Reproducimos a continuación la introducción al libro recién publicado por Editorial Praxis, El árbol de la cruz, de Miguel Ángel Asturias.
El árbol de la cruz, la coma que fue el punto final
Carlos López
El árbol de la cruz, el último libro de Miguel Ángel Asturias —que él no vio publicado—, es su texto de despedida de esta dimensión. El eufemismo empleado para nombrar a la muerte tiene su motivo: Asturias creó una dimensión espejo para contraponer de manera dialéctica, a la vez que complementaria de sus ideas más íntimas, la hondura metafísica, en la antinovela o novela corta o cuento largo con que terminó su labor creadora que es, además de poético, un crucigrama ontológico.
Las etiquetas que se agregan al realismo son muchas y todas son certeras, hasta la de realismo alucinado de Roger Caillois para referirse al de Asturias. Pero la magia de la obra asturiana proviene del Popol vuh. Así se lo dijo Asturias a Camilo José Cela en una entrevista que le concedió en 1971: «En la biblia maya quiché se dice que la primera preocupación de los dioses fue la creación de los artistas: los bailarines, los flautistas, los acróbatas y los poetas. Lancé la teoría de que los dioses mayas, como seres todopoderosos, se aburrían de todo, se hastiaban y para salir del hastío y del aburrimiento inventaron una materia mágica: la palabra. […] Los artistas habitaban en cuatro grandes centros, uno por cada uno de los puntos cardinales: al norte, los poetas; al sur, los músicos; al este, los pintores; y al oeste, los escultores» («Mi amigo el escritor», Papeles de Son Armandans, núm. 185-6, España, sep., 1971, p. 127).
Con la invención de la palabra, mágica, se le dio forma a la realidad. Éste podría ser el origen del realismo mágico, que entonces tiene su origen en el Popol vuh*. «Con la palabra, todo. Fuera de la palabra, nada. […] Tal como pasa con los hijos que vienen, así he hecho contigo. Sube pues a la tierra sin morir. Que en ti penetre mi palabra» remarca Asturias en Clarivigilia primaveral, su manifiesto poético.
Asturias fue más poeta en sus narraciones que en sus libros de poemas, con todo y el conocimiento de la preceptiva poética que poseía y la experimentación constante en ambas formas expresivas, la narración y la lírica. Su frondosidad ilimitada es un banquete lingüístico que nos deja girando, de manera literal, con su cadencia, con la música que crea con ritmo vertiginoso. La prosa indómita de Asturias se contrapone en la forma a la dulzura de sus poemas. Parece que ambas formas expresivas pertenecen a autores distintos. Pero en toda su creación hay poesía.
En la prosa de Asturias se traslapa lo particular-general; en éste él crea un universo propio. No recrea el habla popular, la recoge, la voltea, la hace suya. Alejado del folclorismo (que nunca estuvo presente en su obra), más cercano a la ontología y la hermenéutica, en El árbol de la cruz establece una relación dialéctica de la realidad humana y divina, y de la no humana y la no divina.
Aline Janquart ve anunciado el título de El árbol de la cruz en el cuento «Sacrilegio del Miércoles Santo»: «Los oros recuerdan el alma de Judas. Las espadas, el corazón de María Madre. Las copas, el cáliz de la amargura. Los bastos, el árbol de la cruz»; en la novela Viento fuerte: «Los movimientos de la cuadrilla de corte al pie del bananal que semejaba un árbol de la cruz verde»; en el Códice de Viena, donde aparece la iconografía maya del árbol de la vida.
En Sien de alondra, en el poema «Juez», aparece la imagen «por la cruz/ que es el árbol del amor». En El árbol de la cruz, Miguel Ángel Asturias desarrolla personajes antitéticos llamados Anti. Una lectura polisémica —como todas a las que nos remite la obra asturiana— de este prefijo nos permite afirmar que Anti, a pesar de sus desmanes ególatras, no puede existir sin un sujeto que lo nombre, sin un sustantivo. Las reglas del idioma así lo indican: todos los prefijos van unidos a la palabra base. El cimiento de Anti entonces es el otro, el que lo complementa y le da sentido.
Por otra parte, dentro del mar de letras y la historia que contiene cada grafía, cada signo, el endurecimiento de la T y la iconografía de la crucifixión guarda relación con la antroponimia y con algunos topónimos que aparecen en la novela, hasta cuando Asturias comete algunas erratas al escribir Ati por Anti. ¿Tiene que ver el gazapo con Ati/tlán, «abuela del agua»? ¿Hay ecos de Los trabajadores del mar (1866), de Victor Hugo, en donde se relata la lucha contra un pulpo gigante, con el «pulpo gigantesco de ocho tentáculos de 70 metros cada uno» que es el cristo-pulpo asturiano? Es notable, además, la similitud del estado alucinante de Asturias con el siguiente pasaje de Hugo: «El desvarío, que es el pensamiento en estado de nebulosa, confina con el sueño y halla en éste su frontera. El organismo material humano, sobre el que pesa una columna atmosférica de quince leguas de altura, se fatiga por la noche, cae rendido, se acuesta y reposa. Los ojos de la carne se cierran. Entonces, en aquella cabeza aletargada, menos inerte de lo que se cree, otros ojos se abren. Lo desconocido aparece».
