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El estrés que provoca la corrupción

El presidente de la república tiene un trabajo estresante. Nadie lo puede negar.

Virgilio Álvarez Aragón

Se levanta a las 6 de la mañana y con pantuflas incómodas tiene que tomar ducha por el tiempo que quiera. Poner los pies sobre mármol y regular la calefacción resultan estresantes, como estresante puede ser notar que el mesero que le sirve el desayuno le trae tostadas con mantequilla salada, cuando él, a causa de su estrés, debe tomar sus alimentos con poca sal. A veces le sirven huevos con tocino, pero o los fríen demasiado o se los traen crudos. Y si bien él es gente sencilla, claro que le causa estrés. El mesero lo llevó él mismo porque se lo recomendó la vecina de su mamá. Se le paga un sueldo de licenciado en economía, y eso también le causa estrés porque él es gente sencilla.

Mi vecino Juan, en cambio, tiene una vida relajada. Se levanta a las 5 de la mañana y, como la municipalidad en su barrio quita el agua de madrugada un día sí y otro también, se baña con agua helada y a guacalazos, ya que no se toma el tiempo para calentarla. Relajado, corre a tomar el autobús, en el que ya en la quinta parada le pide el ayudante, muy cortésmente, que se amontone un poco más porque en el asiento de dos deben ir cuatro. Mi vecino, relajado, cabecea en el viaje. Se acostó tarde por ayudar a su hijo en las tareas y, relajados que son, él y su hijo debieron revisar varios libros para encontrar las soluciones: libros que el papá tuvo que salir a conseguir cuando salió del trabajo. Relajadamente, mi vecino Juan apenas se comió un francés con frijoles porque no tenían otra cosa y puso en su mochila otros dos para su almuerzo.

El presidente, en cambio, debe sufrir el estrés de pedirle a su chofer que modere el aire acondicionado de su carro, ese de placas 0001 que transita sin considerar los semáforos, porque, si bien es el carro de la Presidencia, él ya lo considera suyo, por lo que le produce estrés que el cuero no esté tan limpio y brillante como en las películas de millonarios estadounidenses. Aunque, claro está, él es una persona sencilla. Pero mucho más estrés le produce que los elegantes motoristas que circulan en humildes motos BMW modelo 2018 apenas detengan el tráfico cuatro o cinco cuadras antes que él, pues el camino no le resulta tan expedito como él humildemente quisiera. Porque, hay que tenerlo claro, él es un hombre humilde.

Juan, mi vecino, sabe que puede haber un embotellamiento al entrar a la ciudad, así que relajadamente intenta acomodarse en el estrecho asiento que comparte con otros tres viajeros. En un autobús que en otros países se usa para transportar niños escolares, el sacrificado dueño de la empresa hace que viajen 60 pasajeros adultos cuando la capacidad es 40. Todos ellos, muy relajados, ven cómo los motoristas del presidente detienen el tráfico por largos tres minutos, lo que hace que el tránsito se complique y ellos lleguen media hora o una hora más tarde de lo previsto. Pero ellos siguen relajados, aunque saben que esas horas de atraso se las pueden descontar del salario.

Juan llega a su trabajo puntual. Tiene que marcar tarjeta y, relajado, poner a funcionar la aspiradora y los trapeadores. Su trabajo es muy relajado. Pasará ocho horas de pie, yendo y viniendo, sonriendo a todos, limpiando escritorios, pisos y mesas, con media hora para almorzar los dos panes con frijoles que trajo, todo muy relajado. El presidente, en cambio, llega a la reunión con hora y media de retraso porque por su estrés se tardó más en desayunar y atender por teléfono a los amigos a los que lamentablemente no ha conseguido sueldo en el Gobierno. Estresado, tiene que decir cualquier cosa sobre cualquier tema para luego volver a su oficina en la que, estresado, se sentará en el sofá para conversar con el amigo de su amigo que ha nombrado embajador en un país lejano. Estresados los dos, tomarán un café cargado y luego un whisky, que el presidente, por su estrés, tendrá que tirar porque le puso más hielo del que acostumbra. Y es que, como él es un hombre sencillo, ha aprendido que una malta escocesa Glenfiddich de 30 años debe tomarse con un solo hielo, pues, si bien es barata (600 dólares aproximadamente), hay que aprender a saborear, mucho más si se bebe antes de almuerzo.

