Ayúdanos a compartir
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

El árbol de Adán, de Gerardo Guinea Diez Narrativa y memoria del genocidio guatemalteco1

María del Pilar López Martínez2
Universidad Nacional Autónoma de México

Resumen

El estudio analiza en la propuesta estética de una de las novelas menos estudiadas sobre el genocidio guatemalteco: El árbol de Adán. Se efectúa un recorrido sobre la obra de ficción del escritor Gerardo Guinea Diez, e incursiona en algunos elementos de su poética para señalar las diferencias con la llamada «literatura de posguerra centroamericana», así como con el modelo predominante que entre los historiadores literarios se tiene. Muestra esos otros imaginarios que desde el interior de los países centroamericanos se construyen, muchas veces a contrapelo de lo que se conoce desde fuera de las fronteras del Istmo.

Palabras clave: literatura centroamericana, narrativa guatemalteca, novela histórica

Primera parte

Profundamente adentradas en las condiciones de la sociedad guatemalteca, las obras de Gerardo Guinea Diez3 hacen explícita la referencia a su país y a su historia: la ubicación siempre será Guatemala, no siempre la ciudad, pero invariablemente esa geografía.

En sus novelas hay una prosa poética que contrasta con los estilos que predominan en la literatura llamada «de la posguerra» Una prosa que fluye a través de la metáfora más que de la acción, aunque ésta nunca se pierde. Por ello, el tiempo narrativo, aparentemente inmóvil, se vuelve uno de los factores fundamentales en su escritura. Así, el universo representado que Guinea Diez nos propone en sus obras avanza lentamente. Su tiempo es el de la contemplación que se nos otorga a través de un lenguaje que nos obliga a descubrir, más que las acciones de los personajes, las sensaciones descritas a través de metáforas. Su manejo del tiempo rompe con la tendencia de la literatura actual, al no hacer de los acontecimientos un alud de avance vertiginoso. La diégesis generada por Guinea Diez se devela a través de la lírica que nos sumerge en universos interiores observados a detalle. Su tiempo pausado, descriptivo y casi estático, no retiene sin embargo a la historia narrada: la constituye y define su sentido.

La inmovilidad de los personajes, como en Calamadres4, o la simultaneidad de planos en los que se describen sentimientos, pensamientos o lo que el personaje observa, como en Un león lejos de Nueva York5, nos proponen en algunas ocasiones, un espacio y tiempo «congelados». Sus temas son diversos: la imposibilidad del retorno, el miedo, la falsa moral, la memoria. Prevalece en ellos la necesidad de reescribir la historia y de reconocerse como sobreviviente en un «rompecabezas» —como el autor llama a la Guatemala actual— que no termina de construirse.

Guinea Diez hace una metáfora de su percepción sobre lo que en términos de cambios sociales y políticos le sucede a la sociedad guatemalteca de la posguerra y la transición. Al explicar el título de uno de sus libros de ensayos, Gramática de un tiempo congelado6, nos dice:

(…) el título es una metáfora en doble sentido. El primero se refiere al entorno de las ideas políticas, económicas y sociales. Basta con leer o escuchar la rispidez del debate político para percatarse de la pobreza de argumentos y la necedad de imponer visiones simplistas a una realidad que se muerde la cola. Así, temas como la pobreza, la democracia, el Estado, la economía, el racismo, la seguridad ciudadana, entre otros, se abordan como si se tratase de una sociedad inmóvil y como si no fueron suficientes las lecciones del enorme fracaso en la construcción de una república viable para todos ocurrida entre 1954 y 1996. El segundo, se refiere a cosas más amables, como lecturas, autores, entrevistas, crónicas, que por cierta estética aún tienen vigencia y cierto interés.

En Calamadres, nos cuenta dos horas de la vida de Cupertino, exguerrillero que luego de veinte años en la guerra debe regresar a su casa. En su persona se concentran los sueños y el fracaso, la memoria de hechos insondables e imposibles de probar, el amargo sabor del envilecimiento y del engaño. Esta obra presenta un personaje que no logra insertarse en la sociedad a la que pertenece o perteneció treinta años atrás, y que no tiene cabida en la nueva transición. En su ficción, Guinea Diez construye un universo inmóvil, en el que el personaje viaja a través del recuerdo, en un ir y venir del tiempo narrado, entrecruzando los recuerdos de la guerra con las preguntas del presente, pero todo el tiempo narrativo permanece parado en la calle de su infancia, sin decidir cuál puerta tocar para enfrentarse a lo que quedó después de la guerra.

Un alud de voces irrumpen en su cabeza: recuerdos de su barrio, de Marlyn, su novia adolescente; del mundo que abandonó por la aventura de la guerra y al que un día prometió regresar. Recuerdos que son un ancla en el mar oscuro del interior que lo detiene frente a su casa:

Como una antigua rama, inmóvil, repitiendo su ciclo, la rosa muda, señalando el destino y Cupertino paralizado ante la sabia confirmación de que los recuerdos no se inventan, así como jamás pudo inventar la rabia de las manos, ni el arma que durante 20 años empuñó como un irremediable universo excedido, muda voz que adormece el jardín infinito, interminable, por donde transitaron las causas que nunca fueron suficientes y que un terrible rayo de fuego y pólvora acabó por incinerar7.

En Calamadres, un narrador omnisciente introduce un universo líricamente descrito, en el que los recuerdos paralizan el presente. De esta manera, el narrador hace sentir esa presencia. Y entre los recuerdos que siguen, una voz testimoniante de la guerra, y el presente detenido, Guinea Diez teje una ficción en la que no sabemos si Cupertino aún vive o es sólo uno de los fantasmas que la guerra regresa a las calles de la Ciudad de Guatemala de donde salió.

Otro de los temas abordadas por Guinea Diez en sus obras es la de la imposibilidad del retorno, la del espacio prácticamente inexistente que la sociedad surgida de la guerra deja para aquellos que se levantaron en armas o que se vieron forzados a salir de su país. La aborda desde la perspectiva del excombatiente como Cupertino, o desde el exilado como en Exul Umbra8. Sebastián Tánchez, el personaje central de Exul Umbra9, ha llevado una vida que se desarrolla a través de circunstancias fortuitas ajenas a su voluntad: amanece ebrio en la cárcel de San Cristóbal de las Casas un primero de enero de 1994, y es liberado casualmente por los zapatistas; había sido apresado en 1984 en Guatemala, como víctima circunstancial de la guerra de la que, por circunstancias ajenas a él, habría logrado huir. Tánchez permanece ebrio casi toda la novela en la que son narradas imágenes difusas, inestables, recuerdos que lo hacen revivir episodios de su existencia, algunos como verdaderas pesadillas.

Es una única decisión propia la que mantiene ocupada su mente e impide el regreso a su natal Guatemala: la construcción de un alfabeto conformado a partir del juego de ajedrez. Empresa que le ha llevado más de diez años y que no ha logrado terminar. El alfabeto es la voz todavía incompleta de Tánchez, aquella que le permitirá encontrar la forma adecuada de narrar la historia reciente de su patria «Porque no me alcanzan las palabras que existen para escribir la historia reciente de Guatemala. No basta el vocabulario conocido para escribir los sueños, las pesadillas, las tragedias, el dolor, la alegría de estos años»10. Finalmente, el personaje comprenderá que no son las palabras, ni siquiera el enunciar la primera letra de ciertos conceptos, lo que requiere develar; lo que a través de su alfabeto necesita decir son los nombres de los muertos, porque eso los regresará a la memoria colectiva, los hará presentes. Le dice Estuardo, un antiguo profesor compañero de celda: «Aquí no hay demasiados heroísmos, sólo un muro contra las sombras, sólo un muro para pintar el nombre de los muertos»11.

La novela se resuelve cuando Tánchez comprende que, si bien Guatemala es un país en el que las palabras están clausuradas, existe «… algo superior del lado de las personas: los sueños cotidianos, comunes, las cosas simples. Aquello que no será parte de la historia.»12 Es decir, el día a día de una comunidad que se enfrenta al enorme reto de la reconstrucción.

Los de Guinea Diez son todos personajes comunes, no los grandes héroes invencibles, no los antihéroes llevados al extremo de mostrarnos la imposibilidad de cambio trascendental. Porque para el autor es fundamental recuperar el papel central del sujeto en la historia no épica sino cotidiana, aquel que día a día se debate entre la búsqueda de un espacio en la nueva sociedad que no termina de definirse y la reconstrucción de una colectividad cercenada por la guerra, llena de miedo al otro y en muchos casos de odio.

El poeta ofrece una escritura alegórica, en la que aún en las condiciones más terribles, como en El árbol de Adán13 el personaje encontrará su anclaje en una visión humana y comprometida con el futuro. El autor presenta así la confianza en lo humano, en la recuperación del hombre como sujeto de su propia historia. Más que insistir en las traiciones y desencantos, Guinea Diez propone la recuperación de la memoria subjetiva a través de la literatura y la poesía, a través de la necesidad de reconocerse como parte fundamental de los últimos acontecimientos y del rol central de cada uno en la historia, la del país, la de todos, a través de las microhistorias que conforman el tejido de lo que se es como sociedad.