Heródoto también da fe de una isla errante en un lago egipcio. En la mitología griega se hacía referencia a Delos, una isla que erró hasta el nacimiento de Apolo. Asturias y Hugo rinden homenaje a Homero y su Odisea; también a Ctesias, Yambulo y Antonio Diógenes, a quienes Luciano de Samósata recreó en su Historia verdadera, libro alucinante donde se narra la historia de islas fantásticas pobladas por seres aún más fantásticos; una de ellas, la Isla de los Muertos, donde brota mucho fuego y habita Hades.
En la entrevista que le hizo Camilo José Cela a Asturias en 1971, el escritor guatemalteco le dijo al gallego: «En Guatemala, durante el terremoto, fijo el instante en que sentí que, para subsistir todo lo que se estaba cayendo, había que imaginar y crear un ordenamiento nuevo, pero no con letras sino valiéndose de las figurillas de barro que se multiplican al reflejarse en las aguas y que sólo después, al cabo de mucho tiempo, llegan a ser palabras, se van convirtiendo en palabras. En los contados segundos del sismo, el hombre entra en relación con el cosmos, es sacudido por el cosmos y se funde con él; entonces fue cuando pienso que empezó mi creación literaria» (p. 177-118). Este nuevo orden iconográfico que menciona Asturias podría ser el origen de El árbol de la cruz, con el contexto acuático en que se desarrollan las acciones/reflexiones de Anti y Animanta, protagonistas de su último relato, en el que sus imágenes desbordadas llevan al lector de asombro en asombro por su profundidad conceptual. Los terremotos aparecen en las últimas líneas narradas por Asturias. En la isla movible donde habita Anti, «truena el mar en todas sus profundidades vacías, no hay peces y truena la isla, sacudida por terremotos sucesivos, no es isla cada vez que este cristo-pulpo trata de desclavar de la cruz uno de sus doce brazos».
En los primeros escritos de Asturias se descubren algunas claves con las que cierra su ciclo narrativo. Al leer los 440 artículos que Asturias publicó en el diario guatemalteco El Imparcial durante 9 años, recogidos en París, 1924-1933. Periodismo y creación literaria, se halla la simiente de la potencia creadora que desarrollaría en sus obras cumbre. Como afirma Jack Himelblau, «su mente caleidoscópica no sabe de fronteras y ataca con el mismo celo las oscuras guaridas de la teosofía» que temas políticos, sociales, psicológicos, conductuales; nada escapa a su mirada profunda, inquieta. Manuel José Arce encuentra en ese libro, además, «el “ábrete sésamo” de la desgarradura original» entre nuestro Premio Nobel de Literatura y su patria.
El humor de Asturias es corrosivo, letal; en El árbol de la cruz utiliza un lenguaje caricaturesco y situaciones límite, absurdas, esperpénticas; una muestra de su humor se da cuando el protagonista ordena que las funerarias se llamen agencias de viajes. «Anti, ría» es el anagrama de «tiranía», la forma de gobierno que padeció Asturias durante toda su vida. No es disparatado entonces asociar tiranía con humor, pues como dice Friedrich Nietzsche, «el hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa». ¿Tiene alguna relación con este pensamiento Viernes de Dolores, la novela más festiva de Asturias?
Sabina Spielrein, en La destrucción como origen del devenir, cita a August Wünsche, quien hace referencia a una adivinanza escrita en alemán de la Alta Edad Media: «Un noble árbol crece en un jardín plantado con gran arte. Sus raíces se extienden hasta el centro del Infierno y su cima toca el trono de Dios. (En un poema anglosajón, el Infierno es llamado el cuarto agusanado, y está lleno de serpientes y dragones.) Sus amplias ramas mantienen unido al mundo entero. El árbol está en su esplendor y su fronda es magnífica». Para Spielrein, «ésta es una descripción del Árbol del Conocimiento (= Árbol de la Vida) y el árbol está representado con la forma de una cruz». En Las leyendas del árbol de la vida y del agua de la vida: antiguos mitos orientales, Wünsche «cita mucho material en el que sugiere que la cruz de Cristo se habría hecho con madera del Árbol de la Vida», según Spielrein, quien afirma que «después de que el árbol ha sido útil por mucho tiempo, Dios decide sumergirlo en el agua. […] Todo el mundo olvidó el árbol sumergido, pero cuando se acercaba la crucifixión, uno de los enemigos del árbol recordó:
¡Ah, pensó, este árbol
es suficiente carga para ser la cruz de Cristo.
Tan seco, pesado como una piedra.
Será una carga opresiva sobre la cual él morirá.
Creció de la tumba del primer hombre
el árbol que dio vida a la humanidad.
