La nota de suicidio

Mario Cardona

I
Querida Berenice, espero no causarte mucho daño con mi decisión, es decir, la de optar por la muerte. Seré conciso a modo de que me entiendas: simplemente ya no podía soportar más ese acoso fulminante al que me habían sometido, por más de una década. Ya no puedo, y por eso hice lo que hice. Sé que habíamos acordado nuestra reunión en la cabaña, lugar que tanto nos unió, cuando yo tenía todos esos gestos negativos hacia a ti. Quiero decirte que aprendí a quererte como a una hermana, como a mi original hermana. Bueno, tú ya te conoces todo el cuento, y sé que has sido demasiado buena conmigo, y que has tolerado cada uno de mis arrebatos; hoy, te escribo esta nota, para que no subas a mi alcoba: estoy muerto, yo mismo he acabado con mi vida, y, si has respetado el plazo en el que habíamos concertado nuestra reunión, lo más probable es que me halles pudriéndome allí. Te pido pues, que no subas, no angusties tus bellos ojos, con mi cuerpo corrompido, y llama a quien tengas que llamar.

Después de leer esto, te presentaré mis razones por las que he decidido vedarme la vida yo mismo; ¡ya no lo soporto! ¡Ya no, hermana, ya no puedo! Han sido años de infatigable locura, de desconcertante desasosiego… tú más que nadie, sabes, lo que me ocurría desde niño. ¡Pero últimamente es insoportable! Ya no son los mismos sentimientos que me quedaron después de mi repentina aparición, después que esa semana en la que estuve desaparecido. El sentirme perseguido, observado y… ¡ay los pasos! ¡Los malditos pasos, que siempre me acompañaron adondequiera que fuera! Siempre estaban allí, ¡siempre! Por eso es que no me gustaba ir al baño de noche, puesto que temía que algo malo me pasara.

En fin, quiero explicarte por qué mi vida ha acabado en tragedia, esperando que me creas y que no pienses en mí como un loco o un desquiciado. Cada cosa que diré, es cierta, y debes abstenerte de los lugares y cosas que diré abajo; ¡es menester que me prometas que no serás una tonta, como lo he sido yo mismo! Aunque, yo ya no tenga remedio, hice que mi fin se precipitara.

Hace once años, cuando en Bultōrr, no existía la parte suroeste, y donde actualmente se alza el puente Edgar Fanú y todas las calles y casa aledañas, en este sitio existió una cárcel. Te podrá parecer un poco extraño, porque hoy, nuestra ciudad es una metrópoli, pero, ésta enorme ciudad se irguió de un pueblo pequeño; naturalmente, yo no viví ni mucho menos estos cambios, pero, entre todos esos cambios que tuvo nuestra ciudad a lo largo de su historia (la verdad, no la sé completa y por eso no entraré en especificaciones) se construyó una prisión especial. Hace poco leí un libro titulado Foragnis del alemánAldous Alphonse Kauffmann, quien en 1890 escribió, al estilo del Panóptico de Bentham, una cárcel igual de vanguardista como lo era de cruel e inhumana; se trataba ni más ni menos que de una estructura subterránea (llamada por la prensa alemana de entonces “la madriguera del infierno”) que aislaba a los presos hasta conducirlos a la locura. Como bien lo sabes tú, mi querida Berenice, en aquellos días, cuando la ciudad se hallaba entre la nauseabunda miseria y los pillos estaban a la orden del día, no habían cárceles adecuadas para tratar a los presos actuales ni para encerrar a nuevos infractores; tampoco habían los recursos suficientes para poder costear la construcción de un proyecto que, en aquel entonces, se antojaba ambicioso y poco prioritario. Pues bien, los alemanes, antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, todavía tenían la ilusión de poder llevar a cabo la idea de este filósofo utilitarista, pero que no se podían permitir que los demás países de Europa se enteraran de su (como lo consideraron entonces) barbárico proyecto. Por lo que, el Káiser Guillermo II, pactó con nuestra naciente y empobrecida nación, para poder capitalizar su añoranza, y, se construyó una prisión justo como lo especificaba el libro de Kauffmann, en un sitio insignificante. Esta es la historia de la “Prisión de los Topos”, una historia que no se enseña actualmente en los salones de clase, pero que, si investigas bien en los empolvados periódicos de la hemeroteca —así como lo he hecho yo—, te darás cuenta del horror del que se nos ha ocultado.

