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El error de subestimar a un pueblo desesperado

Manuel Villacorta
manuelvillacorta@yahoo.com

Guatemala en las actuales circunstancias, evidencia el agravamiento de sus complejas contradicciones económicas, políticas y sociales. A pesar de la riqueza que proviene de sus pródigos recursos naturales, la pobreza aumenta sacrificando a la mayoría de la población, mientras la clase media se reduce aceleradamente. Somos ya el país con la tasa de desnutrición infantil más alta de América Latina, ostentamos una oprobiosa diferenciación en la posesión de riqueza, muy pocos poseen demasiado mientras la mayoría se debate entre la nada. La corrupción y la ineficiencia, arrasaron con las instituciones públicas. La impunidad revela que de 100 delitos que se comenten en el país —desde el hurto hasta el asesinato calificado— 97 quedan en la impunidad. La partidocracia corrupta se apropió de los poderes del Estado desde 1986 a la fecha. Y a pesar de la ofensiva establecida en contra de la corrupción y la impunidad, todo indica que la lealtad delictiva del crimen organizado está más latente que nunca. Todo lo anteriormente expuesto es conocido y aceptado por nuestra población, todos sabemos que Guatemala está urgida de un profundo cambio. Pero es oportuno anotar que no hemos logrado constituir una alternativa política capaz de liderar ese proceso de transformación nacional.

Girar rutinariamente y sin salida en torno a esa funesta realidad, está generando un desánimo colectivo jamás antes vivido en nuestro país. Irónicamente la acción cínica, irresponsable y desafiante de los funcionarios de turno, sella el divorcio entre nuestro pueblo y una élite que desconoce la historia y la propia realidad nacional, potenciando un inevitable conflicto social de insospechables y fatales consecuencias.

Guatemala es ya un país inviable tanto para la mayoría de nuestra población como para el poder global. Estamos calificados por el gobierno de los Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización de Naciones Unidas, como un “país problema”. Potenciamos la ingobernabilidad, aumenta la conflictividad social, destruimos aceleradamente nuestros recursos naturales y nos debilitamos como pueblo lacerados por el hambre, la pobreza y todo tipo de necesidades sociales. El narcotráfico, la ausencia de un verdadero estado de Derecho y la expulsión de miles de ciudadanos que optan por la migración indocumentada como último recurso, nos cierran todo espacio para considerar la viabilidad de construir un país diferente. Pero que no se engañen quienes creen que esa pasiva y masiva resignación nacional será para siempre, surgirá en cualquier momento un detonante que podría dar paso a un grave estallido social. Guatemala ha sido “desgobernada” los últimos 30 años, no puede permanecer en una eterna pasividad social.

Abortar ese estallido social e iniciar la construcción de un nuevo Estado es el histórico y descomunal desafío que nos corresponde. Eso implica consciencia y decisión política. Han sido demasiados llamados los realizados a las élites locales y foráneas para que asuman su responsabilidad al respecto. Estas —irresponsablemente miopes— han subestimado la tarea referida. El protagonismo corresponde entonces al liderazgo social y político interno. Unidad, pacto, compromiso, decisión y acción, articulan la tarea inmediata e imprescindible a ejecutar. La partidocracia corrupta amenaza con reproducirse en el poder. Si no la derrotamos, será la violencia social la que protagonice el fin de este modelo económico-político autoritario, impune, corrupto e ilegal. Nos ubicamos en un punto de no retorno. El tiempo se agota y la desesperación popular tiende a expandirse. Minuto a minuto.

Fuente: [https://www.prensalibre.com/opinion/opinion/el-error-de-subestimar-a-un-pueblo-desesperado]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Manuel R. Villacorta O.
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