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Carolina Escobar Sarti

Hace muchos años llegué con uno de mis maestros más admirados y queridos, Gustavo Adolfo Wyld, a presentarle el borrador de mi libro Te devuelvo las llaves. Con el mismo orgullo y humildad que lo hace una cría felina cuando le lleva una presa a la madre, le dejé el libro en las manos y esperé su siempre honesta respuesta. Al cabo de las semanas me dijo: “Este libro prueba que también en el infierno hay belleza”. No dijo más. Era un libro que contenía horas de agonía.

Recordé esto cuando leí El papel de la belleza, antología poética de Luis de Lión. Este libro, editado y producido por Ediciones del Pensativo, bello por fuera y por dentro, me puso de nuevo a reflexionar sobre mi concepción de lo bello. Y es que la belleza tiene poco que ver con la Receita de Mulher, que Vinicius de Moraes hizo famosa, o con los torsos griegos de los Adonis de siempre. Un edificio estéticamente perfecto pero vacío de relación no es bello.

La belleza juega un papel fundamental en el mundo. Belleza es una niña que mira de frente y sonríe porque está llena de sueños; es un niño que corre libre por un parque, porque se sabe seguro. Belleza es la ciudad que podemos habitar y caminar sin miedo; es una aldea o un pueblo hecho de gente que se cuida entre sí. Belleza son un bosque y una selva inundadas de cantos de aves; un jaguar, un zorro o un tucán en libertad. Belleza es un libro que nos hace viajar, una ventana con luz, una calle sin sangre, y un político honorable y sin tacha. Belleza es el agua que brota de la tierra y llega a todas las familias; es el mar bravo y los ríos y cielos limpios. Belleza es la gente que defiende la vida; la que piensa también en las siguientes generaciones; la que se entrega.

Belleza es la manera en que la vida y obra de Luis de Lión (con “i”) han sido rescatadas por su hija, la escritora y gestora cultural Mayarí de León (con “e”). Luis, el menor de cinco hermanos, hijo de madre Kaqchiquel y padre mestizo, nació en San Juan del Obispo en 1939 y tuvo una infancia muy feliz, a pesar de sus limitaciones económicas. “Quizá sea esta la justificación de su profunda mirada, su alegría en medio del caos…”, dice Mayarí. Él amó los libros y se graduó como maestro de Educación Primaria. Declamador, orador, poeta, cuentista y ensayista, decide ser también un militante revolucionario.

Su situación económica le impide estudiar en la Universidad, pero decide gastar cada centavo en libros que compraba en las librerías Altamira y Tecolote, en la ciudad capital. Estos libros le abrieron la ruta de un eterno autodidacta. Poco a poco fue dándose a conocer entre escritores e intelectuales que le ayudaron a solicitar una plaza magisterial en el Estado y a trasladarse a la capital. Cuando obtiene el segundo lugar en los Juegos Florales de Quetzaltenango, por su novela El tiempo principia en Xibalbá (1972), ya había escrito y publicado poesía y cuento. También era ya un reconocido dirigente magisterial que sostenía la utopía de una mejor sociedad, un medio ambiente protegido y una Guatemala ideal para niños y niñas.

En junio de 1973 es detenido y brutalmente golpeado por la policía, según consta en el Archivo de la Policía Nacional. La razón: “desorden público”. Esto lo radicaliza, según cuentan escritores amigos de su época. De 1976 a 1983 trabaja como maestro en la Usac, momento en que es despedido por no contar con los créditos académicos requeridos. La diabetes le hace perder la vista paulatinamente, pero jamás su fuerza interior, y es entonces cuando escribe varias de sus obras.

En mayo de 1984, Luis desapareció en la 2ª avenida y 11 calle de la zona 1 de la ciudad. Fue una desaparición forzada y se sabe que fue asesinado 20 días después, según el Diario Militar. Hoy, en su aldea hay una calle y una biblioteca con su nombre; también una Antología poética. Y es que cuando él sabía que llegarían a catear su casa enterraba sus libros y encima sembraba maíz o frijol para que germinara la vida sobre ellos. Así el papel de la belleza.

Su situación económica le impide estudiar en la Universidad, pero decide gastar cada centavo en libros que compraba en las librerías Altamira y Tecolote, en la ciudad capital. Estos libros le abrieron la ruta de un eterno autodidacta.

Fuente: [https://www.prensalibre.com/opinion/columnasdiarias/el-papel-de-la-belleza/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

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