Los profanadores de tumbas

Rolando Enrique Rosales Murga

El mensaje llegó temprano, eran las horas de la madrugada que solía dedicar a la lectura. La propuesta venía de parte de un catedrático de la facultad de Medicina. Necesitaban un cráneo humano, le dijo. Era para estudiar el proceso de deterioro de los huesos del cráneo; de esa forma no solamente ayudaría a un amigo, sino que aportaría al estudio de la ciencia médica local.

A su mente vino la imagen de Leonardo da Vinci, padre de la anatomía y gran profanador de tumbas. Se dice que fue gracias a las profanaciones que efectuó de especímenes humanos para analizar. Algunas veces tenía que sobornar a los guardianes del cementerio con licor y de esa forma podía adquirir materiales nuevos.   En su taller Leonardo diseccionaba los cadáveres pacientemente y hacía apuntes llenos de objetividad de lo que iba descubriendo.

Erick había profanado tumbas no con el propósito de aportar a la ciencia, ni por creencias esotéricas, sino por pura curiosidad. Scott Connor, ese era el nombre del amigo que le invitó al cementerio para observar un hecho muy especial.  Erick preguntó por qué no llevaban linternas para observar el misterioso hecho que Scott le quería mostrar, pero él le respondió que no sería necesario. Y en verdad fue así, ya que las luciérnagas, que para junio eran muchas, iluminaban el ambiente con un aura verde que llenaba el ambiente de tenebrosidad. A Erick le pareció oír un ronda de niños cantar por el camino, pero luego se dijo a sí mismo que sería por sugestión.

Ahí estaba, en una tumba vieja y derruida, que Scott cavó con sus propias manos, separando ladrillos, arrancando pedazos de concreto viejo hasta por fin dar con un cráneo de hombre de unos treinta y cinco años, lleno de tierra y con los cuencos de los ojos fisurados. Scott le explicó que su nombre era Domine, que en vida había sido un amigo suyo que se suicidó hace unos quince años. La visión del cráneo impactó a Erick, pero le llenó de un sentimiento sublime, nunca había estado tan cerca de la muerte, en verdad era una sorpresa que valía la pena. Desde entonces noche a noche iban a visitar a Domine al cementerio, y en poco tiempo el grupo creció de dos a cinco personas. Un día Erick llevó a la tumba de Domine a su amigo Chen, quien casi se desmaya sólo de verlo,a pesar de que era de día; dejó de hablarle a Erick desde ese entonces.

A Domine le consiguieron una compañera escarbando por el cementerio.  En unos meses ya estaban el Capitán, Shadow, Carcass y otros cráneos que nombraban como personas, y a veces llevaban a casa para estudiarlos. Al menos en el caso de Erick, quien leía todo lo relacionado con anatomía, se nutría de conocimientos. Scott en cambio exploraba el mundo de las ciencias ocultas. Se punzaba los dedos con agujas y derramaba su sangre sobre alguno de los cráneos, siempre con preferencia de Domine, al cual mantenía en un Baphomet de sal con cuatro candelas negras, una por cada punto cardinal y una quinta encima de Domine.  A Erick no le molestaba aquello, por amistad y respeto guardaba silencio ante los erráticos comportamientos de Scott.

Unas noches después del cumpleaños de Erick, el cual  celebraron en el cementerio. Esa noche sólo Erick y Scott fueron al cementerio. No había una sola luciérnaga. No había viento; el silencio reinaba mientras caminaban hacia la tumba de Domine. De pronto, entre el silencio un ruido horrendo, como de langostas volantes, una negrura indecible. Una sombra de dos metros y medio de alto, que cortaba el aire, el sonido, la luz misma pareciera no penetrar en aquella sombra que parecía un agujero negro cuyo horizonte de sucesos se tragaba la materia. El miedo no los dejó moverse. La sombra se acercó a ellos, poco a poco, pero definitivamente venía acercándose. Sin pensarlo corrieron y pararon hasta llegar al parque, donde hablaban cosas inconexas, pálidos, con hiperventilación. Aseguraban que la sombra se encontraba en un árbol enfrente de ellos. Se tomaron muchos shots de tequila antes de poder hablar tranquilamente. Al ver la reacción de los demás ya no volvieron a mencionar el tema.

Luego vino la tragedia: alguien se había robado a Domine y los otros cráneos, sin saber cómo, ni cuando, alguien les había despojado de sus tesoros que tanto les había costado excavar. Scott, muy molesto destruyó las cruces, los ángeles, las pirámides y demás esculturas del cementerio. Derribó tumbas añosas que aseguraba admirar. Después de eso Scott se fue a vivir a Estados Unidos, pues era ciudadano americano. Erick entró a la universidad, se dedicó a las artes, a leer, como tanto gustaba. Olvidó la etapa de la profanación de cadáveres. Hasta que César le llamó. Le envió por correo electrónico una fotografía en que estaban juntos, para su cumpleaños en el cementerio, con los cráneos alrededor. Le dijo que él era el indicado para el trabajo.  “El indicado”, se repitió Erick con ironía. Dijo que no, que ya no estaba para esas cosas, que no tenía tiempo. La cantidad que ofrecían era atractiva. Aportar a la ciencia. Se dijo ¡Qué diablos!

Y quedaron para el próximo martes, que las luciérnagas ya han vuelto.  Sí se realizó o no el trabajo es algo que aún no sé.

Rolando Enrique Rosales Murga ®

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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Rolando Enrique Rosales Murga

Rolando Enrique Rosales Murga, 26 años, se dedica a la panadería tradicional. Escribe desde los 12 años. Su obra ha aparecido en las revistas mexicanas Catarsis y Papalote. Ha participado en certámenes y antologías a nivel latinoamericano. Su obra ha sido leída en radios de Colombia y España. Ha ganado certámenes a nivel local y sus poemas han sido objeto de estudio en tesis de los alumnos de Derecho de la promoción 2016 del Centro Universitario de Jutiapa de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
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