Pues bien, la prisión se finalizó en cosa de tres años. Pero los alemanes exigieron rápidamente que se les dieran resultados, por lo que a cualquier persona, no importando la gravedad de sus acciones, se les castigara de un modo espantoso. Pues se les juzgaba extraoficialmente y al hallárseles culpable de los delitos que fueran, eran vendados y conducidos sin tener noción de adonde los llevarían. Leí un diario (no te preguntes dónde lo he hallado, no vale la pena, sólo basta con que creas en mis palabras) donde decía que ese lugar era más escalofriante que el mismísimo infierno. Allí enloquecieron muchos ladronzuelos, asesinos, y hasta inocentes; todo por cumplir con los mandatos de aquellos hombres, que querían probar que su prisión iba a ser la prisión más dura e inquebrantable de la historia: «la prisión sanadora, del futuro». Y tuvieron razón, al menos en parte.

Por lo que sé, hubieron cantidad de informes hechos por médicos y psiquiatras (de nuestro país como alemanes) que estuvieron involucrados en esos actos monstruosos y execrables, donde monitorearon el comportamiento de los presos. Se dice que muchos de ellos, se suicidaron en sus celdas, mientras que otros tantos, gritaban porque acababan volviéndose locos; luego, hubo rumores de apariciones fantasmales, cuando al poco tiempo, los propios guardias admitieron proporcionarles libros de ocultismo a algunos presos, sólo por diversión. Mi querida hermana, este sitio maldito estuvo en uso muchos años, donde prácticamente desaparecieron a muchas personas. No obstante, no fue hasta la Primera Guerra Mundial, que el proyecto se embargó por las implicaciones alemanas.

Naturalmente, en el período de la posguerra, cuando Alemania se volvió un Estado débil y languidecido, se olvidaron estos proyectos, más aún, porque se olvidó al mismo Kauffmann. Con la incursión de la Segunda Guerra Mundial y todo lo que esto significó para Alemania, quedaron definitivamente quebrantadas las tentativas de la visión de Guillermo II y Kauffmann. Pero eso no hizo que se pararan los proyectos y que saliera a la luz todos estos casos de horror y muerte; ¡no! En vez de eso, se procuró guardar silencio, siendo apoyado este mutismo, por la prensa, el gobierno y ciertos sectores ciudadanos que estaban en favor de que la justicia se volviera una implacable visión aterradora. Por lo que se adquirió, en el otro sector no tan empapado, un carácter medio de leyenda urbana. El asunto es que con el tiempo, se fue haciendo cada vez más hermético y saltaron muchas historias extraordinarias que le dieron el carácter final de leyenda, que, hasta hoy es repasada sin tanto empeño por algunos sectores de nuestra cultura.

Ahora, quiero explicarte, muy a grandes rasgos, el otro denominador común en nuestra perniciosa historia: la Flor Negra, pues aunque para muchos, esto no sea más que cuentos de viejas o simplemente una “planta legendaria” adaptada de la original historia europea, he podido comprobar con mis propios ojos, lo legítima que es dicha planta… que si bien, puede que no sea nada creado por la naturaleza. Tú bien sabes la leyenda, así que no necesito explicarte más sobre ella, y las repercusiones que se dice que tiene.

II
Hace doce años, cuando no te habían sustituido como mi hermana, y vivíamos en la calle Angept (lo que hoy es la avenida Fanú) a unos pocos kilómetros del Lago Pequeño, cambió mi vida para siempre. Pues bien, cerca de dicho lago, había un bosque de una extensión considerable; hoy en día, hay mucha infraestructura moderna, es decir, construcciones, carreteras, un centro comercial, el puente y el Parque Viejo. En aquellos días en que la infraestructura y que el desarrollo urbano no había tocado esta parte de la ciudad, existía un bosque tan maravilloso como escalofriante. Recuerdo que cuando las vacaciones de invierno nos querían mantener encerrados en nuestras casas, siempre había latosos que se retaban unos a otros a adentrarse por el espeso y umbrío bosque. Pero, un día nos tocó a Vera y a mí, entrar por la presión de nuestras primas, que habían hecho llorar a Vera, llamándole muchas veces cobarde. Enfurecido —pues Vera era mi hermanita menor, como lo eres tú ahora— me les enfrenté, ofreciendo llevar a mi hermana hasta la cabaña embrujada (una que yo mismo me había inventado, de hecho), y que les traeríamos un suvenir de nuestro viaje. Recuerdo con diafanidad, los ojos brillar de mi hermanita… mi dulce hermanita perdida. En aquel instante me sentí un héroe, y emprendimos nuestro camino.

