Thánatem

Mario Cardona

Cuando Basilio recibió por correspondencia el libro que había encargado en una librería en el país Deionis (contiguo al suyo propio), se percató al abrir la caja que la portada del mismo estaba en inglés. Basilio, al darse cuenta de ese atropello, su cara trasmutó a un deformado mohín, mientras la sangre se le subía en viva cólera. Comenzó a proferir maldiciones en contra de los despistados surtidores de esa nueva librería, a la que con gritos, cabreado, calificó como ‘tienda de novedades’ por su poca seriedad. Y no era para menos, ya que además de no haber sido la edición que él había comprado (una edición evidentemente en español), también se podía observar lo deteriorada que estaba la cubierta de tapa dura, por los bordes rasgados y gastados. El libro, en cuestión no era ni más que una de esas novelas de extrema fantasía, poblada de aventuras y criaturas mágicas, ambientada en épocas medievales; su frenesí estribaba porque la edición castellana era imposible conseguir en su propio país. Pero, Basilio no dudó en meterse a su carro rojo de año 19…, un poco vetusto y con la pintura corroída, y se puso en marcha para hacer el reclamo pertinente.

Afortunadamente, el pueblo remitente de nombre Thánatem estaba más cercano que la capital de su propio país, por lo que, calculó que su viaje se reduciría a unas pocas horas al volante. Cuando estaba entrando en el pueblo, un vehículo que conocía bien, se puso al lado suyo. El mismo bajó la ventanilla, y se dio cuenta quién era:
—¡Me sorprende que estés aquí Basilio!

Basilio se percató que era su amigo y colega de la universidad, Adam. También a él le extrañó verlo en esa carretera. Adam le hizo unas señas para que se aparcaran juntos, a lo que Basilio accedió sin dilación. A las puertas del pueblo, todo parecía contener un aire de normalidad, de un pueblo pequeño.
—Creo que nos convendría —habló Adam desde la ventanilla de su automóvil, alzando la voz— aparcarnos en el estacionamiento de la universidad —y señaló.

Basilio, puso en marcha y condujo al lado del coche de Adam. Apagó el motor, y acto seguido se bajó de su automotor. Cogió el libro y cerró la portezuela. El carro de Adam, al contrario del de Basilio, era uno moderno, con la pintura resplandeciente de color azul oscuro. Adam salió de su coche con una sonrisa y saludó a su amigo.
—¡Qué bueno encontrarte por acá!
Ambos intercambiaron un saludo juntando sus manos y embistiéndose levemente para chochar sus hombros, un saludo muy íntimo en su círculo social.
—No he venido como turista —dijo Basilio con una sonrisa forzada.
—¡Ah! ¿No conocías Thánatem?
—Pues…
Uno de los estudiantes que se agolpaban y caminaban entre ellos saludó a Adam, lo que desvió su atención.
—¡Ven, acompáñame!
—¿Adónde y para qué? —tartamudeó Basilio.

El gesto de su amigo al alzar las cejas quedó bastante claro entre los dos. Adam era un seductor por naturaleza, y lo único que le importaba era conseguir una compañera sexual para sus jugueteos. Basilio no vio problema en desviarse ligeramente de sus planes, al menos por un par de horas. De todas maneras, ya que estaba allí, pensó que no le haría mal conocer un poco los lugares que visitaba, para variar. Comenzaron a andar, mientras conversaban sobre las materias y los profesores que los agobiaban en el presente semestre; una y otra vez reían y compartían y debatían opiniones… Basilio recordó que había olvidado la factura, y sin ella no podría hacer ningún reclamo.

Volvió trotando por el papel. Adam se rezagó un poco, aunque lo acompañó en casi toda la caminata que había hecho su amigo. Abrió la portezuela con una mueca de enfado y fastidio, maldijo entre dientes, siendo el blanco principal de sus maldiciones los dueños del negocio que habían cometido esa equivocación imperdonable. Cuando abrió la guantera advirtió un reloj que él había dejado con el propósito de recordarle la hora (ya que tenía un trabajo de papelería, y usualmente lo olvidaba todo con facilidad, principalmente por su desidia); se fijó que el reloj indicaba que faltaba un cuarto de hora para las tres de la tarde. Recordó que el lugar al que iba, cerraba a las cinco en punto. Cerró la guatera y sacó lo que necesitaba.

