Ayúdanos a compartir
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

PREFACION

El recalcitrante
DE LABIOS de la ingenua Abuelita, el Niño, terco, reincidente,
turbulento, caprichoso, escuchaba este vocablo muy
siglo XIX, hoy al parecer eliminado del habla corriente: —Este
niño es muy recalcitrante. El adjetivo, se matizaba de
irritación momentánea, de reproche cariñoso, de candoroso
asombro. Corridos los años, el Niño, de provecto a anciano
recalcitró en sus manías, en sus aprendizajes sin objeto y sin
fin previsible y fue urdiendo cuadernos de notas, especie de
diarios a remiendos: de un aprendiz de cínico, de un aprendiz
de tímido, de un aprendiz de viejo, de un aprendiz de ausente…
¿Qué mejor —o peor— que titular éstas de ahora Notas
del Diario de un Aprendiz de Recalcitrante? Porque siempre
se vuelve, o se debe volver, a ser aprendiz de lo que se ha
sido, de lo que se quiso ser. Y ser recalcitrante lo mismo puede
ser un defecto que una virtud, uno y otra dignos de aprender.
Y si al lector exigente no le pluguiere el título, bien hará en
sustituirlo con cualquier epíteto peyorativo. Pero —ni qué
decirselo—, hará mejor aún en no leer estas notas de su amigo
y servidor,

El recalcitrante
(a su pedido: C. B.)

 

LA TORRE DE MARFIL… Sí, está bien: pero con ascensor,
aire acondicionado, piscina en la terraza, y todas las demás
comodidades modernas, ¿no le parece?

