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EL INSOMNIO PERRO

(1999-2002)

 

Casi dormir, casi cerrar los párpados hasta que todo sea indefinido y oscuro y no recuerde, casi olvidar lo que sucede por mis sentidos y me provoca no tener recuerdos. ¿Ahora realmente qué puedo esperar? ¿Cómo iba yo a saberlo, díganme ustedes, cómo podría saberlo? ¡Yo no soy adivino maldita sea!

Casi después de todo el tiempo esto es lo que pasa. Te dicen que ya no te desean verte la cara por  la casa, que mejor te busques otro lugar. Y bueno, qué podés hacer… no queda otra solución que encontrar ese lugar. Cómo, dónde, a cambio de qué, son preguntas que al final no importan para los demás. Sentí que me quitó el suelo que pisaba, sentí que tenía los zapatos sobre el vacío cuando me dijo que ya no podía quedarme más en la casa. ¿Quedarme? ¡Gran cosa! Si ya ni era mi casa, ya en realidad dejó de serla desde hace mucho tiempo, y me refiero a demasiado.

 

¿Y dónde podría quedarme ahora? Los amigos… ellos me habían dicho que no podían.

Por la familia, nos echarían a los dos, vos sabés de esto manito.

En la mía, sería sólo por un día, es decir por una noche, y eso a vos no te alcanza. ¿no es así? Después ¿qué harías? Otro día en otra casa y así indefinidamente. Lo que tenés que encontrar es un lugar seguro, un hotel, o un cuarto para alquilar, y yo no te lo puedo ofrecer, aunque intentara hacerlo.

No sé si eso que me respondieron los haga mejores amigos o no. Tal vez no. Pero de todas formas el asunto del lugar seguía siendo una prioridad. Cuando ella me dijo por la mañana “espero sinceramente que no te molestes en regresar, porque esta ya no es tu casa, si buscás desde temprano tal vez encontré dónde guardarte por las noches, aquí ya no hay espacio para vos”.

Todas las cosas podría llevármelas después, eso no me preocupaba. Y aún así, sabiendo que necesitaba espacio, fui a estudiar, la universidad me absorbería sin darme cuenta y las preocupaciones que llevaba desaparecerían sin mucho esfuerzo si pretendía como mis otros amigos de que todos los desastres personales los dejaba en la entrada de la universidad.

Esta primera noche en la calle no fue difícil pasarla en la casa de algún amigo. Sólo necesité acompañarlo y emborracharme junto a él, Hasta que llegando el momento de las despedidas, le comentara de la imposibilidad de llegar a mi casa porque [ya no tengo dinero, y sólo sería por esta noche], y así nadie se complicaba más en explicaciones o en esa lástima inútil que odiaba recibir de mis propios amigos porque me parecía una ofensa y una falta de respeto.

No hay mucha diferencia entre dormir una noche en un lugar o en otro, cuando le perdés sentido a lo que significa el hogar, o la casa, como muchos acostumbran llamarla, sinceramente no existe diferencia si es en cualquier sitio. Lo primordial es que los ojos se cierren y todo se desvanezca de los sentidos para no tener ninguna forma cómo recordar o recibir algo de memoria. Pero el insomnio es lo más perro que te puede llegar en esos momentos, por dentro te comen las ganas de levantarte y perderte, confundir el cuerpo por las calles hasta que el alba y el cansancio te golpee en la sien para besar el aire gélido del amanecer, y respirar la posibilidad de que la siguiente noche no termine igual, pero el tiempo sigue, sigue y permanece el insomnio. Y escuchás que nadie habla, que todos callan preguntándose qué diablos hacés vos en ese lugar. Así se hacen los días y no le encontrás solución a todo el asunto, pensás que regresar significaría algo importante para los que te echaron, pero quién lo sabe con certeza. Y para volver te faltan muchas cosas, y entre ellas necesitas perder el poco sentido de dignidad que te queda en el alma, o en las entrañas, como se llama.