Juan tiene a su hermana y a su madre enfermas, pero relajadamente piensa que no tiene para el médico ni para medicinas, por lo que relajadamente tendrá que hacer clavito para que las cosas no se compliquen. Los zapatos de Juan ya casi no tienen suela, pero él, relajadamente, sigue caminando para cumplir con su trabajo. Recuerda que ayer, cuando apoyaba a su hijo en la tarea escolar, este le comentó que, como no tuvo para llevar pan con frijoles, apenas si se llevó unas tortillas con sal y que en la tienda de enfrente daban fiado panes con carne, pero que, como no tienen como pagarlos, prefirió, como su papá le ha aconsejado, comer la tortilla con sal a pedir fiado o robarse un pan, a pesar de que el canasto está al alcance de todos los niños en la puerta de la tienda y la vendedora ya es viejecita.

El presidente, con la vida y el trabajo estresantes que tiene, debe aceptar, además, que nadie entienda que su hermano y su hijo den facturas falsas. ¡Como si todos los empresarios exitosos como ellos no lo hicieran! Él, su hermano y todo su séquito están convencidos de que eso hay que hacerlo porque es aún más estresante vender solo lo que se tiene autorizado y participar en concursos en los que no se sabe si lo que otros ofrezcan sea de mejor calidad. Por eso su hermano y su hijo, para reducir un poco el estrés, consiguen facturas falsas de competidores imaginarios. Ellos son gente humilde, pero no tonta, dicen.

Juan, relajadamente, tiene a veces dolores de espalda, pero, como su patrón no paga IGSS, él tiene que pedirle a su compañera que le dé un masaje y se frota con crema de belladona que venden en el mercado o con Mariguanol que venden a escondidas. El presidente, aunque le descuentan IGSS en proporción a su sueldo (que no es salario), tiene médico a pocos pasos de su espaciosa habitación, lo que de solo saberlo le produce estrés. Sus amanuenses, aunque los recursos públicos no dan para ello, le han contratado un masajista especializado y comprado medicinas para relajarlo. Ni la Ley de Servicio civil ni la del Presupuesto autorizan que a los funcionarios públicos se les paguen masajes y medicinas contra el estrés, pero él es un hombre sencillo y, como no es ni corrupto ni ladrón, acepta que el masajista y sus relajantes musculares se paguen con recursos públicos. Al fin y al cabo es poca plata y él sencillamente es el presidente y tiene mucho estrés.

Juan paga de su magro salario las medicinas suyas y las de su familia y ha enseñado a sus hijos a no robarse ni una hoja de pacaya. No se proclama hombre sencillo, mucho menos honrado. Él no lo dice. Él lo es. Y aunque llega cansado a su casa, tiene tiempo para compartir sonrisas con su familia y dormir en un colchón duro, pero tranquilo. Él no sabe de estrés. Sabe de trabajo y de honradez, como cientos de miles de guatemaltecos.

Fuente: [https://www.plazapublica.com.gt/content/el-estres-que-provoca-la-corrupcion]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Virgilio Álvarez Aragón

Doctor en sociología, formado en la Universidad de Brasilia. Ha sido docente universitario en Guatemala, México y Brasil. Interesado por los temas educativos, ha investigado sobre la política educativa y el magisterio, pero también sobre la democracia y sus riesgos en las sociedades post conflictos. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran “Conventos Aulas y Trincheras, Universidad y movimiento estudiantil en Guatemala” (dos tomos, segunda edición 2013) y “La revolución que nunca fue: un ensayo de interpretación de las jornadas cívicas de 2015”. Publica sus opiniones en Siglo 21 y Plaza Pública
Virgilio Álvarez Aragón
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