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Irmalicia Velásquez Nimatuj

Difícilmente y ni siquiera en una novela de Gabriel García Márquez,  la elite colombiana pudo haberse imaginado estar sentada frente al espejo histórico en el que hoy se ven reflejados y donde las exclusiones que han creado, gracias a un modelo económico concentrador y depredador, desde el inicio de la colonización española hasta el presente, solo ha exacerbado las contradicciones sociales de una nación naturalmente rica y profundamente sublime, pero donde la extrema riqueza, en poquísimas manos,  ha provocado que más del 40 por ciento de la población viva bajo la línea de pobreza y donde poco más del 15 por ciento vive en pobreza extrema.   

Los “nunca sociales” llegan y finalmente, los de abajo, las poblaciones indígenas que han tenido que enfrentar el colonialismo y el neocolonialismo a través de sus múltiples rostros de señores feudales, finqueros, crimen organizado,  guerrilleros, paramilitares, presidentes, diputados, militares, inversionistas extranjeros, y junto a las y los descendientes de las poblaciones negras que fueron arrancadas del África e instalados en esa región del continente se hartaron de sostener una nación que solo les ha extraído la savia de la vida para luego desecharlos y rechazarlos.  A estos pueblos se han unido las clases medias, los estudiantes, los campesinos, las mujeres organizadas, los desclasados y una buena parte de los casi 6 millones de colombianos que han tenido que migrar en busca de un horizonte posible. 

Los sin salida se han identificado en mingas, en cabildos, en los resguardos o en los mítines y han logrado una eficaz conexión de conciencias que ha terminado pasándole las montañas de facturas a la derecha blanca, a la elite criolla y toda poderosa, que de manera arrogante ha gobernado solo para sí.   Su ceguera ha sido aguda y no previeron que el campo de la nueva guerra no estaba solo en los territorios, sino también en las urnas, en donde los pueblos, comunidades y las diferentes clases sociales terminaron convirtiéndolas en espacios de desahogo frente a los históricos traumas y heridas que arrastran.

Ahora, la derecha y la extrema derecha colombiana están bebiendo el trago de la incertidumbre y con ella, a su lado, los consuelan aunque también tiritan otras elites latinoamericanas, como la guatemalteca, brasilera, ecuatoriana, incluyendo la estadounidense, por mencionar algunas, que saben que, para no perder a su ejemplar estado colombiano -aquel que nunca, a lo largo de su historia republicana ha estado en manos de los de abajo- necesitan actuar y recurrir a cualquier maniobra ilegal que les facilite en estas últimas semanas tejer cualquier fraude, impulsar toda “negociación” para cerrarle la puerta al cambio social. 

Petro, Francia, sus equipos y todos los y las colombianas que han dicho ¡basta! a la corrupta y sanguinaria derecha son los actores que están recordándonos que su actuar es consecuencia de que el tiempo para las transformaciones se nos agota.

Su ceguera ha sido aguda y no previeron que el campo de la nueva guerra no estaba solo en los territorios, sino también en las urnas, en donde los pueblos, comunidades y las diferentes clases sociales terminaron convirtiéndolas en espacios de desahogo frente a los históricos traumas y heridas que arrastran.

Fuente: [elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj
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