado en el tema de violencia política, terrorismo de estado, procesos políticos latinoamericanos. Autor de libros y artículos sobre esos temas.
Carlos Figueroa Ibarra

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