Ambos siguieron su camino por las alargadas e interminables cuadras de las calles adoquinadas. Doblaron tres veces, pero Basilio, embebido en la interesante tertulia —su interés tuvo su clímax cuando Adam mencionó a la muchacha que él creía muy atractiva— no se percató conscientemente del sitio por donde transitaron. Al final, llegaron a una casa (en el pueblo todas las casas eran apabullantemente iguales) estilo colonial; frente a sus puertas pararon. La puerta antigua era de madera de caoba; Adam cogió una aldaba de hierro con forma de puño, muy desgastada y llamó con ella. El retumbo era grave y se extendía con su eco, hasta alcanzarlos a ellos dos en las afueras. Cuando abrieron la puerta, Basilio le preguntó la hora a Adam, a lo que él respondió que ahora faltaba un cuarto de hora para las cuatro. Basilio, pensó que sería un error si su viaje resultaba infructífero, así que decidió irse. Por lo que se despidió de Adam, excusándose que iría a la tienda. Le mostró el libro, y Adam sólo le dirigió una mirada vacía. Le deseó que estuviera bien, y sinceramente (le cogió la mano) que se volvieran a encontrar. Basilio interpretó ese gesto con una muestra extraña pero propia de su amigo.

Giró sobre sus tobillos y comenzó a andar por su cuenta, por los adoquines de las desérticas calles tipo colonial del lugar. No se había percatado de esto, hasta que se había quedado solo. El caso, es que el pueblo parecía estar asentado en una llanura interminable, donde las casas (de una planta, todas) tenían las mismas características sin distinción, casi parecía que eran la misma colocada junto a una copia exacta, extrañamente exacta: de paredes blancas, nichos profundos para las puertas y ventanas, con tejas de cerámica —que habían perdido el brillo otrora inmaculadas y alegres, ahora estaban cubiertas de polvo, opacas y algunas quebradas—, molduras para el arco de las puertas de un mismo acabado. También el hierro que cubría las ventanas era del mismo diseño y cargadero para ventanas y puertas. Una adosada a la otra. Basilio pretendió volver por donde había venido. Llegó a la esquina, y avanzó hacia delante, en los límites del pueblo. Más allá había un muro de dos metros, que separaba al pueblo de un bosque tupido de esqueletos de árboles de avellanos, que se jorobaban y hasta que sus ramas superiores se engarrotaban; una densa niebla oscurecía el orbe de ese bosque siniestro. Basilio caminó por la avenida (donde, a pesar de ser ancha, no transitaba nadie, además, se percató que no había vehículos en ninguna calle) carente de un andén para los viandantes. La avenida se extendía inexpugnable, pero eso no le detuvo. Al finalizar su caminata, llegó por fin a los límites del pueblo, donde se erigía otra muralla de piedra y las ramas de los esqueléticos y mortecinos árboles colmaban los cielos fantasmales.

Al virar —por donde él percibía que había dejado su coche—, no encontró más que las mismas casas silenciosas. Más confuso todavía, se adentró por esas calles (más estrechas que la interminable avenida), y se percató que el pueblo era monótono y dedujo que el plano urbano era básicamente de figura rectangular. Se metió por otras cuadras, ya que pensó que estando consciente podría encontrar la universidad donde había dejado aparcado su vehículo.

De pronto, llegó al otro extremo del pueblo, donde se alzaba una pequeña iglesia casi en ruinas. Frente a ella, se hallaba el esqueleto de un zarzal. Y, en torno a él se congregaban un pequeño grupo de personas; hasta cierto punto, él permaneció sin ser percibido por los pobladores. Todos ellos —que eran seis personas, entre un par de niños, dos ancianos y dos mujeres—, escucharon cuando Basilio se paró en la hojarasca que caía de los árboles monstruosos y deformados del lado del muro. Inmediatamente voltearon sus miradas hacia el intruso. Los ancianos, que se encontraban más cercanos a la aparición de Basilio, sólo giraron sus ojos hacia él, pero fue tan solemne y meticuloso, que el mismo Basilio advirtió cuando esos pétreos ojos se posaron en él. El cuchicheo se detuvo, y lo que había parecido un debate, ahora se convirtió en un incómodo silencio. Basilio les respondió con una sonrisa de incomodidad. Sin embargo, eran gentes raras en verdad, ya que su piel se veía pálida, virulenta. Estas personas extrañas le dirigían miradas recelosas a Basilio, con los ceños fruncidos y sombríos.