COMO ERA maestra de escuela, y joven, y bella, todo me
hacía respetar sus faltas de ortografía, por otra parte, llenas
de gracia.
OBJETAN las costumbres ajenas precisamente porque son
ajenas.
NO SÉ QUÉ tenía aquella muchacha. Todo era verla, y
darme ganas de salir corriendo. Con ella.
—YA LEYÓ la novela de Z?
—Tengo por costumbre no leer las cosas ajenas.
¡Buena educación!
DIGAN lo que digan los respetables códigos y la moral,
raptar a una muchacha, ¿no es, sencillamente, ejercer el
autoservicio? De todos modos, habrá que pagar.
«TENER bien sentada la cabeza» es una ambición muy
razonable, es una envidiable dicha. Sobre todo, si esa afortunada
cabeza no piensa nada.
MUCHAS VECES he aspirado a ser un importante funcionario;
no se crea que por egolatría o por los halagos y provechos
materiales de que podría disfrutar en tal posición (según
los calumniadores). Yo no me contento con tan poco: me
placería ser un gran funcionario sólo para poder destruir
cuanto mis antecesores hubieran hecho (si algo quedaba de
eso, con que mis inmediatos antecesores no hubieran
barrido).
HACE TIEMPO que no veo en los escritos públicos, y no
sé si se oyen en la conversación corriente, vocablos pintorescos,
de fulminante elocuencia, que eran muy usados «antes
», como canalla, pillo, lépero, quídam, chusma, plebe, y
otros semejantes. Tal vez se han suavizado las costumbres,
tal vez la cultura los ha apagado. O tal vez se teme un poco
más a las consecuencias de esas expresiones volcánicas y se
tiene más respeto a las personas y clases sociales a que se
aplicaban con tanto desenfado y altanería…
SE DISFRAZA de héroe antiguo, cansado de vivir, disfrazado
de héroe moderno.
MIRANDO a un indio que pasa doblado por su pesada
carga a mecapal y con la vista perdida en la tierra que no
acaba de pasar bajo sus pies descalzos, a la verdad se me
hace incomprensible que existan gentes tan felices como éstas
sin haber leído nunca a Kant, a Hegel y a Marx. (Tendría
que aclarar, por temor a la anfibología: gentes ¡tan felices!
«a pesar» de no haber leído nunca a Kant, a Hegel y a Marx.
Vamos… ¿se me entiende claro…?
—NO DEJES nunca los anteojos sobre el escritorio, entre
los libros o los papeles que lees —me recomendaba mi docto
padrino—; te lo digo por experiencia: se ponen a leer por su
cuenta, y cuando vuelves a ponértelos, no sabes bien por
dónde ibas, has perdido el hilo de la lectura, te confundes.
Las cosas viven jugándonos malas pasadas, no te fíes de ellas.
TE PRECIAS de ser tolerante. La tolerancia, deberías saberlo,
es signo de debilidad para los violentos, los obcecados y los
fanáticos. Eso no tendría, nada de grave, si los fanáticos, los
obcecados, los violentos, no fueran la inconmensurable mayoría.
SE DESFIGURA el amor en el matrimonio. ¿Qué ideal no
se desfigura?
SON INNUMERABLES, y algunos pintorescas, las
metáforas y los circunloquios con que aluden al hecho
consuetudinario de que se está cumpliendo una ley biológica,
el principio que renueva por doquiera la creación. Dicen, por
ejemplo en España, de las grandes damas, que se hallan en
estado de buena esperanza, lo que, entre las burguesas sólo
es estado interesante. O bien, aquí y allá, con eufemismo
pretensioso, que están esperando un bebé, que están esperando
a la cigüeña (hasta en países en donde la cigüeña es
ave tan mítica como el ave fénix…) Parecen a los buenos
modales de las buenas gentes vocablos indecorosos encinta,
embarazada, preñada… (expresión ésta en que se complacería
don Miguel de Unamuno, pero que ya sólo se admite
aplicada a los animales, como, esa otra, específica de los animales
hembras, que suena bestial: cargada…) Y sin embargo,
en la conversación menudean verbos y símiles mucho más
groseros, chorreantes de chocarrería, como si se sintiera irresistible
necesidad de envilecer la maternidad. (Y ¿cuáles serán
los términos empleados por los negociantes de anticonceptivos
y por los austeros paladines del «control» de la natalidad,
que han de considerarse estafados por la naturaleza…?
Tema para un pequeño ensayo sobre las grandes contradicciones
humanas).
NO HABLES de mí. Habla del viento, del mar y de la
noche, que están en mí.
—USTED siempre se anda por las ramas. Nunca va al
grano.
—¡Qué quiere! En mi ascendencia adámica hay un travieso
e indeciso simio que regresa, que en las ramas se halla en su
elemento originario, y que gusta más de otros frutos que de
los granos (verbigracia, del maíz).
AMO Y SEÑOR. —Sin alardes de ninguna especie, con
voz suave y pausada, el pequeño dictador se expande:
—Desde un punto de vista completamente analfabeto, lo
abominable tiene en mí un perfecto enamorado, dije, y, para
demostrar que yo era el amo y allí nadie más mandaba, puse
los pies en el plato y exclamé: A mí me gusta el arte abstracto,
y se acabó. Desde entonces a mi mujer y a toda su familia
les gusta el arte abstracto que es furor. Por eso los odio. La
verdad, sin embargo, es que como yo ya estoy tan viejo y tan
encariñado con mi reuma, no puedo dedicarme enteramente
como otros viejos a las actividades subversivas.
SOY como los observatorios meteorológicos que sólo se
equivocan cuando por error aciertan.
(Encanto morboso de deturpar la buena voluntad y la
servicialidad. Meteorólogos: ¡anunciad sólo tempestades y
cataclismos!)
SE ABSTENÍA de criticar a los grandes escritores y a los
grandes hombres de su país, por temor de que se creyera
que los envidiaba. La grandeza ejerce coacción sin proponérselo.
¡TIEMPO canicular! ¿Por qué no tiempo de perros?
LO CIRCUNDANTE me hastía. No creo que lo más lejano
e inaccesible me satisficiera. Lo hermoseo en la fantasía, pero
sin fe. Es mi mal.
SANTO, lleno de pasiones mezquinas; héroe, lleno de
cobardías; triunfador de la vida, lleno de descontento y de
ansias.
TODA ADMIRACIÓN lleva escondidos turbios elementos.
Acaso tales elementos determinen su fuerza.
ENGRANDECEN al indio del pasado, lo idealizan. Para
tener un motivo de orgullo y sentirse inconmovibles en él.
No reparan en el heredero actual del indio —una actualidad
ya de varios siglos— que los contradice. Y si se ven estrechados
a admitir su realidad presente, para eso está el cultivado rencor
a la Conquista, Conquista que no hubieran podido evitar,
como que se entregan, mansamente y hasta con repugnante
entusiasmo, a nuevas formas de conquista que deberían
humillarlos.
¿HUMILDE? Por temperamento, por necesidad. No me
parvifico, y no podría, ¡ay!, magnificarme. Eso es todo.