Y la redención, así como la muerte, vendrá
a nosotros nuevamente del Árbol de la Vida».
En el sureste mexicano y la parte baja del occidente guatemalteco existe una planta llamada ixcanal que entre sus ramas tiene espinas en forma de cruz. En Yucatán, México, esta planta se utiliza para curar el dolor de muelas y de estómago, y también para curar a los hombres del mal de amor. En Querétaro, México, existe un árbol de la familia de las mimosas muy parecido al ixcanal, pero más grande, que puede vivir hasta 300 años; es un centro de atracción turisticorreligiosa y se llama árbol de la cruz por las espinas en forma de cruz que crecen en sus ramas.
La cruz tiene cuatro ángulos. Cuatro serán los jinetes del apocalipsis que, según la Biblia, vendrán a exterminar a la humanidad.
Desde tiempos remotos, el cuatro simboliza lo sólido, lo sensible. Cuatro son las esquinas (que tienen cuatro colores: blanco-amarillo y rojo-negro en la cultura maya), los puntos cardinales de la Tierra, la cruz cósmica; cuatro son las fases de la Luna y las estaciones del año. En la cultura maya, el cuatro es el símbolo de la divinidad solar. Los seres humanos, que se formaron después de cuatro intentos sucesivos, surgieron en la cuarta era. Balam Ki’tze’, Balam Aq’ab, Majuk’utaj e Ik’i Balam fueron los primeros cuatro hombres; Kaqa Palo Ja’, Comi Ja’, Tz’ununi Ja’ y Kak’ixa Ja’ fueron las primeras mujeres que se formaron. En el Popol vuh se narra que la zorra, el coyote, la cotorra y el cuervo fueron los cuatro animales que acarrearon las mazorcas blancas y amarillas para formar al hombre. Cuatro son los pilares que sostienen al Universo; Chen, Yax, Zac, Ze son los cargadores del año; «deben traernos cuatro jícaras de flores» dijeron los señores de Xibalbá a los gemelos; cuatro señores principales eran los cuatro mensajeros tecolotes y cuatro los caminos que debían recorrer.
En el Popol vuh, hasta que «se acabaron de medir todos los ángulos del cielo, de la tierra, la cuadrangulación, su medida, la medida de las líneas en el cielo, en la tierra, en los cuatro ángulos de los cuatro rincones» se dio inicio a la creación. El conocimiento matemático, su saber da sentido a los seres que andaban a merced de las fuerzas ciegas de la naturaleza. El cuadrante los centra en su estar.
Cuatro años duraba el viaje para llegar a Mictlán luego de haber superado todos los obstáculos; el alma de los mexicas era recibida por Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, los dioses del inframundo que les anunciaban el final de sus pesares: «Han terminado tus penas, vete a dormir tu sueño mortal».
La coma que puso Asturias al final de su último libro ha sido estudiada por Aline Janquart, Christian Boix, Alain Sicard, Daniel Sicard, Claude Imberty, Amos Segala, entre otros. Entre sus especulaciones no han considerado que pudo también ser premonitoria del estado de coma en el que entró Asturias el domingo 9 de junio de 1974 a causa del rebrote del cáncer que atacó al autor en 1969. Tampoco mencionan Aprendizaje o el libro de los placeres, de Clarice Lispector, quien publicó ese libro por primera vez en 1969 y que empieza su relato con una coma y lo cierra con dos puntos.
La salida preparada por Asturias, de acuerdo con la forma como lleva la historia, hace suponer que él estaba consciente de que la muerte lo sorprendería en cualquier momento, pero él necesita seguir escribiendo para vivir, por eso no le pone punto final a El árbol de la cruz; la coma al final de su relato era su forma de aferrarse a la vida.
* Sobre el realismo mágico y las etiquetas que se imponen al arte literario, recordemos que en su aplicación hay más pereza que afán epistemológico o exegético. Se cae en el absurdo de creer que toda la literatura hecha en América Latina es realismo mágico. A ese punto se degradó el término, casi a lugar común. El concepto fue utilizado por primera vez en 1923 por el alemán Franz Roh para referirse a la pintura europea vanguardista; de Pablo Picasso, Marc Chagall, Paul Klee, Max Ernst, Otto Dix, entre otros. Su libro Realismo mágico se publicó en Revista de Occidente, España, en 1925. El venezolano Arturo Uslar Pietri fue el primero en utilizar dicho vocablo en América Latina, en 1948, para referirse a la obra de Miguel Ángel Asturias: «Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de los datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podría llamarse realismo mágico». Asturias lo definió como el resultado de la abstracción de dos conceptos opuestos: «Entre lo “real” y lo “irreal” hay una tercera categoría de realidad. Es una fusión de lo visible y lo tangible, la alucinación y el ensueño. Se asemeja a lo que deseaban los surrealistas en torno a Breton, y es lo que puede llamarse “realismo mágico”». Para oponerse a este membrete, Alejo Carpentier escribió un prólogo en El reino de este mundo donde expone su tesis sobre lo real maravilloso.
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