Basilio al experimentar esa aspereza, decidió romper el silencio, mientras seguía andando, pretendiendo así lograr empatía con alguno. Pensó que el hallarse perdido en su pueblo supondría la contestación a varias preguntas que ellos se hacían.
—Lamento la irrupción —comenzó—, pero me he perdido en este (fantasmal) fantástico pueblo. He dejado mi vehículo aparcado en la universidad, y ahora no logro recordar cuál fue el camino que precedí antes de perderme.
Silencio.
—Soy extranjero —prosiguió, forzando su tonalidad de voz, para según él, sonar más amable y necesitado—, he venido aquí, porque resulta que he comprado un libro —lo levantó para enseñárselo a la audiencia—, pero no me han entregado lo que yo he pedido. Ellos cierran a las cinco de la tarde, tengo la factura aquí —también levantó el documento. Uno de los ancianos lo cogió y lo comenzó a leer.

El otro anciano se le acercó en el acto. Ambos gruñeron al mismo tiempo.
—Te diré algo, niño —dijo el anciano con voz ronca que sujetaba el papel, mientras el otro seguía examinando el documento—, no deberías de estar aquí y menos a deshoras.
—¿Deshoras?
Los otros alzaron su vista al cielo, el crepúsculo ya había comenzado. Pero la verdad era que no se distinguía mucho, ya que la luz no penetraba tanto en el pueblo.
—No sé si lo has notado —participó el otro anciano, con una voz gutural—, pero aquí los ventarrones son constantes, y una oscuridad particular nos cubre casi por diecinueve horas de un gélido color gris a todo el pueblo, pero eso no significa que la luz no nos dé nunca. Tú lo has dicho, eres extranjero. ¿Qué haces aquí entonces?
—Ya se los he dicho —replicó Basilio irritado—, he venido por el reembolso de mi dinero, o que me cambien este vergonzoso ejemplar.
Todos condujeron su mirada hacia el libro en silencio y con las expresiones frías y sin inmutarse. El anciano que sostenía el documento meneaba la cabeza, el otro anciano le murmuró al oído, y al separarse, ambos intercambiaron miradas y asintieron con muecas funestas.
—Déjanos ver tu libro —se lo arrebató el anciano de la voz gutural y el chaleco de lana color salmón.
Cuando abrieron el libro, se percataron que las páginas estaban totalmente en blanco. Ni una sola, tenía escrita siquiera una palabra. Luego de la primera inspección, uno musitó: veamos la contraportada. Ahí entenderemos si hay responsabilidad… el otro lo silenció con un abrupto ¡sh!
—Sólo échale un vistazo a la antepenúltima página.
Y eso fue lo que hicieron. Las muecas desafiantes de los dos, se desvanecieron cuando advirtieron lo que contenía el libro, en esa página. Permanecieron inmóviles por dos interminables segundos, y luego lo cerraron con vehemencia haciendo un estrépito.
—Muchacho —comenzó, a voz trémula el anciano del chaleco color salmón—, ¿has abierto, siquiera el libro?
Basilio frunció el entrecejo. Le molestó que le cuestionaran qué hacía con sus cosas:
—No —dijo—. Estaba en inglés la edición, además de lo desgastada y deteriorada de su apariencia, no me faltó ver más para partir de mi casa inmediatamente. He de poner una queja a los dueños de esa… esa… esa tienda —esto último lo dijo con inquina, torciendo la boca y con un gesto de alta dignidad.
Los ancianos intercambiaron una mirada dubitativa por una fracción de segundo, luego, volvieron hacia su interlocutor.
—Las páginas están en blanco —sentenció el mismo anciano.
Basilio permaneció en silencio. Su gesto trasmutó a uno de incredulidad y negación.
—¡Ah, con más razón iré a reclamarles una justa devolución! ¿Podrían decirme, dónde es que puedo llegar hacia esa tienda? —replicó Basilio, rompiendo el silencio.
Los ancianos, después que volvieron intercambiar una mirada, se volvieron hacia él. Ahora, ambos estaban enfurecidos.
—¡Forastero estúpido! ¿Ves algún comercio por aquí? ¿Has visto en todo el tiempo que llevas atravesando de forma imprudente nuestro pueblo, algún almacén?
Basilio se sintió apabullado con esa observación. No lo había pensado antes, pero ahora que se los sugerían… alzó las cejas y se sintió débil y desorientado.
—¡Regresa por donde viniste y no vuelvas! ¡Hazlo antes de que tu estupidez y necedad la pagues cara!
—No te devolveremos el libro —continuó el anciano que tenía la factura y anteojos sin montura—, porque tememos que tu ignorancia o tu soberbia mezclada con la mezquindad no te deje abandonar Thánatem ahora mismo. ¡Olvida tus posesiones y regresa por donde llegaste! ¡Camina! ¡Gatea! ¡Arrástrate, de ser necesario!
Ambos alzaron la vista para sondear el cielo, como un perro que levantando su cabeza huele entrecerrando los ojos; Basilio les siguió con la mirada: un cielo nublado y nebuloso, que ensombrecía al pueblo fue lo que advirtió. No obstante, estos dos ancianos, entendieron más la dicotomía del lugar. El anciano del chaleco se volvió hacia Basilio, esta vez, él se percató que su cara estaba más hinchada, y sus arrugas y su entrecejo más prominente; sus ojos estaban casi hundidos por sus párpados.
—El día desfallece —le comunicó—, y el ocaso está pronto a sumir todo en las tinieblas. La desgracia te alcanza, mozalbete…
«¿Tinieblas?, pensó Basilio, ¿qué acaso soy el único que ve lo sombrío y gris que es todo aquí?».
—Aminora la marcha, ¡vete! —dijeron a coro, los que habían permanecido rezagados y callados hasta ahora.
De pronto un vendaval alcanzó a mover el pelo de toda la congregación con violencia, asimismo como el de los decrépitos árboles muertos que las ramas alcanzaban algunas, a tocar los adoquines de tan largas y mal crecidas que estaban. Basilio, se sobrecogió y reemprendió camino, con un paso más ligero que el que tuvo antes.

