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De la intención del autor I: teoría literaria contemporánea.

George Reyes

Javier Aranda Luna[1]  opina:

… [Parra] repudia la poesía de gafas obscuras de capa y espada, de sombrero alón. Descree de los signos cabalísticos, de las ninfas y tritones para su quehacer poético. No sólo (sic) eso: sostiene que los poetas de la retórica vacua deben ser procesados por construir castillos en el aire, malgastar el espacio y el tiempo redactando sonetos a la luna o por agrupar palabras al azar a la última moda de París.

Aranda Luna pareciera adherirse a una tendencia poética de moda[2] que pretende superar la lírica tradicional. Lo mismo suele suceder en el campo teórico hermenéutico académico; en este campo, una de las teorías  hoy de moda es aquella que se manifiesta como un signo ideológico de la teoría hermenéutica posmoderna que desafía a la tradicional: aquella que defiende la desvinculación o, técnicamente, la autonomía de los textos respecto a sus autores y contexto de composición. Destacando algo del pensamiento de solo algunos de los autores que la postulan, en este ensayo me propongo describirla en apretada síntesis y apuntar apenas algunas de sus implicaciones para la crítica literaria.

Desde aproximadamente los años treinta del siglo veinte anterior, la mayoría de los teóricos literarios (René Wellek, Austin Warren, W. K. Wimsatt, Monroe C. Beardsley  y otros, incluyendo hispanoamericanos), críticos literarios y amantes de la literatura en general, han sostenido que los textos son sistemas autónomos de signos y significados, lo cual quiere decir  que el significado que pudieran tener es independiente de sus autores y contexto de composición; por tal razón,  denominan “falacia de la intención” o “mito” al esfuerzo de su exploración en el texto y a aquello  mismo que podríamos llamar no simplemente intención, sino intención comunicativa de los autores; esa denominación obedece al hecho de considerarla  erróneamente como siendo un plan subyacente en la mente de los autores imposible de recuperar  y que no contribuye a entender los textos porque, al final de cuentas, los textos literarios no comunican mensaje alguno. Según estos autores, además, cualquier evidencia externa (el contexto de vida del autor, por ejemplo) que se deseara usar a fin de entender una obra también es de poca utilidad. Es así como se declara la autonomía de los textos y de su significado.

En 1968, Roland Barthes canonizaría tal teoría en su célebre ensayo “The Death of the Author” (“La muerte del autor”), que J. Derrida llevaría al extremo. En este ensayo Barthes piensa que lo más importante no es el autor, sino su lenguaje; de ahí su queja:

Aún (sic) impera el autor en los manuales de historia literaria, las bibliografías de escritores, las entrevistas en revistas, y hasta en la conciencia misma de los literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún (sic) consiste, la mayoría de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la ficción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus “confidencias”.

Más adelante, declara:

…un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, un cuestionamiento; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura.

En su obra Teoría de la interpretación, Paul Ricoeur discute los fundamentos filosóficos de la autonomía de los textos, postulando una teoría de la interpretación  relacionada con la lectura y comprensión de la obra en sí, a la que procura distanciar de aquella de los críticos modernos que procuraban reconstruir el genio de un autor a través de su obra. Para Ricoeur “con el discurso escrito, la intención del autor y el sentido del texto dejan de coincidir… lo que el texto significa ahora importa más que lo que el autor quiso decir cuando lo escribió”.[3] Sin embargo, para Ricoeur, esta teoría o “despsicologización de la interpretación no implica que la noción de sentido del autor ha perdido toda su significación”. Este hermeneuta se niega a adherirse a lo que él mismo denomina “falacia del texto absoluto” que hace del texto una entidad sin autor.

Destaco algunas implicaciones de la teoría anterior. Queda claro que esta conduce a una negación de la objetividad del texto  y a una lectura que va a centrarse más en la forma (estructura, signos culturales, etc.) del texto que en su contenido, y más en el crítico que en el texto; deconstruye la noción de poema como expresión personal de su autor; y quizás, algo más relevante, con ella la intención del autor deja de ser la meta del análisis literario y el criterio de una interpretación válida. En suma, basada en esta teoría, la crítica ha de renunciar al autor y a su intención comunicativa, y ha de concentrarse solo en el texto o, con mayor seguridad, en el crítico y en lo que este quiera hacer decir al texto.

©George Reyes
Poemario y ensayo “Filosofía risueña” (2014)

[1]En “Nicanor Parra: el poeta de la demolición”, La jornada, 1 de octubre 2014, <http://www.jornada.unam.mx/2014/10/01/opinion/a04a1cul>.

[2]Esto es el poema conversacional.

[2]Ya que, como opina Barthes (en su ensayo señalado), una vez que el texto literario circula en una comunidad, este ya no pertenece a su autor, sino a su lector.

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