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En la semana setenta y ocho de la década
en curso
el mínimo y dulce que tiene
corazón de lis
el llamado Francisco de Asís.
salió al bosque en una tarde
cálida y memorable
para ver si encontraba
al rudo y torvo animal
que un día llevó consigo
al convento, esta vez Francisco emprendió
dicha búsqueda
ya que no volvió a saber
nada de dicho animal.
De pronto Francisco vio a su derecha
a un animal que se arrastraba
por todo el bosque
cansado y a paso lento
el cual se iba acercando
poco a poco.
el alma de querube dijo:

¿Eres tú hermano Lobo?
El lobo sorprendido
de ver al santo
detuvo su andar y dijo:

– Sí, Francisco, soy yo.
¿Dime qué haces por aquí
si ya no molesto a la gente
de tu país?

Esa no es la razón de mi búsqueda
– dijo el santo.
dime que ha pasado contigo
en todos estos años.
No ha pasado nada Francisco,
respondió el lobo.
En la mirada de aquel Lobo
se notaba una misteriosa
incomodidad
¿Por qué me miras así?
preguntó el torvo y viejo animal.
Tú ya no representas nada,
ya no eres el mismo.
Por supuesto que no Francisco,
recuerdas los salmos que oía
junto a las oraciones que hacías.
Sí, las recuerdo.
Pues todo eso quedó en mí
y por más que quise olvidarlo
no pude Francisco,
y ante ti
confieso mi arrepentimiento
por todo lo malo que hice,
ya quiero morir
con mi conciencia tranquila.

Francisco conmovido por las palabras
de aquel lobo ya no torvo
ni de aire arisco dijo:
Paz otra vez hermano Lobo
que Dios ha perdonado
tu pecado!
todo hombre que se arrepiente
de lo malo que hizo en la vida
es recompensado,
y tú eres digno de esa recompensa
hermano Lobo.

Tú eres ejemplo para muchos
en esta confesión santa.

El lobo al escuchar las palabras de aquel santo
reposaba silenciosamente.
De pronto el Lobo dijo
a Francisco:

Es hora de partir, déjame morir
entre tus brazos.
Lo que tu digas
hermano Lobo,
respondió el alma de querube.
El lobo lamió las manos
de Francisco en señal de humildad
y le dijo:
Cuida de tu rebaño
y condúcelos a la santidad.

El Lobo su voz ausentó,
su corazón se paró
y éste muerto quedó.

El santo de lengua celestial
recitaba diciendo:

Señor, en el nombre del Padre
del Hijo y del Espíritu
Santo lleva esta alma pura
al reino de tus cielos.

AMEN.

Autor:
Ernesto Alegría
Nicaragüense

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