Pero también se acaban los favores y es preferible ahorrarse las explicaciones de que has buscado dónde quedarte de forma fija, pero que aún no has encontrado dónde, y el tiempo, otra vez, largo e indefinible se te estira como la tripa de un coche y a pesar de que sólo han pasado dos días, no te alcanzan los sentidos para hallar el límite de esta continúa revisión de las horas sobre tus labios y sabe como a agua estancada e inmóvil que ya ni siquiera te permite hablar con tranquilidad, para pretender que los desastres siempre se quedan afuera de todo lo que es la convivencia pública. Y mientras me doy cuenta de que faltan tres horas para que la noche separe los intereses de cada uno de mis amigos, no sé dónde está ese lugar que fue hecho para mí, si es que existe en el mundo algo parecido lo que busco. Y les digo a mis amigos que por fin hoy ya he resuelto el problema por el que les había causado tantas molestias en sus casas, aunque sea una mentira. Con las triviales excusas que la amistad necesita para seguir siendo lo que es, comprendo qué soluciones podrían ser funcionales para este momento. Ninguna de ellas me parece muy buena, pero con intentarlas sólo puedo perder lo que me queda, que es muy poco. Tomé dos cigarrillos cuando la cajetilla pasó por mis manos en la habitual repartición del tabaco entre mis amigos, uno para ahora, en estos precisos instantes y otro para después, por si las cosas no salen como me imaginaba por lo menos estaría preparado de alguna manera. Mis amigos sintieron más alivio que otra cosa, cuando se enteraron de lo que recién inventaba, porque aún si ellos no me lo decían, otro día en sus casas era algo que sobrepasaba el límite que ellos mismos llegaban a tener. Era suficiente que miraran con ojos esquivos para entenderlo sin preguntas. Eso era así ahora.

 

Me senté en uno de los espacios jardinizados que tenía el Campus Universitario, y esperé. Todos mis amigos iban por sus caminos, aglomerándose con otros estudiantes como ellos, indescifrables si iban en grandes números o cuando estaban solos, nadie deja de ser como una piedra, es decir, que no se sabe qué tiene dentro hasta que se rompe por alguna razón. Después de una hora tendría la soledad suficiente para buscar un lugar idóneo para quedarme, sin que nadie me viera y con el riesgo de que la seguridad interna de la universidad llegara a encontrarme.

 

Me habían contado de un edificio que no tenía servicio de vigilancia, por sus escasas instalaciones y porque estaba rodeado por otros edificios casi del triple de tamaño que éste y que de alguna manera, no se habían tenido nunca noticias de que en este pequeño edificio pasaran problemas.

Ese edificio era mi objetivo desde el momento que me recordé de aquellos comentarios. La iluminación de los alrededores era demasiado escasa como para que alguien pudiera verme. Cuando ya había pasado la hora de esperar casi escondido entre las sombras de los árboles de esa área del Campus Universitario, caminé atento a cualquier movimiento que me alertara de alguna presencia. Mis sentidos se agudizaron al máximo como nunca antes se hicieron más sensibles: a un cambio de luz, a una sombra moviéndose entre la oscuridad. Crucé el corredor del parqueo y vi una tenue iluminación  en las puertas donde debía pasar con rapidez y agilidad para lograrlo. La puerta metálica, hecha con angulares de hierro, sólo tenía sobrepuesto el candado en la cadena. No necesité quitar el candado para mover la puerta, la empujé con fuerza y lentamente, lo exacto para que mi cuerpo pasara de costado por ella, y después la regresé a su posición original. El pasillo del edificio seguía con luz eléctrica, los tres estrechos niveles del edificio. Todos los salones estaban cerrados con llave, el único lugar que por costumbre permanecía abierto, era el baño. Tal vez para logar que el hedor concentrado de los residuos de los estudiantes pudieran ventilarse durante la noche, por lo tanto, sólo ahí podría quedarme a dormir. Antes ya había soportado situaciones más complicadas, pensé. El insomnio regresó como las dos noches pasadas sin dejarme pegar ojo por más de una hora seguida. Pero lo que realmente necesitaba tener era espacio, un lugar, donde sabía que nadie podría interrumpir este intento por perder un poco de esa preocupación que sin darme cuenta comenzaba a extenderse más de lo que había llegado a imaginar. Como a las tres y media fumé el cigarrillo que había guardado. Realmente resultó una solución temporal que alejó ese cansado cabeceo en el que me había encerrado en una inercia casi inconsciente. El tiempo que faltaba para la mañana se esfumó en un parpadeo. El trabajo me esperaba y seguía con la misma ropa, con la misma expresión de incredulidad que me dominaba. Antes de que dieran las seis de la mañana salí del edificio. Por lo menos que quedaban más de doce horas para buscar otro lugar, sino es que no me quedara otra solución que tomar el tiempo.