EMPLEO toda mi fuerza en defenderme de mí mismo,
quedo desarmado ante los demás, que me acometen
implacablemente y en plena impunidad.
TENER el vicio de bromear con todos. No resistir una
broma. Y sorprenderse de que otros se enojen por una broma.
SI HUBIERA cometido a tiempo un bonito crimen, de
cuánta fama gozaría. Pero si un crimen es mucho pedir y se
le antoja demasiado ambicioso, al menos una buena estafa,
¿no le parece?
DISPOSICIONES saludables: hay que hacer economías en
el personal menor, y aumentar los sueldos de los altos jefes.
CON SU ACENTO más persuasivo, el señor cura del
pueblo, que es un águila de la persuasión, dijo a los fieles:
—Nada de lujos, nada de boato. El Señor no lo quiere, lo
detesta. Por eso hijos míos, todas las cositas de oro o de plata
que tengan, o algunas piedras preciosas que guarden, deben
despojarse de ellas. Tráiganmelas aquí y sentirán libre y ligera
su conciencia.
Los fieles le escuchaban extasiados. Yo fui de los primeros
en entregarle mis onzas de oro, que conservaba como recuerdo
de familia, y que a mí, a la verdad, no me servían
para nada. Y no saben qué peso me quitó de encima. El santo
varón tenía razón, tenía razón.
EL FAVORITISMO es lo que más desagrada. Particularmente
porque no se es el favorecido.
CADA DÍA lo admiro más y lo aprecio menos.
¡NO ME VENGA con sutilezas! Hábleme claro. ¿De qué
estábamos hablando? Bien, bien: creo que a ninguno de los
dos nos importa.
«TENGO costumbre de morir».
ESA BELLA, codiciable mujer, es muy joven. Hasta ahora
anda sólo en su segundo matrimonio, y los amantes que ha
tenido le han durado poco. No tiene experiencia.
Es cierto: para alcanzar experiencia, hay que envejecer. Y
una bella mujer «no debe» envejecer nunca. «Luego
entonces», debe apurarse para ganar experiencia.
SI TE ESTÁN tomando muy en serio, tienes el deber de
sentir la necesidad de hacer una pirueta, me decía mi maestro.
Él sabía hacer sus travesuras.
CONFIDENCIAS riesgosas:
—A mí no me gusta… (Cortázar, o Dante, o Franklin,
o el gran pintor tal y el gran músico cual, y más cuanto de
mayor moda estén. Con énfasis ya, se dice: —En secreto, a
mí no me gusta… y con humildad franca o sospechosa: —Yo
no entiendo la poesía, o la pintura o la música moderna).
Confidencias riesgosas. Lo que a uno, a usted por ejemplo,
no le agrada o no lo entiende, es variable, infinito, asume
mil formas, y desconcierta que eso mismo sea lo que a otros
entusiasma hasta el delirio o lo aceptan de buena traza.
Cuando escucho una confesión de esa índole, en discreta
defensiva declaro:
A mí, tampoco; pero no lo digo: ¿qué necesidad tengo de
que la gente sepa que soy tan negado? (Elija calificativo: torpe,
reaccionario, cavernícola, atascado, etcétera: estos adjetivos
explosivos con que se le devuelven al negador sus rechazos,
igualmente son innumerables y de una elocuencia catastrófica
si bien nada tienen que ver con la Estética).
VEA lo que son las cosas: a mi mujer la persigue rabiosamente
la fortuna: se encuentra un monedero, se saca la lotería,
se le muere un tío rico. Yo no tengo ningún tío, en cambio.
SIEMPRE tenemos motivos fabulosos para enorgullecernos
de lo que hemos hecho en la vida o de lo que nos ha
sucedido. «Yo fui de los que cargaron en hombros a Chano
cuando ganó la carrera de tres metros de a pie». «Yo fui el
primero que entró al almacén que se incendió la víspera».
«Yo fui el primero que se ahogó en la nueva piscina olímpica».
AH, COMPATRIOTA triunfante, no te asombres ni te
duelas de nuestra actitud: nuestro deber sagrado es tirarte
de los pies, pues tanto asciendes. Si te ayudáramos a subir
más, se tomaría a estrecho nacionalismo nuestro empeño, a
egoístas interesados propósitos nuestro entusiasmo. Ah, y si
te derrumbas, cuánto te admiraremos, teniendo que decir,
de paso y sin malevolencia, que esto te aconteció sólo por
culpa tuya. El triunfo siempre obliga, resignaciones.136
EL IDEALISMO, sutil enemigo, nos acecha por todas
partes, se lucra de nuestras menores debilidades, lo favorecen
