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Carlos Adampol Galindo

Con profunda gratitud me despido de esta tierra que me llenó de paz y asombro. La sal del desierto que disolvió mi coraza y me mostró la claridad del cielo brillando en cada cosa. La tierra rojiza que nutrió mi ser desde su origen y su gente que encontré como familia separada al nacer. Una región de pueblos alucinantes y milenarios, llenos de palacios y callejuelas como laberintos.

Vivir casi dos años aislado en esta época única en este rincón del mundo me dió uno de los mejores regalos que pude pedir en la vida, un tiempo para cultivar el silencio en espacios hermosos con el privilegio de sentarme con tranquilidad a mirar el interior, un tiempo de retiro y renuncia para aprender de lo esencial, lejos de la modernidad que más ruido produce, viviendo sin internet de alta velocidad, ni youtube, Netflix o casi ninguna otra forma de entretenimiento moderno más allá de la tableta y mis libros electrónicos, dos años como un nuevo asceta que se retira del mundo en busca de la claridad del silencio, vivir los días como los vive un gato, buscando el sol y la sombra en un presente continuo, o como un ave, yendo a su rama favorita al final de cada tarde, haciendo del andar por la montaña mi mas importante labor del día, hasta encontrar un lugar donde detenerme y asombrarme por igual de lo mínimo y de lo máximo, mirar arriba y danzar al cielo, ¿porque?, porque el cielo ya danza para nosotros.

En Marruecos encontré una tierra que tiene un toque de la divinidad, es decir, que es floreciente y alegre, de mercados exuberantes y laderas fértiles, un país jubiloso y próspero, con buenos augurios para el futuro. Lleno de gente que ejercita su libertad con buena voluntad, dos acciones extremadamente positivas cuando van juntas. Libertad acotada por la tradición, que a través de la religión, imparte el mensaje de buena voluntad, un tipo de ley kármica, de inteligencia colectiva superior que dicta que el buen actuar será recompensado en si mismo por el todo, y cuando uno se distancia de esa inteligencia se cambia el amor a los otros por uno mismo y la libertad se pierde por el miedo y resentimiento como pasa con el mundo, la modernidad está ciega de sí y su espíritu corrupto, alguien dijo, si aquél no cumple, ¿por qué he de cumplir yo?, y creyó que se puede ir por la vida lastimando a otros sin con ello hacerse daño a sí mismos. Pero la buena voluntad no alcanza sola a mantener el espíritu, cuya naturaleza es elevarse sobre sí hasta alcanzar armonías más altas, y así, sin libertad económica, política o cultural, el espíritu se endurece. La buena voluntad tan solo lleva a los seres a la puerta de entrada al paraíso: La vida en paz, algo que a quienes no tocó ver perderse en nuestros países, adquiere muchísimo valor. Vivir en paz parece una meta final, pero aquí, que se vive en paz y sin miedo a la violencia, parece que se construyeron solo los cimientos de una humanidad más armónica, más en sintonía con este hermoso planeta.

En la foto, —un árbol nace de otro árbol— (por si se lo preguntaron, la foto es real, como todas mis fotos)
Chefchaouen, Marruecos.

Como en buena parte del mundo, la gran afrenta a la libertad, no es una ley religiosa o un marco jurídico, es la desconexión generalizada de lo esencial, la incapacidad creciente de atender algo más allá de un instante con la consecuente falta del silencio necesario para hacerse de un pensamiento propio, y sobretodo, perdemos la libertad confundiendola con la adquisición de bienes materiales o experiencias que nos hacen esclavos del dinero creando una aspiración inalcanzable para las mayorías que quedan atrapadas en la apariencia como único recurso. Comerciantes por generaciones, la gran mayoría vive sus vidas alrededor del dinero, sus sueños siempre están en emigrar a Europa y se desprecia con vehemencia al resto de África o cualquier lugar que parezca pobre (incluido México). No poseer valor económico convierte a cualquiera en un paria, un lastre. Ante eso, con frecuencia hablé con la gente de la riqueza de este país, de las montañas salvajes, de los campos fértiles y la buena alimentación orgánica que ya quisiera el primer mundo, de los ríos limpios que tanto me duele ver perdidos en mi país, del trabajo de sus artesanos y la enorme herencia cultural… pero casi siempre fui ignorado con argumentos trillados de escasez mental, …que no hay oportunidades, que el gobierno esto o lo otro. Yo soy un pobre feliz, les decía, y aprendí que se necesita muy poco de lo material para vivir tranquilos, pero cuesta mucho trabajo reaprender lo que nos enseñan mal, hay que romperse y con los pedazos comenzar de nuevo, porque el camino que toma el mundo no lleva a ninguna parte, del duro trabajo en lo emocional viene la plenitud, no de la acumulación material.

Algunas veces, de pie frente al tripié y la cámara en una fría noche bajo el infinito de las estrellas me sentí con el trabajo más afortunado del mundo, uno que no paga en dinero sino en asombro, uno que me impulsa a seguir sin recompensas y que lleva mis pasos en búsqueda de una belleza que sirve solo a la belleza. Con el gesto rutinario marroquí de tocar el corazón para agradecer, así me marcho de esta tierra hermosa, agradecido y floreciente como una vida que inicia a partir de otra, la vida que persiste, invencible.

Fuente: [Facebook]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

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