La verdad era que no tenía nada de juego infantil aquel sitio: pues, imperaba en aquel lugar una atmósfera mística; el bosque de pinos, era frío, húmedo, neblinoso y oscuro. Recuerdo perfectamente la imagen de nuestra travesía: la distancia entre los árboles oscilaba entre unos cinco metros a lo largo y a lo ancho. Pero aquellos troncos que estaban alejados en la llanura, se perdían entre la sombra y la niebla. El suelo era musgoso y húmedo, también poblado por plantas leñosas y piceas esparcidas, principalmente, al pie de los troncos altos y con manchas verdes de musgo. Cabe mencionar, que los pinos, tenían algunas ramillas decrépitas y cortadas, que se veían melancólicas en las partes no tan altas de su tronco. Esto, les daba un aspecto escalofriante. Entonces, anduvimos por ese oscuro bosque, por algunas horas; Vera, me contemplaba con admiración e impaciencia, pues quería encontrar la casa de la que le había hablado, pero que sólo era una creación de mi imaginación. Al cabo de un tiempo de caminar en círculos, recordé de aquella “cueva de guerra” que había descubierto con mis amigos días antes, y que juramos nunca llevar a nadie más. Pensé que ese sería el sitio perfecto para convencer a mi hermanita, que yo conocía dicha casa embrujada.

—Vera —le dije de pronto, comenzando a caminar con más talante—, debo decirte, que esta casa es sinigual, puesto que es una casa enterrada en el suelo.

—¿En el suelo? —me miró con incredulidad. Con sus gigantes ojos café claro y frunciendo sus cejas rubicundas.

—Sí… —le susurré acercándome a su oído, intentando turbarla.

Me aparté ligeramente, compuse mi cinturón, pero aquello fue para distraerla, puesto que le puse la capucha rosa, en su pelo rubio largo y sedoso. Ella rió con mucha simpatía.

—Debes tener en cuenta, que a mí me da mucho miedo entrar allí… —dije, y luego, señalé con mis ojos el calvero que teníamos delante de nosotros. Ella, me siguió la mirada con sus ojos inocentes.

—…no importa —me interrumpió, aún con más talante que yo mismo—… ¡entraremos!

Así que la conduje hasta la puerta de entrada, que estaba al ras del suelo musgoso. Ya habíamos hecho el trabajo previo de descubrimiento, así que quité la capa que nosotros habíamos colocado de musgo y mantillo. Conseguí pues, ver el mango que estaba oculto. Lo levanté y abrí la trampilla metálica con dificultad, pero hice fuerza sobrehumana, porque tenía mucho que demostrarle a mi hermana. A decir verdad, cuando la descubrimos, se necesitaron tres de nosotros para abrirla originalmente, por lo que me sentí muy satisfecho de mi poder físico y lo que este logro supuso. Tan rápido como la abrí, Vera se acercó con curiosidad, y abismó sus ojos alargando el cuello en las escalerillas que se perdían en la oscuridad.

—No sé cómo bajaremos a tientas —dije volteando hacia ella—, es muy oscuro y no tenemos velas, ni nada para alumbrarnos.

—¿Crees que estamos en la edad antigua? —me respondió ufana y juguetona—. ¡Yo tengo mi móvil, y tiene función linterna!

En efecto, mi hermanita traía consigo el aparato, así que lo sacó del bolsillo de su abrigo y unos segundos después alumbró el espacio hacia adentro. No hizo mucho la diferencia, pero al menos ya no me pude excusar sobre el peligro que representaba bajar a tientas. Ella, inmediatamente me alcanzó el artefacto, para que yo fuera su guía. Bajamos pues, hacia la oquedad abismal; y cuando logramos pisar el suelo de lo que vendría siendo “la planta alta”, o la plata diez, puesto que leí que el edificio está compuesto por diez plantas (no sé quién sería tan desquiciado para bajar hacia el círculo final del infierno por voluntad propia); y allí nos encontramos, en el descansillo de tres metros de ancho, abandonado y casi intacto de la prisión. Yo conduje la luz, por una de las celdas, y, ella al advertirla se estremeció.

—¡Me mentiste! —gritó—. ¡Me mentiste! ¡Esto no es una casa, es una cárcel! —su voz era tan aguda y alarmada, que se expandió estridentemente por todo el lugar, haciendo un eco espantoso. También, este estremecimiento tan potente, hizo que la inestable puerta de la trampilla, se cerrara con otro estridente y violento golpe.

