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Mónica Albizúrez

Todos hemos estado y todos estaremos enfermos. Susan Sontag plantea así lo ineludible de la condición enferma: «La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar». Pasar esa frontera, como establece Sontag, es también cargar con ideas e imaginarios sobre las enfermedades que muchas veces agravan la experiencia del que transita por los territorios oscuros de la degeneración celular, el embate de las bacterias y los virus o la reiteración de una tendencia genética. Así, uno oye que algo estará expiando ante Dios este enfermo, o que fue porque la mente no supo controlar el cuerpo o porque este está expresando un desasosiego, una falta o una vulnerabilidad que debió controlarse a tiempo. De tal manera, el enfermo no solo carga con el padecimiento, sino también con el estigma de que en algo falló para situarse en la ciudadanía oscura de la enfermedad. Sontag cita al historiador Keith Thomas, quien llegó a detectar en la Inglaterra de finales del siglo XVI y XVII la creencia de que «al hombre feliz la peste no lo toca.» Parecido pensamiento al presente: la creencia de que el positivismo del individuo es lo único que vale y si fracasa o se enferma, esto ocurre por negativo, por débil. El hombre feliz es imbatible.

Pero la enfermedad también es hoy ingresar al reino de los datos y de lo impagable. En el primer caso, frecuentemente hay en nosotros un impulso para buscar en sitios web o en foros los síntomas que nos aquejan y también eventuales diagnósticos. La figura del hipocondriaco cibernético es hoy reconocible. Es más, poco a poco aparecen «consultorios médicos» en línea que vendrían a profesionalizar aquella búsqueda del enfermo. En el segundo caso, el de los costos, es evidente que la posibilidad de curación o la de morir con cuidados paliativos dignos, es una cuestión de privilegio en muchas sociedades. La capacidad de pago se convierte en la esperanza de vida. De ahí que uno vea en las redes sociales contribuciones (con la mejor voluntad) para ayudar a algún enfermo de cáncer, por ejemplo, y, más en la opacidad, el endeudamiento o simplemente la resignación ante precios impagables. La ausencia del Estado sentencia muchas veces la exposición innecesaria del dolor y la muerte.

Más se aleja uno de la ciudad capital, y más evidente se hace el maltrecho sistema sanitario guatemalteco. La muerte del poeta Humberto ak’abal el 28 de enero de 2019 se inscribe en aquella injusta ausencia. Como indica Susana Alvarez Piloña: «en el sistema de salud nacional no debería ser necesario trasladar a un paciente de un hospital del interior a otro de la ciudad capital, menos si los separan casi 200 kilómetros de distancia. Mucho menos en el estado calamitoso en que se encuentran las carreteras.» Estoy segura de que otras experiencias similares podrían ser narradas a lo largo y ancho del territorio nacional.

La vida se conjuga en palabras. Las enfermedades, cuando graves, representan la experiencia límite de la comunicación interrumpida y deseante. La conciencia de los meses contados ha significado, para escritores, la necesidad perentoria de escribir y escribir y escribir. Finalmente, escribir es inscribirse en la tierra. Cuentan que el teatrista y poeta guatemalteco Manuel José Arce, ya diagnosticado de cáncer de pulmón y en medio de un exilio durísimo en Francia durante los ochenta, escribía en cualquier superficie ávido de poetizar y narrar el mundo que se iba. Por su parte, el escritor alemán Wolfang Herrndorf, con solo 45 años fue diagnosticado de cáncer de cerebro a finales de 2010. La certeza de lo incurable hizo a Herrndorf no dejar la rutina del trabajo y escribir un blog sobre la vida cotidiana en los meses antes de la muerte . En el pedía «Dios mío, aunque en ti no crea, dame un año para que pueda terminar con todo». Aquel blog hermoso de la cotidianeidad, en donde se mezcla lucidez, ironía y entereza, sería publicado luego bajo el título Arbeit und Struktur (Trabajo y estructura)

La vida es frágil. Y por ello, el valor altísimo de quienes se dedican a cuidar en la enfermedad. Estas líneas son el homenaje a una querida amiga, quien en los últimos años ha acompañado a niños enfermos de cáncer por medio de la lectura de cuentos, poesías y teatro. A costa de su desgaste, ha logrado articular adioses en situaciones difíciles. Convivir con padres abatidos. Compartir la ternura infantil en el reino de los enfermos. Ella, como otros, son los acompañantes generosos a través de una frontera que aterra y por la que todos pasaremos.

Fuente: [https://gazeta.gt/el-reino-de-los-enfermos/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Mónica Albizúrez

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