aliados y cómplices múltiples. Estamos alerta contra él, y no
lo sentimos entrar subrepticiamente por las puertas de
servicio, por las fronteras mal guardadas, ni reconocemos
sus disfraces más usuales. Vivir en guardia contra el idealismo
es fatigante ejercicio. Desfallecemos.
OTROS la aborrecen y se indignan. Yo le he tomado sabor
a la pedantería. La gozo como un espectáculo gratuito.
Admiro al pedante. Y cuando yo pedanteo (del griego, etcétera)
participo del gozo del autor-actor. Sólo que no tengo
suficiente empaque para considerarme un maestro en
pedantería, es decir, dos veces maestro. Y me falta auditorio.
Con unos adarmes de memoria y unos granos más de
desenfado, qué egregio pedante sería yo. Quizá sea mejor
que en esto no dé la altura: les ahogaría el éxito y el goce de
su éxito a mis competidores.
SE NOS HA impuesto que dos más dos son cuatro. Lo
admito, pero siento no estar muy seguro de ello. ¿Quién me
garantiza, oh matemáticos, oh lógicos, oh tradición, que todas
las unidades sean absolutamente iguales? ¿En la aceptación
de la identidad no hay algo, por ínfimo e inverificable que
parezca, de convencional? ¿No hay mucho de dogmático,
por dogmático discutible, en el imperativo que nos anonada?
O, si se quiere, ¿de utilitaria comodidad? Y, por otra parte,
es irritante que forzosamente, y siempre, para toda la eternidad,
dos y dos sean cuatro: negación de la libertad, de la
rebeldía, de la imaginación. Suplicio de que, impotente, el
relativismo tampoco nos rescata. ¡Y cómo se pavonean,
ofensivos, insultantes, los axiomas, los apotegmas! Como los
dogmas.
UNA GRAN tristeza se apodera de mí: pienso, luego temo,
que no estaré presente en el juicio universal. Estaré enfermo
o andaré de vacaciones. Que así me he perdido siempre los
grandes espectáculos.
SOY UN poco misántropo. Pero no mucho más allá del
noventa y nueve por ciento. No es para escandalizarse,
habiendo razones para serlo un poco más.
¡HAY DEMASIADO trabajo!, se queja, bostezando, el
laborioso empleado, que lee un revista y fuma plácidamente.
Me siento culpable de interrumpirlo, de recargar su quehacer
atendiéndome, en horas de oficina. Por fortuna reparo a
tiempo en que yo sólo venía a charlar un rato con él, como lo
hago a diario, hasta que dan las doce y nos marchamos
fatigados a tomar el reparador aperitivo.
NO ESCRIBIR sino lo que se ha pensado largamente. No
piensan así los relámpagos, escritura de los dioses en el cielo.
(He aquí un perfecto pensamiento confuso, que tú lo
entiendes, sin embargo: yo no he querido tildar de ligeros a
los dioses).
EL PASADO fue mejor, dices, suspirando. Es una proposición
original: no me duele reconocer que la acabas de
inventar. Me es lícito decirte, no obstante, que en ese vago
tiempo que te enternece ausente, no existía la coeducación,
las mecanógrafas, los moteles, las playas desnudas, la píldora
y otras conquistas de nuestro tiempo, al que calumnias, del
que reniegas. En el pasado tenías que engañar a tus mejores
amigos, recuérdalo, mientras que ahora… (Pero me dolería
echar por tierra tu convicción de que el pasado fue mejor. Yo
siempre he sido muy respetuoso de las instituciones, a las
que temo, y de las ilusiones, que envidio).
¡CÓMO PASA el tiempo!, te lamentas, sorprendido. En
efecto: yo estoy más viejo, y tú más joven.
LO QUE FRANCAMENTE no me gusta del dinero es que
siempre hay más del que uno puede tener, que siempre hay
quienes tienen más que uno, que el dinero, por lo regular,
pertenece a otros. Y eso, que yo soy de aquellos que se conforman
con poco. Me basta con tener para lo superfluo; desear
más ya resultaría abusivo Sin embargo, para un tiempo, no
estaría mal. Pero el dinero es esquivo, veleidoso, y se va hacia
quienes no lo saben apreciar, los ricos, por ejemplo. ¿No lo
cree usted así?

Fragmento de DIARIOS DE APRENDICES [1939-1976]
Edición de Alexander Sequén-Mónchez
Publicado en Guatemala por Magnaterra Editores

Admin Narrativa

Administradores del sitio Narrativa y Ensayo Guatemaltecos
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •