Julio C. Palencia
Foto: Dr. Iván González, sentado al centro, Mario Matute, sentado a la derecha, Julio Palencia, sentado a la izquierda, Carlos López, de píe al fondo.
La gran mayoría de veces que coincidimos con el Dr. Iván González fue en la casa de Mario Matute y Jimena. Iván fue un verdadero amigo guardián para los Matute. Mario, ciego desde los 4 años, sería unos tres o cuatro años mayor que el doctor González. La diferencia en edad no era considerable, pero en salud sí lo era.
Iván era un hombre de complexión fuerte, alto, piel canela y cabello blanco, muy entrado en canas. Su gesto, siempre amable, siempre con una sonrisa.
Ir al banco, realizar compras, llevar a Jimena o a Mario al especialista, invitarlos a comer, hacerles compañía y platicar: siempre había algo. Iván vivía por Ciudad Satélite; los Matute, en el sur, por Villa Coapa. Quien conoce la Ciudad de México sabe que ese trayecto puede resultar largo y, si hay tráfico —que es la constante—, de al menos una hora. Y aquello era varias veces a la semana.
Como dije, fue un guardián de aquella casa. La Amistad en granito puro. Sería Iván quien estaba con ellos la tarde en que falleció Jimena en el Hospital de Nutrición, en el sur de la ciudad.
Cuando llegabas al Callejón de la Carreta, que es donde vivían Mario y Jimena, uno comenzaba a gritar frente al edificio: ¡Matuteeee! ¡Matuteeee! Matute, ciego, pero con un oído privilegiado, mantenía siempre la ventana abierta para no perderse de aquellos alaridos. La respuesta llegaba pronto: ¡Ya voy! Y al cabo de cinco o diez minutos aparecía Matute por las gradas del primer piso hacia la planta baja, siempre sonriente, con su voz de barítono: ¿Cómo estás, muchacho? Así me saludaba a mí. El protocolo lo sabía todo el que frecuentaba aquella casa.
El doctor Iván implementó un mecanismo que le permitía a los Matute bajar una llave mediante una canastilla y una manivela hasta la persona que había dado de gritos. Se escuchaba entonces un grito adicional:¡Ya, vos, gracias, Matute! Aquel invento evitó que durante varios años Matute bajara y subiera todos los escalones —cuarenta y tantos por tanda, dijo una vez— tantas veces como fuera visitado. Fue un verdadero alivio.
Así era Iván para todo: la cafetera, la licuadora, lo que fuera. Reparaba, inventaba, resolvía. Una creatividad fuera de serie.
Era un tornero consumado, muy habilidoso. Tenía en su casa de Lomas Verdes, Estado de México, un tallercito donde se quedaba por horas. Para los 20 de octubre siempre elaboraba una moneda conmemorativa de la Revolución Guatemalteca de 1944 y, en las reuniones de conmemoración —muchas de ellas en casa de los Matute—, la regalaba. Pero no solo eran monedas: también robots y otras maravillas, para cualquier ocasión, que obsequiaba a sus amigos. Recuerdo que para la entrega del Premio de Poesía Editorial Praxis en Bellas Artes, año 2018, en el centro de la Ciudad de México, el doctor Iván preparó un reconocimiento al ganador —una moneda, una medalla, no estoy seguro— y él mismo lo entregó esa noche.

En el 2001 falleció en México el licenciado Ernesto Capuano Del Vecchio. El doctor Iván González, Ernesto Godoy y Carlos Palencia, mi padre, conformaron la comitiva que llevó las cenizas de Neto Capuano de vuelta a Quetzaltenango. El vehículo era de Iván y, seguro estoy, casi todo el trayecto lo manejó él. Era un conductor incansable. Regresaron de Guatemala de la misma manera. Ernesto Godoy, el más joven de los tres, falleció hace ya algunos años, en Puebla.
Estudió hipnosis con los mejores, según me dijo. Cuando yo comencé a mudar de color —de moreno hermoso a blanco blanquísimo— me ofreció hipnotizarme, por si había algo atorado en el subconsciente. Me lo propuso dos veces. Yo nunca me animé.
Su hermano, Libo González Sanabria, estudiante de la Facultad de Derecho y miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Estudiantes El Derecho, y también miembro del Partido Guatemalteco del Trabajo, fue asesinado el 17 de octubre de 1967.
Su sobrino, Ariel Estuardo González Martínez, hijo de Libo González, falleció en enfrentamiento con el ejército guatemalteco el 13 de agosto de 1981, en la Ciudad de Guatemala; tenía 23 años.
El pasado 1 de mayo falleció en su casa de Lomas Verdes, Estado de México, el doctor Iván González, a los 88 años. Fue velado en Funerales Gayosso Sullivan, en la Ciudad de México.
Dedico al doctor Iván González —hombre de su época, patriota guatemalteco, guardián de sus amigos— las palabras con las cuales Luis Cardoza y Aragón cerró El río, novelas de caballería:
Estoy a punto de despertar. Escucho mi silencio como lluvia sin agua. Es la vida accidente de la muerte. El tiempo no existe; nosotros existimos. Quise dejar una lámpara encendida. La Gran Puerta Negra. La boca de sombra. Polvo.
No es el
f
i
n
Es el mar.
Hasta siempre, doctor.
- La universidad y el tiempo histórico - 3 junio, 2026
- Dr. Iván González, patriota guatemalteco - 12 mayo, 2026
- Jaime Sabines, 100 años/Elena Poniatowska - 6 abril, 2026

Comentarios recientes