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El libro gordo

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El libro gordo

Despatologización, visibilidad y goce son tres pilares en los que se asienta Gorda vanidosa, el libro de Lux Moreno que, además de un testimonio en primera persona, es un repaso de las luchas contra el disciplinamiento de los cuerpos y un tratado contra la gordofobia, también hacia el interior de la comunidad lgbti.

Para una sociedad que rechaza la gordura, bajar de peso es un acto de autosuperación y acuerdo con el mundo; un esfuerzo personal valiosísimo y premiado. Son esos, quizás, los lectores que persigue y a quienes intenta seducir Gorda vanidosa. Televidentes del virtual campo de concentración llamado Cuestión de peso; obsesivos y no tanto por “kilos de más”; atónitos ante cuerpos de identidades no binarias y de apariencia “grasosa”; amantes de lo magro; víctimas de la industria de las dietas y cómo no, gays que ante un día de inactividad y bizcochuelo,  bebotean en la web y como no fueron “al gym” utilizan para sí el hashtag “#Gordah”. Lectores que se preocupan por el ambientalismo, tienen adhesiones político-partidarias y simpatías deportivas; expresan sus preferencias musicales y celebran al lado de la bandera del arco iris, pero que ni imaginan que alguien pueda reivindicar la potencialidad de su gordura y/o usarla para combatir las exclusiones permanentes. Por todo esto, el texto de Moreno aparece en la Argentina cuando todavía aquí invocar diversidad no implica ni por asomo reconocer que ella es heterogeneidad de cuerpos.

Gorda vanidosa. Sobre la gordura en la era del espectáculo (Ariel) de la profesora en filosofía y activista gorda Lux Moreno es una completa introducción a la diversidad corporal, con una dosis justa del uso de la primera persona. No es sólo la crónica de una mujer joven con un cuerpo gordo, sometida desde su infancia a tratamientos varios; el libro es también un repaso exhaustivo sobre los denominados estudios gordos, sobre las luchas contra la gordofobia y en el centro, sobre lo que la medicina tradicional occidental hace con ciertos cuerpos.

Lux cuenta sus años de niña y de adolescente gorda que pasó a ser flaca y que volvió a ser gorda. Y que devino luego gorda activista. Cuenta cómo y a quién veía cuando se veía y a qué se entregó para intentar “normalizar” su apariencia física. Esa crónica personal no deja de lado páginas enteras de exposiciones teóricas sobre la Organización Mundial de la Salud, las estratagemas detrás de la universalización del Índice de Masa Corporal (IMC), las derivaciones comerciales que terminó teniendo el by pass gástrico, operación instrumentada originalmente para otros objetivos. La autora detalla cómo funciona la maquinaria médica que automáticamente considera “enfermo” al gordo y vincula cualquier resfrío a esa “grasitud”. Gorda vanidosa es el reflejo de una vida atada a la balanza como figura cuasi materna; a los grupos de autoayuda y aunque no estén directamente consignados, los Cormillot, los Ravenna y los afectos tristes en los que derivan esas violencias; la “educación física” y la narración de los excesos para detener lo que es considerado excesivo. Aquellos defensores de la ley de talles y críticos de las campañas publicitarias de  las marcas de ropa, descubrirán acá la insuficiencia de sus reclamos. Se trata de ir mucho más allá de incluir gordos en las vidrieras o pensar que la torerita tiene que venir en formato XXXL también.

El punto de vista de Moreno en esta edición tiene sobre todo un ademán conceptual que no abandona en ningún tramo: la interseccionalidad. Su debut editorial puede ser leído como un ensayo en el que nada deja de ser pensado como tiene que ser pensado en la diversidad. Esto es, no universalizable, porque no hay gordura sin las determinaciones específicas del sexo, la clase social, los contextos educativos, las experiencias vitales, los adultos responsables, la geopolítica y la ubicación de cada espejo. La vida de los cuerpos gordos no es la misma en los Estados Unidos que en la Argentina; en Catamarca que en la ciudad de Buenos Aires. Y como dijo la Doctora en Filosofía Diana Maffía en la presentación del trabajo, en la capital del país, no es lo mismo la gorda de la oficina o la del auto que la del subte en hora pico.

