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 Luis Aceituno

Que no se nos olvide: en medio de toda esta algarabía de residencias creativas; de visitas a los museos y a la ópera; de largas audiciones de música clásica; de ‘playlist’ de Spotify con canciones que anunciaron la catástrofe; de fiestas y  tertulias alcohólicas por ‘Hangouts’; de atracones de series por ‘Netflix’; de maratones de películas de ciencia ficción; de puestas al día con los novelones publicados los últimos años; de chats de Whatsapp; de ácidos y venenosos posteos en Twitter y Facebook; del intercambio de memes, de las clases de cocina y de yoga, del ‘fitness’, de la feria de las vanidades…Pues, en el medio de todo esto, también tenemos derecho a sentir miedo, desazón, angustia por el presente y por el futuro; a quedarnos petrificados frente al espejo o la ventana; a discutir con las sombras; a no querer ver ni escuchar nada; a sentirnos frágiles; humanos, demasiado humanos; a experimentar el peso del desamparo; a odiar libros, discos y películas. Derecho a la aflicción. Derecho a no estar entretenidos, mientras afuera todo se convierte en amenaza. Derecho a quedarnos solos con nosotros mismos para invocar ángeles o demonios. Derecho a convivir con los fantasmas. Derecho al llanto y al silencio.

De niño siempre tuve terror a que se terminara el mundo. Tenía pesadillas con lugares devastados y paisajes desolados. Mi principal temor era que se acababa todo, menos yo, que me quedaba como un testigo atónito del derrumbe. Estaba solo y eso era insoportable. Mi primer ataque de angustia lo tuve a los nueve años. Esa sensación ingrata de que vos no sos vos, de que todo lo que te rodea adquiere de repente un aire irreal. Ganas de gritar. Miedo a morir de repente.

Antes de enterarme de que los ataques de pánico son un mal contemporáneo y que los sufre al menos el 50 por ciento de la población mundial, me sentía en verdad un monstruo, un tipo demasiado extraño, avergonzado de mi debilidad, de mi falta de entereza frente a la vida. Sin derecho a la ansiedad y al desasosiego, porque el mundo era de los otros, de los hombres o las mujeres de acción, de los que jalan el gatillo y se enfrentan a la amenaza sin ningún tipo de apego a la vida. A mí solo me quedaba buscar consuelo en las farmacias, en los libros o en la música. Eso, hasta que una especie de matón me confesó borracho que se despertaba gritando de madrugada, que sudaba frío, que no podía con la noche, que dormía con la pistola debajo de la almohada y corría hacia la puerta cada vez que la desesperación le ganaba el cuerpo. La verdad, todos estábamos jodidos. Todos teníamos miedo. No era mucho consuelo, pero era bueno saberlo.

“Respetá TU miedo”, me decía un cuate sobreviviente de todas las batallas posibles, “asumilo, que es lo único que te salva”. La verdad es que sí, a mí el miedo y la angustia me han salvado la vida en condiciones extremas. Aunque, a decir verdad, no sé cómo me hubiera ido con la inconsciencia y la valentía. Por lo pronto, tenemos derecho a la parálisis, a respirar el peligro. Si no asumimos el miedo (por supuesto el propio, el animal, el verdadero, y no el que nos impone un sistema cualquiera para volvernos dóciles), el mundo seguirá al volver exactamente igual a como lo dejamos, directo hacia el desastre.

Fuente: [elperiodico.com.gt]

Luis Aceituno
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