Basilio mientras más se alejaba y pretendía huir, no pudo correr tal y como desesperaba por hacer. Sin embargo, llegó hasta el final del otro extremo del pueblo, donde en se encontraba una especie de umbral sencillo en el muro que separaba al pueblo del bosque sombrío. Basilio descubrió poco a poco, que la neblina repelida por exigua luz solar, ahora que menguaba en la aparición de la noche, se comenzaba a esparcir por toda la urbe de concreto. Así que dando un suspiro, se dio ánimo para meterse en lo que aparentaba ser una zona suburbana dentro del mismo pueblo. No lo pensó mucho, bastó con aproximarse lo suficiente para adentrarse allí.

Entró en una especie de pasillo tan estrecho y sumido en una turbia lobreguez, que al alzar los brazos de lado a lado, no se necesitaba estirarlos para tocar cada extremo con las manos, pues incluso bastaba sólo con extender los codos; a Basilio le asoló un nerviosismo claustrofóbico, y su lóbulo izquierdo sintió un estremecimiento subseguido por una efervescencia fría, como un balde de agua helada, que se le esparcía y luego le hormigueaba en esa parte específica, aun así no estaba dispuesto a detenerse; comprobó que ese intersticio del infierno, había un tugurio de viviendas adosadas, construidas con madera de mala calidad. Gran parte de las infrahumanas viviendas, estaban cubiertas por cortinajes rotos y sucios, que desprendían un nauseabundo hedor; éstas, de vez en vez, se movían en un melancólico vaivén causado por el gélido viento, que se colaba, por los filtros hediondos de las paredes improvisadas.Basilio observó, que allí vivían los parias de ese extraño lugar. Era evidente que la invasión a ese bosque maldito supuso un beneficio infrahumano.

Caminó pues, por el pasillo largo y estrecho que se expandía como un sendero, por los pisos de cerámica, parcialmente rotos y otros tantos desgastados. La neblina que colmaba los esqueléticos bosques impregnaba el aire febril que se agazapaba dentro. Basilio se rindió y pensó en buscar ayuda para encontrar su vehículo.