A todos les pareció gracioso verme con la misma ropa por tres días. Lo supe desde que les vi esa risa mordida en los labios al saludarme en la mañana, así es el trabajo de vez en cuando, si no fuera así, no sé quizá todos seríamos otra cosa. Yo pretendí ser indiferente a todo, dejé mis asuntos en esos breves momentos cuando mis pupilas encontraron un abismo de ausencia. Sentí que estas horas de trabajo pasaban mucho más despacio que las horas vividas la noche anterior en aquel baño. No comí durante la hora de almuerzo, me perdí por las calles del centro viendo tonterías y caminando sin rumbo fijo, lo que hacía era gastar el tiempo de comer, borrarlo de mi estómago para no sentir hambre. Cuando regresé al trabajo había un grupo de compañeros platicando, que al verme inmediatamente se dispersaron como si les hubieran echado insecticida para asustarlos. Y estas horas de la tarde se hicieron menos cortas. Y yo me sentí menos real, por el hambre, por la cercanía nuevamente de esa incertidumbre. Dentro de mi hice ojitos de cangrejo para soportar lo que aún faltaba del día. Después regresé a la universidad como si en esa rutina perdiera relación conmigo mismo y con los demás y todo se reluciera a una insignificante renovación de la indiferencia. Hoy es viernes y las cosas cambian de dimensión los viernes, o por lo menos así lo intentan los estudiantes más liberados. Cuando encontré de nuevo a mis amigos, noté la misma expresión de inseguridad en sus rostros al verme igual que ayer. Entonces se dieron cuenta de que todo el asunto supuestamente resuelto había sido sólo una invención, al menos ingeniosa, para no molestarlos más.

Después del último curso, salimos en grupo. Todos mis amigos pretendieron tener una solución para esta mi desgracia. Pero se me subió un poco el orgullo, por mil razones que no tienen valor. Y en ese estado de supremacía aparente rechacé las ofertas que me hacían para esta noche. Todo se acaba tarde o temprano, y si se acaba…

Me interrumpió mi cuñada justamente cuando me disponía a darles un pequeño sermón acerca de lo que para mí era la molestia que es estaban tomando en un asunto que no era responsabilidad de ellos. Mi cuñada habló con rapidez y seguridad. Su hermana, mi esposa, quería que regresara, que el asunto podríamos hablarlo en la casa, sólo tenía que regresar para que esto fuera posible. Lo que hice fue lo único que me quedaba por hacer…

Óigame usted muy bien… cómo espera usted que tenga noción de quién va a o viene, si son demasiadas personas las que suben desde la universidad. Yo me los llevo como puedo, porque tampoco los puedo dejar tirados, porque aunque ninguno me crea, yo tampoco soy un animal como piensan muchos. Si ellos se suben yo los llevo, para eso estoy en esto, media vez paguen el pasaje, hago todo lo que puedo porque lleguen rápido y lo más tranquilos que se pueda, aunque usted mismo sabe, la competencia, la necesidad de estar lo antes posible porque tiene que tomar otros buses para llegar a sus casas. Pienso que esto es una equivocación y que usted pierde el punto de vista real del asunto al pensar que yo sería capaz de hacer algo así intencionalmente. Personalmente no tengo nada contra ellos, aunque me mienten la madre, me digan “serote”, para qué le digo lo que ya sabe que me dicen. Si iba un poco a prisa, pero no era demasiado, la velocidad que llevaba era la normal, todas las noches lo hago con la misma velocidad. Sólo así puedo llegar a tiempo.

Ya se lo dije antes, no lo vi, muchos se han subido sin que yo logre enterarme. No se vaya a molestar pero yo no tengo ojos en la espalda, y en las orejas para verlo todo. Casi siempre me avisan con un chiflido o somatan la burra, siempre se las ingenian para avisarme de que sucede algo, entonces yo volteo a ver por el retrovisor. Yo tengo que guiarme por esas señales, no me queda de otra, yo también tengo un hijo estudiando en la universidad, no se crea que no sé lo que es estar en estos lugares. Por eso siempre hago todo lo posible por cuidar a mis pasajeros. Pero un accidente ¡quién va a adivinarlo! Yo sólo sentí que las llantaza traseras del bus pasaban como encima de una piedra, y los gritos y los golpes de los demás estudiantes sobre mí, y las amenazas y las maldiciones. ¿Qué iba a ver yo con tanta gente adentro de la burra? ¿Dígame usted? Si usted estuviera en mis zapatos por lo menos me creería que no se puede ver nada así…

Ahora usted me dice que sí me avisaron. Que una mujer grito antes de que arrancara, pero la verdad es que no la oí. Es la verdad… ¡No la oí!

(1999-2002)

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