Ella profirió un gemido desgarrador, al ver el efecto que tuvo su reacción. Se tapó la boca con sus manitas, y comenzó a sollozar. Yo estaba tan turbado con los acontecimientos que no podía ni pensar, mucho menos reaccionar. El ambiente allí abajo era denso, puesto que el oxigeno no era tan abundante como afuera, además de la tensión de la atmósfera. Puedo describirlo, como si un peso cayera de pronto, sobre los hombros, y algo oprimiera el pecho sólo con cruzar el umbral. Casi como se siente el sumergirse en el agua.

—¿Y ahora qué vamos a hacer… y ahora qué vamos a hacer —murmuraba farfullando, erráticamente mi hermanita, con los dedos pegados a la boca—… y ahora qué vamos a hacer… y ahora qué vamos a hacer… y ahora qué vamos a hacer…?

—Tranquila —también susurré—, iremos por una vara que encontramos en una celda. Sólo debes esperar acá…

—¡No, no me dejes sola, te lo suplico! —se me acercó en un salto, y con sus manos se afianzó a mi brazo—. Está bien, iremos los dos…

—¡Sáquenme de aquí! —escuchamos un grito desesperado que venía desde abajo, parecía que de los últimos pisos. Ambos nos estremecimos, y nos vimos las caras de espanto. Mi hermanita volvió a soltar un silente llanto.

Luego hubo un agónico silencio, como si insinuara que no había pasado nada.

—Le llamaré a mis papás —dijo ella, medio histérica. Yo no le detuve y le di su aparato.

Nada, no había señal allí adentro. El internet, los mensajes de texto, ¡todo era inútil! Entonces, le dije que debíamos seguir juntos, no importando qué sucediese. Ella asintió y asió con firmeza los dedos de mis manos. Comenzamos a caminar, poco a poco, ambos sentíamos mucha tensión; yo procuraba concentrarme en la celda en la que recordaba el pedazo de metal que me ayudaría como torniquete para impulsar la puerta de la trampilla. Nuestros pasos eran lentos y cortos, pero aún así, pronto doblamos hacia el flanco derecho; la luz iluminaba a penas, metro y medio. Todo lo demás permanecía inaccesible, por una cortina oscura y cegadora. A penas, si se podían ver las rejas entreabiertas unas y otras abiertas de par en par. El suelo estaba sucio, cubierto por unas manchas que no sabía distinguir, así como de repello de las paredes y cáscaras de pintura. La celda que buscaba estaba al fondo, por insólito que parezca, allí la habíamos puesto. Éramos jóvenes y nunca creímos que la necesitaríamos, es más, ni siquiera habíamos considerado seriamente volver.
De pronto, escuchamos, al otro lado del descansillo, el rechinido de los goznes de las rejas. Esto hizo que todo mi cuerpo se estremeciera, y que la sangre se me helara. Pero Vera oprimía con más fuerza mi mano, y eso no me dejó detenerme. Volteé a mirarla, y sólo vi su coronilla mal iluminada, pues ella había escondido su cara entre mi axila y mi brazo. No obstante, le di palabras de aliento, le insté a que debíamos seguir, porque faltaba poco… le dije, que no nos derrotarían.

Al fin conseguí advertir la reja entreabierta. Estaba más cerrada de lo que recordaba, pero aún así, no podía pararme a pensar en ello. A su vez, vi las escalerillas que daban hacia la novena planta. El sólo pensamiento de bajar por allí, me dio escalofríos. Procedimos a rodear las rejas y así tuvimos acceso al angosto umbral. Traté de empujarlo, pero estaba atascado, así que alumbré con el móvil el habitáculo alargado y rectangular. Había una váter sucio recostado de lado, y un esqueleto de un camastro recostado horizontalmente contra la pared. Había también mucha basura, pero algo que hizo que mi hermana se asustara todavía más, fueron unos huesos esparcidos en mitad del habitáculo. Y, en el final del sitio descansaba la vara de metal con manchas de óxido, que buscaba. Puedo jurar que cuando vine con mis amigos, esa osamenta no estaba; me sentí atrapado en una pesadilla. Pero tomé coraje, y comencé a caminar.

De pronto, sentí un jalón provenir de mi brazo.

—¡No! —chilló mi hermana.

—Está bien —dije con tono comprensivo—, quédate tú allí y yo iré por la vara.

Ella no dijo nada, sólo se quedó allí en la entrada de la celda.

