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Anahí Barrett

Aparentemente la vida, repentinamente, adquiría una perspectiva diferente. Una que parecía ser más objetiva, aunque mucho más dolorosa. Quizá fuese porque la objetividad, irremediablemente, siempre se acompaña de algún tipo de dolor. Pero este era un dolor, cualitativamente diferente a esos otros. El que, paradójicamente, le hacía sentir más viva que nunca. Al menos más alerta que 27 años atrás. Esos 27 años de matrimonio que recién empezaba a cuestionarse.

¿Se trataba de la típica relación, en donde los conflictos siempre se justifican con la trillada oración angloparlante: “We grew apart”? No. La realidad resultaba más compleja que eso. Imposible de encajarse en esa diminuta y limitada categoría. Esa que luego, en los protocolos legalistas del proceso de un divorcio, se convierte en una opción de casilla: diferencias irreconciliables. ¿Cuánto realmente abarca esa casilla? Infinidad de experiencias. Y es por eso que requieren ser despersonalizadas. Hay que tipificarlas en un compartimiento reducido, incluida como parte de las otras… de opción múltiple.

Tenían un hijo. Y estaban conscientes de que eso era una realidad paralela pero totalmente demarcada de lo que a ellos les sucedía, o podría llegar a sucederles. Aún cuando nunca fue verbalmente explícito, tácitamente estaba claro que serían capaces de ordenarse como padres responsables. Hacía un buen tiempo que la prioridad de sus vidas se había desplazado de ellos, como pareja y como individuos, hacia su crianza. Una decisión que estaba muy lejos de hacerlos sentir “felices”. Esa meta impuesta socialmente a todo matrimonio, una meta lineal que resulta totalmente alejada de la realidad que vertebra la cotidianidad.

El miedo paraliza. Y ellos tenían mucho miedo. Miedos de origen diferente, pero paritariamente paralizantes. Ella, una mujer codependiente. Siempre organizando su vida en función de complacer a los otros. Particularmente a su marido. Presa del imperio del temor a cometer errores que pudieran alterar aquel aparente balance. Errores que se organizaban desde un amplio espectro. El mismo nivel acumulativo de cortisol-depositado en espacio cortical- tenía el no hacer los huevos tibios perfectos, que el de no poder resultar adecuada en la cama. Y con él nunca lo fue. Con otros sí, pero nunca con él.

Ella no estaba interesada en conjeturar acerca de la causa o naturaleza de los miedos instalados en el padre de su hijo. Solo sabía que éstos encontraron su vía de escape en otras sábanas, en otros cuerpos, en otros clítoris. Ese catalizador que le desorganizó la existencia y por el que quiso morir.

Ella, hoy, quiere vivir. Existir sin culpa, sin rencores, sin culpabilizarle, sin reprocharle, sin cómodamente desplazarle la responsabilidad de un añejo matrimonio inerte. Hoy su energía se concentra en construirse a sí misma como alguien libre. Lista para enfrentar la vida sola. Pero también abiertamente dispuesta a la posibilidad de retar a la vida con él. Porque siempre existen vías inexorables de lo posible. En ese magnánimo arco iris, quizá ellos puedan permitirse configurar otra forma de encontrarse, otra forma de construirse juntos. La vida parece siempre asentarse en la esperanza y la esperanza siempre se encuentra acompañada del amor. El amor, esa maravillosa capacidad que mueve al mundo…en una infinidad de posibilidades.

Anahí Barrett

Pipil/inglesa/guaraní de origen, guatemalteca de crianza. Intentando ser psicóloga, profesora universitaria, madre, esposa. Hoy, experimentando las mieles y las sales del proceso de encontrarse, para crecer, con añejos sentimientos no resueltos, por situaciones pasadas que hacen mi presente. Aspirante eterna a ser leída por el otro.
Anahí Barrett

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