Un alud de voces irrumpen en su cabeza: recuerdos de su barrio, de Marlyn, su novia adolescente; del mundo que abandonó por la aventura de la guerra y al que un día prometió regresar.

Segunda parte

Son tres las novelas de ficción más representativas y cuyo correlato histórico es el genocidio guatemalteco14Insensatez, de Horacio Castellanos Moya, El árbol de Adán, de Gerardo Guinea Diez y El material humano, de Rodrigo Rey Rosa. Las tres publicadas en los primeros años del siglo XXI. Retomo para su análisis la segunda, sin dejar de lado la importancia que otorgo a que la tercera se da a conocer precisamente, en el momento en que se llevan a cabo los juicios contra el exdictador Ríos Montt por el genocidio perpetrado contra las comunidades mayas quichés, y el descubrimiento de los «archivos de inteligencia secretos» del ejército Guatemalteco. Ficciones las tres, que retoman acontecimientos históricos para generar los universos que representarán ficcionalmente, y que pondrán de nuevo en el centro de la discusión la necesidad de reconocimiento del pasado y la recuperación de la memoria histórica.

En 2007 Gerardo Guinea Diez publica El árbol de Adán, novela que retoma lo sucedido durante la política de «tierra arrasada» implementada por Efraín Ríos Montt en Guatemala, y que forma parte de la memoria colectiva: la masacre de una población entera en alguna comunidad Quiché de la montaña. El árbol de Adán narra el viaje interior de un profesor rural exilado que sufrió el genocidio siendo niño, al regresar a la aldea donde fueron asesinados, a manos de los soldados, todos los pobladores, incluyendo a su familia. Un único sobreviviente para contarlo, asilado en Barcelona, que tras veinticinco años de desasosiego no encuentra otra alternativa para aliviar el dolor y la culpa por haber sobrevivido, que regresar al lugar de los hechos y «descolgar» a su padre del árbol en el que fue ejecutado y en el que, imagina, sigue meciendo su cuerpo.

Sobre la obra, el autor explica:

—¿Qué lo motiva a escribir una novela donde se reviven todos esos fantasmas?

—Hay una cuestión que es de principio, que es revisar ese pasado trágico de Guatemala. Creo que es necesario, no sólo como un homenaje a la memoria de muchísima gente, sino como una búsqueda de los males del país, para sacar las raíces de esta tragedia, porque constantemente nos negamos a reconocerla.

—¿Cómo se inspiró para crear esta historia tan cruda?

—Yo viví mucho tiempo en México y conocí a muchos refugiados. Intercambié historias con gente que sobrevivió a eso y fui testigo de esa oralidad que ellos necesitaban sacar. Soy parte de una generación que asimiló eso desde el principio: el silencio, el miedo y el murmullo de la muerte que siempre rondaba a las familias. Esto es ficción, pero es el resumen de miles de voces y testimonios que yo escuché15.

Guinea Diez señala en entrevista que el libro está basado en historias conocidas por los excombatientes y los sacerdotes que ayudaron a salir a los sobrevivientes de las masacres repetidas múltiples veces en comunidades acusadas de ser simpatizantes de los grupos guerrilleros:

Quizá la novela más personal, porque lo viví, lo escuché, es la novela de El árbol de Adán. Que es la novela sobre el genocidio, que cargué muchos años en la cabeza y me decía… ¿cómo escribo eso? Si cuento lo que pasó tal cual y con detalles, voy a repetir lo que ya está escrito en el Informe de esclarecimiento histórico y el REMI, y entonces se me ocurrió una novela corta, justamente de regreso también, y es el personaje de un indígena que regresa de Europa y empieza a caminar esos caminos y recordar la noche esa. Esa noche cuando entra el ejército, y quema la aldea y mata a sus habitantes. Y él empieza a recordar cómo los curas lo enviaban a otros pueblos a saber sobre las masacres y se empieza a involucrar con los desaparecidos. Pero es una novela experimental que va para atrás, hay cosas que parecen error pero hay un juego lingüístico muy fuerte16.

En esta obra el autor no toma como elemento temático los sucesos que sobre las investigaciones sobre el genocidio se llevaron a cabo —como lo hicieran Horacio Castellanos Moya y Rodrigo Rey Rosa— sino que lleva a cabo un intento por recuperar, desde la prosa poética, la voz de quienes lo vivieron en primera persona en el centro mismo de los acontecimientos.

La estructura de El árbol de Adán es experimental. Si bien la historia central nos relata el regreso a su comunidad del joven maestro rural que decide llamarse Adán, tras veinticinco años de la masacre perpetrada en su pueblo, sus 115 páginas divididas en 17 fragmentos tienen un desarrollo en el que la ruptura temporal es permanente; ruptura en lo que se narra y en cómo se narra: «Andar, anduve por la costumbre de ser dos. El de antes y el de ahora»17. Ruptura formal por la irrupción esporádica de la vida actual de Adán, en un mundo conformado por los recuerdos también fragmentados de aquella noche:

Camino y me caigo de recuerdos.

No de sueños.

Entran y salen por un túnel angosto cruzan para arriba para abajo entre sombras oblicuas pidiéndome socorro.

Hago lo que puedo. Ocurre viniendo.

En movimiento. Ocurre y todo es cosa de irse hasta el fondo, de hundirse en el día que ando para la noche aquella, atada al aire por un hilito así que no se ve pero está aquí en mi cabeza aunque Juana se empurre conmigo.

Conmigo ese otro que no conoce, el que se cae a cada momento cuando sacude la cabeza y del pelo le brincan los recuerdos los piojos. Ese otro con ecos y raíces para defenderse de los de la voz de mando de sus aullidos.

Ruega por mi María hija del fuego, anímala arrebatada por nacer muriendo a la hora en que los espejos se pintaron de color vacío (…)

—Los recuerdos son como difuntos- suele decirme Juana.

—Entonces te acuestas con un cadáver- le respondo18.

Ruptura, por la confrontación entre lo que se narra y el lenguaje para hacerlo: desde la poesía, desde la metáfora que describe a veces tiernamente, amorosamente, los recuerdos que conforman la pesadilla:

Adelante atrás el infierno.

Pasar de lado.

Del árbol calcinado de Adán con sus huesos enegrecidos viéndome con sus ojos que caen como un trapo.

Al suelo en lugar de tierra cenizas sabiendo este dolor a orillas de sí mismo con algo de agosto en el interior derrotado una historia de estas que le dio el aire.

Un chiflón fuerte.

Un resfrío.

Un catarro, pues.

De vuelta, andando al revés.

El paraíso. Abajo abajo.

En qué otra parte sino ahí presidio a las ocho de la vida diez minutos pasadas la muerte que vino después.

—¿Y ahora qué hacemos? —vuelve a preguntar Lucía.

Repite repite la misma cosa la pregunta a doscientos pasos para el resto de la vida con la mirada despojada de algo viendo sin taparse los ojos limpios nublados de un color blanco.

Como un raspón en la mirada.

En un abrir y cerrar de miedos no eran hombres sino ruido desprendiendo sus alas en la noche enorme como su muerte tijera y carbón.

Ese camino no se volvió más bonito, ni bello, ni siquiera más feo.

No en mitad de esa noche bajo perros y machetes cortando cabezas y el quejido.

Profundo y solito de los que quemaron.

Y nosotros, la Lucía y yo, pues viendo la pena sin poder llorar harto.

Mirujiando esa sufridera calladita seguía ella tomándome del brazo se sacudía sin atreverse a gritar19.

Lenguaje exento de rabia, colmado de dolor:

Hago lo que ocurre, Sentadita.

Lo que ocurre desde hace 25 años sobre el azul de tu pañuelo en el regazo secando lágrimas y gritándole a esa muerte de patas largas.

«Puta, puta, puta».

Es inútil, Sentadita.

Mírala, allá se va con su presa en la boca.

Ni siquiera se la come la arrastra nomás y es puntual en su maldad20.

La dimensión temporal es un tiempo estático: Adán ha regresado a su comunidad y desde ahí recupera la memoria, pero nada exterior ocurre, y así, queda detenido el tiempo como la vida y la posibilidad de vivirla. Adán se encuentra anclado en esa noche del pasado, y en ese tiempo mítico como el de los muertos, Adán conversa con ellos. Conversa mucho más de lo que conversa con Juana, su compañera en el presente, quien le exige que se vayan «los muertos a otra parte»; o con Antonio, el sacerdote aún con vida de su comunidad, quien se ríe de los años que Adán ha pasado en terapia y le dice que «eso» no se borra; mucho más de lo que conversa consigo mismo en busca de una explicación, de las llaves que le abran la puerta a otras noches. Conversa con la Sentadita, su madre; el Colgadito, su padre; con Lucía, la chica de la que estaba enamorado y que decidió correr hacia su muerte; con Esteban, profesor de la comunidad. Y conversa siempre en esa misma noche en la que como juego de espejos puede ir a recoger salpicaduras de su vida pasada para hacer hablar a su gente de algo más que su propia muerte, para transformar la memoria de la muerte, en un posible camino hacia la memoria de la vida.

Las voces de los muertos son voces presentes, el relato nos las vuelve actuales. Se cumple entonces el objetivo del viaje anunciado al inicio: «extinguir el carbón encendido que traigo en el pecho desde entonces. Desde esas muertes»21 y hacer «un alto frente a la llama que los consumió una noche en que los soldados bordearon el río en silencio y entraron a la aldea por el lado de la escuela y agruparon a todos sus habitantes bajo los árboles para después meter a la mitad en un aula y al resto en la iglesia para quemarlos vivos»22.

En la obra de Guinea Diez el argumento se hace explícito desde el inicio del libro, en que la voz narrativa en primera persona mantiene un diálogo permanente con personajes que como lectores, sabemos vivos y muertos. Testigo el narrador de los acontecimientos que relata, la novela inicia cuando él mismo ha regresado a lugar de los hechos y es por ello que las voces e imágenes del pasado se hacen presentes con tal fuerza. Y no es que se hubiesen extinguido en el olvido, es que hasta ese momento, a través del mismo texto, esas voces llegan y se expresan de forma concreta, y son traídas al presente. Y son irremediablemente traídas a nuestro presente

Andar al revés para dejar que el perdón no siga mordiendo y ni vos ellos nosotros preguntemos más.

¿De qué fuimos culpables?

De nada.

Y saquemos el miedo que se quedó dentro porque nadie pudo escaparse23.

En El árbol de Adán existe lo que se ha dado en llamar una «oralidad ficticia»24, es decir, no imitaciones de voces, sino representaciones lingüísticas en el sentido que se reconstruyen testimonios escuchados y transformados literariamente para permitir un diálogo con la otredad, con el excluido. Esa reproducción no se dará a partir de la propia voz de los testimoniantes, como sería el caso de los testimonios trabajados de forma directa, sino por la estructuración literaria y el diseño retórico para la producción de «efectos de oralidad».25. La «oralidad ficticia» potenciará la función poética en un universo diegético que permite la comprensión e incorporación de dicha oralidad en las historias a contar, para así dotar a los acontecimientos narrados de un sentido más profundo, culturalmente hablando.

Guinea Diez incorpora una voz que habla al lector desde el sitio de los acontecimientos y por la forma en que está literaturizada y las estrategias retóricas que sigue, es que adquiere una resonancia auditiva en la que se mezclan la evocación y la metáfora. Son esas voces una continuidad del discurso del narrador y aunque se refieren a otra realidad —la los años de la guerra, la de la memoria de esos años en el presente—, ésta terminará por fluir junto con la actual. Ello abre la posibilidad de un diálogo directo entre discursos: el letrado, que sigue las reglas de la estructuración literaria canónica; y el de la tradición oral, que identifica nuestra cultura más primigenia. La novela propone a través de este recurso un diálogo intertextual con la tradición testimonial de la literatura anterior, y, sin acudir a la «pretensión de verdad» del llamado «testimonio», o a la cientificidad del discurso histórico, su poética será una forma de reconstruir la memoria.

En la novela abundan de recursos simbólicos, la mayoría de ellos religiosos: El árbol de Adán es, como su nombre lo indica, el árbol del pecado, lugar del origen del mal. Ahí comenzó su muerte, ahí se detuvo el tiempo, desde ese momento no reposa, como no reposan los muertos que cargan con los pecados del mundo : «Derrota que no nos pertenecía», concluye el propio Adán.

Está presente la serpiente que baja del árbol del Colgadito, la bestia de ojos enfurecidos, las llamas, el diablo junto a los hombres que encienden el fuego, «la eterna noche sin perdón», el infierno. Está María, la madre, la Sentadita, que muere a los pies del árbol, que le «suplica» a su hijo descuelgue a su padre para dejarlo descansar. Y está el Colgadito, el Padre, dejado ahí para ejemplo de todos. Maestro rural igual que su hijo. El regreso de Adán es el regreso en busca del padre, en busca del sosiego que requiere al traer al recuerdo vivo a los seres asesinados aquella noche.

Pero Adán es también el primer hombre. Señal inequívoca de sus posibilidades fuera de la esfera religiosa y apocalíptica que nos dibuja la memoria de su pasado. Fuera del pecado no cometido y de la responsabilidad con la que carga por una culpa no ejecutada. Es por ello que puede regresar a enfrentar sus miedos, a devolver la dignidad a los que no han sido recordados en el mundo de los vivos: «He vuelto para limpiarme el miedo y bajar al Colgadito de su árbol y descenderlo como un ángel y darle la luz de algún milagro y que te quedés ahí en el corredor empujando los colores del día anterior. El de antes de aquella noche»26. Es símbolo de todos los hombres, del ser humano que tiene memoria y la decisión de mantenerla, de hacer de ello una tarea en un mundo en el que la apuesta al futuro se encuentra en el olvido:

Porque la muerte no tiene misterio.

Sólo puro susto. Sobre todo al principio, después es cuestión de acostumbrarse porque la convicción lo gana a uno y basta con ser un muerto bien portado.

O un vivo bien morido.

Lo principal es resignarse dicen que para no abrir heridas.

Lo importante es administrar el miedo, la ración de susto y mantener la disciplina para la muerte siguiente procurando evitar pensamientos raros.

Hay que tener sabiduría y no ser shute y meterse a revolver la basura.

—La mierda —respondió Juana, indignada.

Dolores de nunca acabar y el colgadito balaceándose para atrás para adelante, a la izquierda a la derecha, para la vida para la muerte27.

Adán, hombre primigenio, pecador e indefenso, igual a los otros hombres:

—Eso ya pasó —insistió ella.

Esa afirmación es falsa. ¿O es cierta? Tal vez se refería a «ese final que pasará». Puede ser, pero pasará pasando, no del modo que dice.

¿Te das cuenta, papá?

No de ese modo, qué va. Pasará afuera este dolor, adentro del país, atando y desatando ese lazo que te aprisiona el cuello. Apeándose a la orilla del miedo, lejos de esas plantas rastreras. Cómo no, al pie de ti mismo, de esos hombres igual que nosotros, los mismos que seguían la voz de mando, los que también practicaban la Costumbre y rezan a los mismos santos y creen en los cuatro horizontes, los que también tienen la panza llena de lombrices por el hambre que de tanta los vuelve tristísimos y coléricos28.

El árbol de Adán es un dique contra el olvido, el del genocidio, herida mayor de la guerra en Guatemala. Diversas referencias en el texto nos lo dicen: los nombres de los pueblos, Cunén, Rabinal, Huehuetenango; la descripción de las creencias, la del venado muerto que anuncia la tragedia; las condiciones de miedo en los alrededores del lugar donde vive Adán; los años de los que se habla, desde 1954 «Adán tenía enojo por las muertes andando los caminos.» A la vez, su lectura, nos obliga a conocer el dolor profundo a través de la descripción bella y humanizada de un acontecimiento que nos estrella contra la crisis civilizatoria sufrida por las poblaciones indígenas, tal como refiere el autor:

(…) es una novela que no sólo retrata la tragedia y la catástrofe civilizatoria que vivieron los pueblos indígenas y los pueblos de este país ahorita porque también la clase media y los mestizos, todos secuestrados, desaparecidos, entonces retrata esa catástrofe civilizatoria, y va dibujando el tamaño del miedo. El miedo que se va quedando29.

Guinea Diez opta por una imagen bíblica como metáfora de la catástrofe civilizatoria que refiere en entrevista: la de la crucifixión. María morirá a los pies del árbol donde cuelga el padre, pero Adán, hombre común, hijo del hombre, debe recrear su condición para poder seguir viviendo, recuperar su humanidad. Así es como regresa del viaje al tiempo primero de su muerte para traer al presente la memoria toda, para ser de nuevo bautizado y poder así continuar la vida:

Yo sin nombre

«El Juano» me dice la Juana entre riéndose y pensativa en la orilla de su ventana y ayudándome a masticar esa derrota.

Que no era nuestra30.

En El árbol de Adán el deseo del protagonista de encontrarse a sí mismo y con ello comprender lo ocurrido, es una tarea que será cumplida a medias. Su «descenso» al infierno le permitirá volver a retomar su vida, pero la comprensión cabal no será posible. La certeza que cierra la novela —«Esta derrota. Que no era nuestra»31— regresa la culpa al otro. Otro ajeno que no se personifica pero que es el derrotado. Adán se libera entonces de esa carga para asumirse como sujeto, limpio de la culpa enajenante, para escribir esa historia que permanecerá. Ante la imposibilidad de conocer la verdad del sinsentido de la matanza, asumirá la tarea de comprender y con ello recuperar su integridad fracturada aquella noche. Aunque nunca alcance a conocer las razones de lo sucedido, su viaje al sitio de los hechos, su viaje interior a enfrentar desde la conciencia el horror vivido, le permitirá reconstruirse.

La muerte no tiene misterio.

Tercera parte

Aparte de la caracterización que se le ha dado a la llamada literatura «de posguerra» definida por el cinismo y la violencia, el autor nos presenta una realidad que se opone a la confrontación entre contrarios irreconciliables, tan recurrente en las obras literarias de la guerra. Las obras de Gerardo Guinea Diez buscan describir la experiencia más íntima del hombre que frente al horror se abandona y al hacerlo se ve obligado a regresar a sí, a su fundamento. Considero que ese es el sentido ético de su poética: el de recuperar todo el valor de lo humano en un mundo abandonado por dios.

A contracorriente de literatura que invisibiliza32 a los actores y víctimas de los conflictos armados, de pretender que ocurrieron sin consecuencias o que nunca sucedieron, la obra de Guinea Diez se apropia de los discursos olvidados o ignorados para traerlos al presente y con ello provocar, desde la actualidad, esa otra lectura posible del pasado que al reconocerse, devuelve integridad y pertenencia. Es así como Guinea Diez propone el reconocimiento de uno mismo a través de la reafirmación de nuestro sitio en la historia; la nuestra personal, pero también la común. La historia como pasado al que se pertenece y sin el que hoy, no se es.

En la novela Adán debe recuperar su individualidad y con ella su subjetividad. Debe convertirse en sujeto de su propia vida y retomar su camino en el aquí y ahora. Ese es el resultado de su viaje, ese el sentido de ser de nuevo «bautizado» y recuperar su nombre. En los universos que el poeta construye existe una salida: asumir la responsabilidad sobre sí mismo y, a partir de ella, participar en la construcción de un mundo distinto. La obra señala la importancia de la tarea del individuo en las sociedades de posguerra: frente a las comunidades que se desquebrajan y que no encuentran sustento en la moral tradicional que las sostenía, que se niegan a si mismas su pasado, que han perdido los valores referenciales en los que el ciudadano se reconocía, tendrá sentido construir imaginarios posibles a partir de la ética individual. Y en una sociedad en la que el Estado se encuentra ausente, en la que no hay Padre que responda, ni dios en qué creer, no queda otro camino que tomar entre las propias manos el destino. Como únicos valores a erigir quedarán el humanismo y la memoria de lo que se es.

En el contexto literario centroamericano del siglo xxiEl árbol de Adán inaugura nuevas propuestas en las que la narración acerca al lector a los acontecimientos históricos desde la subjetividad y la imagen poética, devolviendo la dimensión humana a los sucesos y construyendo con ello una doble apertura: hacia la conquista de la creación estética surgida aún de la noche más terrible, del sinsentido, y con ella, hacia el horizonte siempre presente de reconocerse en su pasado y arraigados en él, desarrollar la imaginación de otros futuros generados desde el arte como único camino posible.

Notas

1 Recibido: 1 de marzo de 2016; aceptado: 5 de mayo de 2016.

2 Facultad de Filosofía y Letras. Maestra en Estudios Latinoamericanos. Área Letras Latinoamericanas. Correo electrónico: pilarlmz@gmail.com

3 Gerardo Guinea Diez nació en Guatemala en 1955 y realizó estudios de derecho en la Universidad de San Carlos. Participó en el movimiento revolucionario de la década de 1970, y de 1981 a 1994 se exilia en México, donde continúa «trabajando en la frontera sur cosas relacionadas con el trabajo revolucionario, pero también con los refugiados».. Estudia sociología en la Universidad Iberoamericana y tiene a su cargo la Casa de Chile en México. Se desempeña también como secretario de redacción del periódico El Financiero en el Distrito Federal. De regreso en Guatemala escribe para la revista Crónica y los periódicos Prensa Libre y Siglo XXI. En esos años funda Magna Terra, editorial independiente que promueve desde Guatemala la literatura de su país y del resto del mundo. En 2000, recibió el Premio de Poesía «César Brañas» y en 2006 el Premio Mesoamericano de Poesía «Luis Cardoza y Aragón» con Poemas para el martes. En 2009 obtuvo el Premio Nacional de Literatura «Miguel Ángel Asturias», el mayor reconocimiento que confiere el Ministerio de Cultura y Deportes, del Consejo Asesor para las Letras de Guatemala. Poeta, ensayista y novelista, ha publicado las siguientes novelas: El amargo afán de la desmuerte (escrita en 1984 y publicada en 1993) y Por qué maté a Bob Hope (1994) ambas publicadas por la editorial Praxis en México. Exul Umbra (2000), Calamadres (2002), Un león lejos de Nueva York (2006) y El árbol de Adán (2007), La mirada remota (2015) fueron publicadas en Guatemala, y en fechas recientes, todavía sin publicar Un cisne salvado del diluvio (2015), obra con la que ganó la edición 2015 de los «Juegos Florales de Quetzaltenango».