Hasta este lanzamiento de Planeta, circulaban dos trabajos tutelares de los últimos años, producidos en el circuito editorial independiente: las compilaciones Cuerpos sin patrones. Resistencias desde las geografías desmesuradas de las carnes de Laura Contrera y Nicolás Cuello (Madreselva, 2016) y Gordx el que lee. Lecturas urgentes sobre disidencia corporal y sexual (La mariposa y la iguana y Casa Brandon, 2017). Lux agradece su paso por la comunidad político-afectiva que fue para ella el taller “Hacer la vista gorda” coordinado por Contrera y Cuello, un espacio fundamental para el pensamiento y la acción gorda hoy. Hacia el final, relata que una vez quiso hablar en el Bachillerato Trans Mocha Celis y recibió a cambio un “¿Y esta gorda quién se cree?”. También, recuerda que recién en 2017, en el Encuentro Nacional de Mujeres de Resistencia (Chaco), fue posible una mesa debate de mujeres gordas, 32 años después del primero. ¿Por qué, entonces, en zonas en las que brotan intereses activistas hay tanta segmentación? ¿Es imposible pensar los cruces entre las disidencias? Por esta razón, Gorda vanidosa es un inédito aún cuando, ya distribuido en librerías, dejó de serlo.

A propósito de esa guetificación de ciertos activismos, diez días después de la salida del libro, Lux Moreno tuvo que someterse a un by pass gástrico ocasionado por un reflujo que amenazaba con quemar sus cuerdas vocales. La operación, tras dos meses de escritura intensa y ante la puesta en circulación de su primera obra, derivó en impugnaciones de parte de algunos porque… ¿cómo una gorda “orgullosa de serlo” publicaba su manifiesto contra la gordofobia y de inmediato se operaba “para bajar de peso”? Así, quienes desinformados señalaban esta aparente contradicción, perpetuaban en las redes el mismísimo escrutinio infinito de los cuerpos gordos contra el que se alzan, porque para las doxas de algunas militancias, a la exclusión social le sigue la permanente examinación por parte de les compañeres. Ahora, un mes más tarde y en plena recuperación, ella cuenta que “Hay en el mainstream del activismo gordo personas que consideran que si te hacés un by pass gástrico, sos un traidor a la causa porque no estás sosteniendo una corporalidad gorda”.

¿De dónde sale esa idea de sostener el cuerpo gordo sí o sí?

–Pasó con Rosie Mercado, una activista estadounidense del “fat body positive” que es, digamos la línea blanda del activismo. Ella se hizo un by pass gástrico y terminó como modelo de los suplementos proteicos de una empresa que hace esas intervenciones. Dijo que lo hizo por un problema de salud ocasionado por sobrepeso. En una de las últimas notas que dio, el título es “De modelo plus size a modelo: la revelación del año”. Creo que bajó 125 kilos. Pero en mi caso fue distinto: en noviembre del año pasado se me agravó la enfermedad del reflujo después de más de 15 años de tener que usar protector gástrico en mi estómago. Esto terminó afectando la materialidad del esófago y del estómago mismo y empezó a quemarme las cuerdas vocales y las respiratorias superiores. Esta operación tiene un protocolo de 6 meses, pero por mi estado tuvieron que operarme en un mes y medio. Decir que tengo reflujo gástrico es una cosa y decir que eso se debe a mi peso -que no es mi caso- es otra.

¿Cuándo te diagnosticaron reflujo gástrico?

–Allá por mis 16 años, y tras haber sufrido bulimia y anorexia y  haber empezado a vomitar sangre. Fue muy cruento.

A propósito de las categorías para intentar asir las disidencias, ¿qué dirías de vos misma? 

–Si tuviera que definirme sexo-genéricamente, me defino con las feminidades pero me define muchísimo más la categoría de cyborg y la identidad de gorda; la categoría de cyborg de Donna Harraway y su manifiesto de los años 80; sobre todo porque ella habla de una corporalidad atravesada por la tecnología y en mi caso es así, más ahora con un by pass gástrico. Y respecto de la orientación sexual, no me gustan las categorías. Podría decir que soy pansexual, que tampoco me gusta. He estado con personas de distinto tipo y sí soy más propensa a las masculinidades. Digo “masculinidades”, no digo “hombre” ni “mujer” porque no estoy de acuerdo con la diferencia sexual como único modo de opresión. Básicamente estoy con todo. Me atraen las personas y sus construcciones respecto de su sexualidad más que la marca propia que el Estado y la sociedad le han dado a esas personas.

¿Queer?

–Sí, queer, pero de cuando decir “queer” tenía a fines de los años 70 una fuerza de resistencia a una identidad, a una genealogía y a una historia. Lo queer ahora se asocia más con las historiografías gay-lésbicas, pero la diversidad corporal te lleva a un lugar un poco más de experimentación con el deseo y con el cuerpo.

Resistencia siempre, entonces…

–Es que no dejo de pensar por qué dentro de las militancias son necesarias ciertas características o descripciones taxativas. Si no sos gordo, no podés ser un activista gordo. Eso es una falacia, es un razonamiento que no está bien. En todo caso hay que ver en qué condiciones vos te podés parar dentro del activismo gordo con un cuerpo hegemónico. Así también en los feminismos y demás. Creo que mi segundo libro se tendría que llamar Gorda traidora.

Fuente: Página 12 [https://www.pagina12.com.ar/136988-el-libro-gordo]

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