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De niñas, libros y robos

lucha libre

Lucía Escobar
@liberalucha

La intensa y cruda realidad nacional es un caldo de cultivo perfecto para el desarrollo del arte y las humanidades en el país. Es en ese terreno cultural donde casi siempre suceden las buenas noticias. Son una reacción natural ante el horror, que intenta descifrar (o disfrazar) el mundo con otras existencias ficticias más creativas, y en muchos casos, menos agresivas. Por eso, meterse en un libro, saborear sus páginas, dejarse influir por el autor, siguen siendo placeres que solo las mentes ávidas de conocimiento disfrutan. Leer se convirtió en un lujo de pocos, a pesar de que nutrirse de ideas, palabras, conceptos, es una necesidad humana tan importante como comer frutas y verduras.

Actualmente, existe una guerra silenciosa pero constante contra la lectura, las ideas y la inteligencia. Diez bibliotecas al año, se cerraron durante los últimos tres años en Guatemala, según una investigación de Marta Sandoval en Plaza Pública, que también nos cuenta que hay 356 bibliotecas en el país y solo un libro para cada seis lectores. No existe una verdadera intención de promover la lectura, la mayoría ni siquiera logra entender los beneficios del conocimiento y el pensamiento crítico en una sociedad sana. Por ejemplo, Susana Asencio, alcaldesa de La Antigua Guatemala pasará a la historia por haber acabado por medio de un decreto con una feria del libro que llevaba décadas de llevarse a cabo en la turística ciudad colonial, donde se fundó la cuarta imprenta del continente americano. En lugar de promover la educación, ahora la estupidez se vuelve algo digno de admirar; y un alcalde que caga en público y lo sube a redes sociales resulta más llamativo y más viral que La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

Son tan poderosos los libros, que hay un terror inmenso a su poder transformador y siguen los intentos por hacerlos inalcanzables. La Cámara de Industria de Guatemala comenzó recientemente una batalla judicial para quedarse con la marca Filgua y quitársela a la Gremial de Editores quienes realizan la Feria Internacional del Libro en Guatemala desde hace años con mucho esfuerzo y nulo apoyo. Se parecen a aquel niño rico y “bullyeador” que intenta robarle la refacción al pobre al que le cocinan con amor. Es probable que logren apoderarse del nombre legal Filgua, pero nunca acabarán con la fuerza y la pasión de quienes promueven la lectura. Quizás en otro lugar y con otro nombre, pero el conocimiento a través de los libros, va a seguir compartiéndose, moviéndose, vendiéndose. Quienes estamos en el mundo editorial, sabemos que ser librero y editor no es un buen negocio. En el terreno del conocimiento, las cosas no se hacen por dinero. Existen ideales y valores más importantes, que confieren otras dignidades y otras esperanzas, como el hermoso gesto de Eduardo Halfon, nuevo premio nacional de literatura Miguel Ángel Asturias 2018, quien decidió donar el dinero ganado a las niñas de Na’leb’ak –una organización conformada por jovencitas de Chisec, Alta Verapaz–, para la construcción de un nuevo centro de enseñanza. Me quedo con sus palabras: “Porque son ellas, las niñas del país, las que determinarán si aquí habrá más literatura. Son ellas las que formarán a futuras escritoras, maestras, abogadas y científicas. Son ellas las que –quizá– nos levantarán y criarán y bendecirán. Pues un país que no cuida a sus niñas no es país. Una sociedad que descuida a sus niñas no tiene pasado ni futuro.”

Por más niñas felices y más libros para todos.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/lacolumna/2018/11/21/de-ninas-libros-y-robos/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar
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