4 Gerardo Guinea Diez, Calamadres. (Guatemala: Magna Terra, 2002).

5 Gerardo Guinea Diez, Un león lejos de Nueva York. (Guatemala: FyG editores, 2010).

6 Gerardo Guinea Diez, Gramática de un tiempo congelado. Ensayo y obra periodística (1994-2007) (Guatemala: Ed. Cultura, 2008).

7 Guinea Diez (2002) 21.

8 En un trabajo presentado para el XX Congreso Centroamericano de Historia, realizado en San Cristobal de las Casas en 2012, Yosahandi Navarrete Quan y yo escribimos: «Los exiliados de la patria posible. Reflexiones sobre la imposibilidad del retorno en tres novelas guatemaltecas: Con Pasión Absoluta de Carol Zardetto, Exul Umbra y Calamadres de Gerardo Guínea Diez»; de ahí recupero parte de las reflexiones aquí vertidas.

9 Gerardo Guinea Diez, Exul Umbra (Guatemala, Magna Terra, 2000). Exul Umbra puede traducirse como «la sombra de los exiliados», o «la sombra del destierro». Con el título, Guinea regresa a la temática del tiempo congelado, de la no presencia.

10 Guinea Diez (2000) 178.

11 Guinea Diez (2000) 145.

12 Guinea Diez (2000) 192.

13 Gerardo Guinea Diez, El árbol de Adán (Los Ángeles: Evaned, 2012).

14 Me refiero a lo ocurrido en Guatemala, particularmente en la región maya Ixil, durante el conflicto interno en los años ochenta, en el que Efraín Ríos Montt implementó la política de «tierra arrasada», consistente en el exterminio sistemático de comunidades consideradas afines a la guerrilla. De acuerdo con la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, doscientas mil personas fueron asesinadas o desaparecidas en esos años. Lo denomino genocidio, retomando lo expresado por Gerardo Guinea Diez en entrevista realizada por mí en 2013, y por Horacio Castellanos Moya en varias entrevistas y videos públicos.
En mi tesis de licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas: Literatura de la violencia. El Salvador en la obra de Horacio Castellanos Moya, tutorada por la Maestra Yosahandi Navarrete, analicé Insensatez junto con otras tres novelas del autor, desde el punto de vista de la llamada «literatura de la violencia» y los elementos que la misma ofrece para la memoria de los hechos vividos y la comprensión del presente. De ella retomo algunas nociones aquí vertidas.

15 Mónica Luengas, «Entrevista con Gerardo Guinea Diez», El diario del Gallo. Disponible en: <http://diariodelgallo.wordpress.com/2007/11/15/entrevista-con-gerardo-guinea-diez>.

16 Entrevista propia realizada en marzo de 2013; Ciudad de Guatemala.

17 Guinea Diez (2012) 53.

18 Guinea Diez (2012) 56.

19 Guinea Diez (2012) 99.

20 Guinea Diez (2012) 118.

21 Guinea Diez (2012) 11.

22 Guinea Diez (2012) 20.

23 Guinea Diez (2012) 119.

24 Sigo al lingüista Mauricio Ostria González en «Literatura oral, oralidad ficticia», Estudios Filológicos 36 (2001): 71-80.

25 Ostria González.

26 Guinea Diez (2012) 119.

27 Guinea Diez (2012) 110.

28 Guinea Diez (2012) 44.

29 Entrevista personal realizada en Guatemala, marzo 2013.

30 Guinea Diez (2012) 119.

31 Guinea Diez (2012) 119.

32 Sigo a Arturo Arias en su artículo «Post-identidades post-nacionales: Duelo, trauma y melancolía en la constitución de las subjetividades centroamericanas de posguerra» en (Per)Versiones de la modernidad. Literaturas, identidades y desplazamientos. Tomo III (Guatemala: FyG, 2012) 123. En él señala que: «La voluntad de muchos de los textos de la posguerra centroamericana de no mostrar ninguna consecuencia de la misma, o bien de pretender que nunca sucedió, es indicadora del rechazo ético a asimilar el pasado, asimilar a los muertos, asimilar la derrota política dentro de una narrativa histórica, coherente y explicativa. Concederle a los sujetos caídos en las guerras un sentido de pertenencia y una forma reconocible que los transformará en presencia simbólica dentro del horizonte identitario, les otorgará una presencia valedera como sujetos, a pesar de su no-existencia física en tanto ciudadanos vivos (…) elemento que contribuiría a su preservación (de la memoria) en tanto proceso explicativo de un presente y un futuro centroamericanos».

 

Gerardo Guinea Diez
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •