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El periodismo y los desafíos de nuestro tiempo

Edgar Celada Q.
eceladaq@gmail.com

Ayer, lunes 30 de noviembre, las redes sociales no descansaron por el trasiego de felicitaciones enviadas a nuestras y nuestros colegas, con motivo del Día del Periodista.

Fue difícil, por respeto a quienes envían el saludo con sinceridad y por respeto a quienes, también con sinceridad se la creen, fue difícil, digo, domeñar el Grinch que llevo dentro, para no despotricar contra la manipulación convenenciera, demagógica, oportunista y cachimbira de la fecha.

“Pero si esto no es 14 de febrero, carajo”, dijo el Grinch en el fondo y en su condición de alter ego en vías de asumir plenos poderes, durante el Jubileo Guadalupe-Reyes.

Y sí, tiene razón el Grinch: nada hay que justifique banalizar una conmemoración nacida, hace 67 años en Guatemala, para defender el libre ejercicio de una profesión que, a su tiempo, Gabriel García Márquez describiría como “el oficio más bello del mundo”.

Pero nada se gana, respetable Grinch, con despotricar o con acentuar el corajudo verde musgo de tu epidermis. En cambio, es del caso intentar unas líneas acerca de nuestro quehacer y de nuestras responsabilidades sociales, con el trasfondo de las fuentes nutricias de los caudales periodísticos, a las que deberíamos acercarnos con más frecuencia para sustentar nuestra labor.

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Conviene recordar que la iniciativa de conmemorar el Día del Periodista en Guatemala nació en 1948, en el seno de la Asociación de Periodistas de Guatemala (APG), en un contexto de confrontación gremial —gran paradoja histórica— con el gobierno de Juan José Arévalo, reputado después como uno de los más democráticos de nuestra vida republicana.

La APG había sido fundada poco más de un año antes, en abril de 1947, en el fragor de la lucha en torno a la fallida y no nata Ley Mordaza. Los organizadores de la que llegaría a ser la primera y más reconocida entidad gremial no eran precisamente revolucionarios, a lo más antiubiquistas connotados algunos, como Clemente Marroquín Rojas.

Para lo que nos ocupa, lo importante no es la adscripción política e ideológica de los organizadores de la APG y promotores del Día del Periodista: resalta que lo hacen frente al poder y asumen un compromiso, más gremial que profesional, en relación con su propia lectura de los desafíos de su momento histórico.

Queda como tarea para una aún no escrita historia crítica del periodismo nacional, dilucidar cómo, en aquellas circunstancias, se entremezclaban la defensa de la empresa periodística, las reivindicaciones gremiales (¿o algo parecido a los fueros de cuño decimonónico?) y las responsabilidades profesionales. (Habrían de pasar dos décadas para que el asunto se plantease también en términos de derechos laborales; pero esa es otra historia).

Dichos estos breves antecedentes: ¿qué se conmemoró ayer en Guatemala? Cuando hablamos de las y los periodistas, ¿a quiénes nos referimos?

Aunque a muchos no haga sentido y no les guste la distinción, lo que se celebró ayer no fue a las empresas dedicadas al negocio de la información periódica (y también del entretenimiento según algunos, que no distinguen entre informar y entretener), sino a las y los profesionales que trabajamos para esas empresas.

Profesionales que, solía recordar el mexicano Manuel Buendía, “son los únicos que publican sus errores”, o que, según una expresión predilecta de Gerardo Guinea Diez, son, o deberían ser, “los narradores de nuestro tiempo”.

En un país como Guatemala, que en estas semanas finales de 2015 parece vivir la resaca de las grandes conmociones políticas ocurridas entre abril y octubre, ¿cuáles son los desafíos para las y los periodistas?

Hay unos, permanentes, de carácter profesional, que apuntan hacia el rigor en la búsqueda o el análisis de la información, la claridad de su transmisión y la pasión artesana de su producción periodística. En ese terreno, hay mucho por hacer.

Del mismo modo que hay una sentida urgencia, marcada por la coyuntura, de defender el derecho a la diversidad, al criticismo sustentado y responsable.

No es cierto que haya llegado la hora de “volver a la normalidad”, ni se llegará a esa antiutopía cerrando espacios a las voces disidentes, tanto peor si la restricción tiene un sospechoso sesgo étnico.

La hora es de alerta y de solidaridad frente a la intolerancia. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que aquí se asesinaba, se desaparecía o expatriaba a las y los periodistas. Ahora, a algunos colegas se les quiere condenar a la muerte civil de su silencio. Imposible propósito. No lo lograrán.

Edgar Celada Q.
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