Llamó a la puerta de una de esas covachas mal ensambladas. Pero nadie aparecía. Volvió a golpear con los nudillos de su mano, pero esta vez con más persistencia. Una voz que traspasó la puerta le indicó que aguardara. Mientras tanto, Basilio se percató de un inusual dibujo: era una especie de girasol pequeño garabateado, rallado con un crayón de cera negra; en seguida pensó que el dibujo debía proceder de la mano de un niño. Sin embargo, abajo del dibujo, con unas letras buenamente trabajadas se leía lo siguiente: Oniri Emiss.
Una mujer abrió la tosca puerta de madera apolillada. Basilio sintió un estremecimiento cuando la advirtió: era gorda, de piel muy parda y con rasgos muy simiescos, principalmente en su tullido rostro, con un gesto de confusión animalesca. Su pelo era ensortijado y abombado, de color negro canoso; ella se llevó una pera a la prominente boca y la mordió groseramente haciendo un ruido asqueroso. El jugo del fruto, causado por la mordida se le resbaló de la boca y le cayeron por ambos lados de los labios. La mujer pasó su antebrazo con la mano para limpiar su boca y barbilla.

—¿Qué es lo que quiere? —le habló con brusquedad, masticando el pedazo de pera.
Basilio se quedó estupefacto por un segundo. Se admiró que a pesar de su piel oscura, una palidez familiar —muy parecida a los que momentos antes, le habían conminado si no regresaba por donde había venido.
—Me he perdido —dijo como medio ausente—. Quisiera pedirle de la manera más atenta su ayuda.
La mujer con facciones de gorila dejó de mascar la pera; de sus labios extraordinariamente gruesos y abiertos hacia atrás, se escabulló nuevamente una gota del néctar del fruto hasta descender por el labio inferior y parte de la barbilla.
—¿Usted es del pueblo?
—No. He venido por una diligencia…

La mujer de ojos grandes y demasiado redondos, mascó una vez más. Su mandíbula que trituraba el alimento, hacía su ruido característico, empero, a Basilio le hizo sentir nausea. Luego tragó lo que tenía en la boca y arrojó el fruto sobre su hombro, hacia adentro de su residencia. Era evidente que lo que le decía el muchacho la había perturbado. Cerró la puerta. Luego sacó del bolsillo de su holgado vestido de adornos simples de flores y colores rimbombantes, un reloj de bolsillo. Se sobresaltó al ver la hora y dijo:
—¿Por qué no has salido antes? Es posible… —en mitad de lo que iba diciendo se arrepintió de terminar la oración.
Basilio no prestó demasiada atención a los desvaríos de toda esa gente. Sin embargo caminó detrás de la señora que se movía con dificultad por el estrecho pasillo. Salieron pues, nuevamente a las grises calles del pueblo, cuando el ocaso ya había convertido en noche… y no cualquier noche, una muy oscura donde el plenilunio salpicaba las calles con una luz tenue, que era alimentada por el pobre alumbrado público.
—¿Cómo pretendes salir de aquí, extranjero? O mejor debería decir: ¿cómo has venido aquí?
—He venido en mi auto —respondió.
—Ya veo —dijo mirando a la luna grande en el cielo nocturno, en una parte del éter que las nubes no habían cubierto—. ¿En dónde has dejado tu vehículo?
—En el aparcamiento del pueblo—mintió.
La mujer no respondió.
—¿Cómo es posible que en un pueblo tan pequeño me haya perdido y no recuerde dónde me estacioné?
La mujer siguió inmóvil, como una piedra.
—No has hecho bien al venir de viaje a un lugar como este —masculló la mujer.
—¿Me mostrará cómo salir? —y traspasó el umbral, echó la vista en la desolada avenida y volvió la vista hacia la mujer: en seguida, se dio cuenta, que la mujer se había vuelto de piedra; como una escultura, se hallaba completamente petrificada.
Basilio retrocedió unos pasos con los ojos como platos; comenzó a sudar frío, y, cuando sintió sus miembros menos pesados, se echó a correr por la avenida, internándose en una de las calles. Esta vez había resuelto en encontrar a Adam, pensó que eso era lo que debió de hacer en primer lugar, y se arrepintió de separarse de él. Basilio vuelto un poseso, ofuscado por el nerviosismos y espasmo del susto anterior, iba a una casa a otra tocando con vehemencia cada una de las puertas. Comenzó, cuando más desesperado se encontraba a gritar por todos lados el nombre de Adam, pero parecía como si el pueblo estuviera abrumadoramente despoblado.
—¿Basilio? —escuchó por fin la voz de su amigo, provenir de una puerta que se abrió en la distancia.
—¡Adam! ¿Dónde estás?
Un resquicio hizo que Basilio identificara a la puerta entreabierta. Basilio corrió precipitándose, casi tambaleante hacia ella. Entró, y una oscuridad abismal le impidió identificar a su amigo con premura. Basilio, tanteando, llamaba a su amigo a media voz…
—¿De quién te escondes? —le inquirió Basilio.
—Enciende una vela —replicó Adam con astenia.

Pero mientras tanteaba en la oscuridad, corrió sin darse cuenta, una cortina espesa que tenía en el flanco. Esta dejó entrar unos agónicos rayos lunares en la oquedad abismal. Basilio, entre esa luz caldosa del plenilunio que se colaba por las ventanas del recibidor, pudo advertir, los ojos fatigados y unas ojeras negras en el semblante de postración de su amigo, que, respiraba con dificultad.
Basilio identificó una vela alta, como de medio metro que estaba puesta sobre un cirial. Al lado había unos cerillos y él obedeció. Cuando la luz vacilante llenó el lugar, él se dio media vuelta. Basilio advirtió a Adam sentado en un sillón de color carmesí, estaba sudoroso y con ojeras; sus ojos entreabiertos y con la cabeza tambaleando de lado a lado, mientras el luchaba por permanecer despierto. De súbito, Adam se sacudió con violencia sobre el sillón gimiendo. Basilio se alarmó y fue a auxiliarlo. Todo pasó tan rápido, que no se percató que la lumbre de la vela, se había esfumado misteriosamente.
—¡Qué te ha pasado! ¡Dónde estamos!
—Nada que no haya padecido antes —le sonrió lánguidamente, mientras le miraba de soslayo antes de entregarse a otro espantoso espasmo.
—¿Qué quieres decir?
Adam volvió a sacudirse violentamente. Los espasmos se hicieron más y más frecuentes y estridentes, Adam gimoteaba mientras se sacudía y se retorcía en el sillón. De pronto, Basilio se percató con horror, que la cabeza de su amigo se movía como una masa tumefacta, pronta a explotar; el sonido que emitía era tanto viscoso como asqueroso…
—¡Adam!

La pobre luz que se colaba por la ventana, le caía al rostro, Basilio pudo distinguir la dramática visión de la metamorfosis que sufría su amigo: su cabeza ahora más grande, como la de un himenóptero, su boca —lo que se podría denominar como boca— se había vuelto dos hoyos separados, como un par de foramen magnum a los lados; carecía de conducto nasal (los hoyos hacían ambos papeles al mismo tiempo) y de su cuello (más achatado ahora) habían salido dos monstruosas antenas de color verde amarillento. El color de su piel, también ahora era una especie de azul cobrizo que en ángulo se distinguía un prisma brillante y repugnante. Sus manos, ahora se habían vuelto dos patas monstruosas; poco a poco la abominación lograba dominar con más presteza sus nuevas extremidades. Sin embargo, aún movía su anatomía con tosquedad; arriba y abajo desplazaba el tarso de sus garras negras y peludas. Luego, subía su fémur para flexionar su tibia en seguida. ¡La visión angustiosa y horrenda, hizo que Basilio retrocediera hasta la puerta, donde había entrado momentos antes! La ventana, cubierta por una cortina simple y sucia, se mecía levemente hacia arriba y luego bajaba con lentitud, dejando entrar a los rayos lunares; por unos segundos Basilio podía ver un poco más del semicírculo que proyectaba al insecto. Además presenció cómo sus ojos normales mutaron hasta ocupar tres cuartas partes de su deformada cabeza. ¡Enormes medias bolas a los lados de una cabeza de color inconsistente, inmundos, y con dos agujeros extraños abajo! De pronto, Adam dejó de tener espasmos y se quedó quieto, en silencio. Sólo dirigía sus omatidios escrutadores hacia Basilio. De improviso, de sus mutaciones (foramen magnum) asomaron dos colmillos negros y brillantes, encorvados y amenazantes y se estrellaron entre sí. Luego se contrajeron hasta perderse en esos huecos monstruosos.

—¿Adam?
No hubo respuesta.
Escuchó los movimientos del inusual insecto.
—¡Vengan, es hora!
Lo siguiente que Basilio sintió fue un abrupto estremecimiento, que fue desde su nuca, pasó por su espina y sacudió todo su cuerpo, todo en una fracción de segundo. De inmediato sintió sus fuerzas desfallecer no sin antes escuchar un agudo zumbido próximo a caer como un costal al suelo.

Cuando recobró el sentido, lo primero que advirtió fue el muro vetusto e infesto de los decrépitos árboles, que se movían siniestramente hacia adelante con sus ramajes encorvados y garrudos: y el viento que los golpeaba, aunque sin hojas, las ramas emitían sonidos inquietantes, de murmullos de muerte y desesperación; su mano percibió los adoquines, fríos como témpanos de hielo. Por un momento, sintió sobre sí un millar de miradas espías, provenientes de aquel bosque lóbrego y maldito. Él estaba tumbado. Sintió un agudo dolor en la cabeza. Pero lo primero que advirtió los dos escalofriantes ojos compuestos y bermejos (en el centro superior, ya que en las peripecias, el color se degradaba hasta un verde muy vivo en los omatidios más lejanos), que lo desnudaban casi con la sola mirada.
—¡Qué… —farfulló—… qué… qué me… me has… has… hecho!
—No quiero que mis acciones se confundan con la grosera pasión —comenzó Adam… o lo que parecía ser Adam, mientras movía sus antenas asquerosas; ahora su tonalidad de vozestaba más gangosa—, porque no hago esto por una revancha o alguna enmienda vindicativa, no, mis acciones son producto de la naturaleza.
—¿Qué? ¡Por qué no puedo mover mis extremidades!
—Es inútil que muevas tu cuello con esa vehemencia. Lo más que puedes causar es dañar tu propia integridad.
—¡Adam… si es que aún sigues siendo tú, atrapado en el cuerpo de esa cosa… te suplico me dejes ir!
—Imposible, mi querido Basilio. Creí que sabías las reglas del pueblo: todos los forasteros deben retirarse antes del crepúsculo. De lo contrario, pueden sufrir irreparables desgracias. Pero debo admitir, que después de saber tu motivo de visita, me vi tentado a prevenirte. Sin embargo, pensé, que eso nos costaría caro a todos. Tu destino era venir aquí y aligerar nuestras desgracias. Somos depredadores, ¿acaso sufren culpas morales los animales carnívoros, cuando en un intento de zacear su hambre con la ingesta de un ciervo o cualquier animal inocente? ¡No! Si se les desgarrara la conciencia, si pensaran en el sufrimiento del inocente, de la presa, ellos mismos dejarían de existir. ¿Qué ser, siente dolor al calmar el suyo propio a expensas de otro ser viviente? ¡No me culpes, ni a mí ni a mi pueblo!
Basilio no entendía una sola palabra de lo que ese horrible monstruo decía casi para sus adentros, pero lo que más le perturbó, fue darse cuenta que ese discurso lo pronunciaba para disculparse a sí mismo, por apresar a su supuesto camarada sin remordimiento alguno.
—Es increíble cómo es que caen las personas cuando desconocen ciertas áreas. Pero una a una decisión te trajeron aquí, de entre muchos otros, fuiste tú el que tuvo la audacia de venir a su morada. ¡No me puedes culpar por tus actos!
Cuando Adam terminó de decir estas palabras, Basilio sollozó de pronto. Pidió clemencia, que le perdonara la vida, y que nunca más asomaría un pie en aquella maldita localidad.
—No soy yo —replicó, ya con un tono del más insufrible desdén— quien debe perdonarte la vida, no me corresponde. Yo sólo trato de cumplir órdenes —su respuesta fue emitida con una cortesía tan presuntuosa como despreciable, que rayana la hipocresía y el placer mórbido.
—¡De quién!
—De quien nos atormenta —terminó con un tono solemne y funesto.
Basilio estaba tan desconcertado, no tenía idea de cómo era capaz ese monstruo de emular los sonidos de su boca.
—¿Qué harás conmigo, Adam?
—Todos los demás dependen de mí esta vez —habló para sí y ninguneó a Basilio.

Basilio, volvió a caer en un desmayo del que no se despertaría en varias horas. Y cuando lo hizo por fin, se dio cuenta que se hallaba en un cadalso, y le rodeaban cientos de esos mismos seres monstruosos, de insectos gigantescos. ¡Todos expectantes, con sus cabezas horrorosas y ojos grandes, con mandíbulas extrañas y antenas que se retorcían en el cielo nebuloso de densa niebla! Luego, un zumbido grave hizo que se conturbara, y al alzar la mirada, advirtió con horror a unos insectos antropoides gigantescos que volaban con sus alas inmundas. Unos volaban en torno a él, sobre su cabeza, mientras que otros, con un vuelo leve, casi flotando, observaban desde el oscurecido cielo, sobre las cabezas de los engendros terrestres lo que pronto aciagamente acaecería. Pudo ver aproximarse, a su vez, a más y más criaturas semejantes (había, naturalmente distinción entre especies distintas, como cualquier bicho que vuelva) una más asquerosa que la anterior. Y todas, clavaban sus ojos en él; no tardó en darse cuenta que se reunían para un espectáculo barbárico a expensas suyas. Basilio percibió luego, las agudas estridulaciones de locura que emitían en su mayoría. Estos eran análogos a los murmullos de una muchedumbre chismeando alrededor del espectáculo. Todos levantaban sus patas híbridas (humanas y de sabandijas) y diferentes y asquerosas como vitoreando el sacrificio que en breve tendría lugar.

A continuación, lo que vio asomarse por una de las casas de la esquina, acabó por desconcertarlo, pues se trataba de una especie de hombre grande y fofo, de pelo ralo y negro que le columpiaba con cada paso pesado; su cabeza, anormal, padecía de braquicefalia, además de ser descomunalmente grande. Sus ojos, del triple del tamaño de un ojo humano normal (escandalosos incluso para su padecimiento y gigantismo), lo percibieron con aquiescencia; pero sus propios ojos, serían también conductos de infausta locura: la esclerótica casi imperceptible, daba lugar a un enorme iris de color gris claro, pero, sobre todo a una pupila tan dilatada que ocupaba todo el enorme ojo, volviendo a las demás partes unas manchas circulares que le rodeaban. Estaba desnudo, y su cuerpo, aunque antropoide, era inusualmente grande y carecía de sexo, de un tórax flácido alargado, precedido por la cabeza pavorosa; y su piel era grasosa, de color rosa pálido, muy parecida a la de un cerdo; sus extremidades, dos brazos largos que alcanzaban a tocar el suelo, torneados y muy gruesos, a su vez, sus piernas cortas y robustas, de rodillas demasiado pegadas a los talones, por sus tibias achatadas, lo que dificultaba su andar, por las adoquinadas calles.

Cuando este ser apareció, su ominoso olor llenó todo el pueblo, casi como si estuvieran en un lugar hermético, en vez de en la intemperie, en el medio de un bosque desfalleciente. Su pestilencia envileció el ambiente, y el olor a muerte y putrefacción glorificó y atemorizó a las masas de monstruos que se congregaban allí; Basilio, intentó moverse, su voluntad ya no estaba sesgada por la inutilidad de sus miembros, tal parecía que su cuerpo ya comenzaba a responderle a su cerebro. Pero se percató que estaba atado a un poste de madera. Estiró sus manos con fuerza, pero su esfuerzo fue vano.
—¿Qué me harán seres despreciables? —gritó con una furia pronta a romper en llanto.
Pero lo único que pudo escuchar en contestación, fueron esas malditas estridulaciones aumentar casi a guisa de burla.
—¡Bárbaros! ¡Monstruos! ¡Desgraciados! —gritaba en medio de lloriqueos.

El monstruo seguía su lenta e impía marcha. Basilio supo que ese sería el último monstruo que vería en su vida. En efecto, Basilio sirvió para saciar el hambre de ese infecto engendro. Thánatem había consumido a Basilio, como lo había hecho con todos los demás que llegaban y se quedaban hasta la caída del sol poniente, que mudaba a los habitantes en criaturas infernales; pero ellos le temían más a ese engendro despótico, que de no encontrar sustituto para ellos, lo pagaban siendo devorados por un monstruo más iracundo y destructivo. Ese pueblo es una tosca mezcla entre un sinnúmero de olores a putrefacción y virulencia, y es cuna de monstruosidades que sufren y no descansan, y esas criaturas guardan una ira depredadora y rencorosa, que quiere ser liberada. El horror domina herméticamente a Thánatem, el horror y la locura.

 

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