—¡Déjenme salir de aquí! ¡Déjenme salir de aquí! —comenzaron nuevamente los gritos; a esto, le siguieron gemidos, sollozos, lamentos y voces tumultuosas que se esparcieron por todo el sitio.

—Aguanta, aguanta —le dije a mi hermana, fingiendo serenidad.

Caminé por la celda, esquivé primero el váter, y luego la osamenta. Me curvé para alcanzar la vara y cuando la tomé, sentí una mano que aprisionaba mi tobillo. Inmediatamente, alcé la mirada y escuché el grito de mi hermana. Sólo pude ver, cómo una especie de mujer, con el pelo ralo, lodoso y de un rubio opaco, con una cara podrida, como sobrepuesta (¡como una máscara!), mal acomodada, y en algunos lados, le colgaban toscamente restos de piel. Pude ver una oreja morada y la otra ridículamente desproporcionada, más atrás de la que alcanzaba a ver. Recuerdo muy bien, que los ojos se veían por debajo de los agujeros de piel que una vez había estado viva y lozana. Esos ojos brillantes y artificiales, no pudieron de modo alguno, escudriñar mi alma. También, de ella, salían horribles resplandores azulados, como si se tratara de una máquina. ¡Una máquina! Y vi cómo esa cosa, cogía de los brazos a mi hermanita, y la halaba, llevándola a rastras, mientras ella desesperadamente desgañitaba y pataleaba. Yo solté el móvil, el cual cayó de lado donde emitía su luz, por lo que me dejó nublando por un segundo, mientras trataba de zafarme de mi captor —el cual no sabía si era la osamenta o alguna otra fuerza, pues no tuve ocasión de fijar mi visión en eso—; grité el nombre de Vera con pasión y furia. Aquella fue una explosión de valentía y adrenalina, que propugnó violentos y determinados movimientos; una vez mi hermana y esa extraña criatura salieron de mi alcance visual, y tiré con todas mis fuerzas, sentí cómo la presión húmeda que aprisionaba mi tobillo, se perdía tan de repente, como me la habían ejercido. Así que una vez libre, cogí el móvil y el palo metálico y seguí los gritos de clamor de mi hermana. Una vez fuera de la celda (debo mencionar, que nuestros gritos no habían hecho más que estimular todos los aullidos, lamentos y sollozos que antes mencioné, y que ahora habían cobrado más vitalidad y fuerza, como si se tratara de una pesadilla), me percaté que la llevaban hacia la novena planta. Me envalentoné, así que sin pensarlo bajé yo también la escalerilla de fierros oxidados; y así fue todo el trayecto, hasta que llegué a la séptima planta, y durante todo ese recorrido, tuve la noción, de estar persiguiendo algo… una sombra antropomorfa que me había arrebatado a mi hermana; pensé que esa cosa había huido hacia una celda iluminada, la única celda iluminada de todo aquel maldito lugar. Porque era lo más sensato. Yo creí seguirla hasta allí, y al entrar, distinguí que era un sitio mucho más grande que las celdas que yo conocía, podría jurar que era como una catacumba. Había antorchas encendidas, pegadas a las paredes, y una pared de piedra que interponía el acceso inmediato; ahí, advertí que se asomaba un ataúd en el centro de la cámara abovedada.

Era un niño, pero aun así, me pude dar cuenta de que todo eso había sido extrañamente cambiado, a lo que había sido originalmente, y no sólo era porque tenía una noción de qué era una cárcel, sino que se adivinaba sin inspeccionar mucho.Y, en efecto, las averiguaciones me dieron la razón, ya que el original recinto (según los planos originales, que logré encontrar) había sido cambiado deliberadamente por alguien o algunos. Hoy todavía no sabría qué responder a esa pregunta.

De pronto, escuché un chillido agudísimo, que macheteaba un “no” desgarrador. Era la voz de mi hermana. Yo, muerto de miedo y cobardía, apenas asomé medio rostro por la pared que separaba o interfería la vista plena a la cámara: entonces vi, con horror a mi hermana maniatada, sin sus zapatillas, arrodillada, encorvada, dándome las espaldas y con la cabeza gacha, siendo violentamente arremetida por un hacha grande y pesada, a manos de esa mujer con la cara podrida y mal puesta, de la que salían algunas luces centellantes. El golpe fue mortal, y el sonido estrujante. La cabeza salió rodando pocos centímetros a la izquierda del cuerpo. A continuación, el resto del cuerpo cayó al lado derecho; la sangre comenzó a salir a borbotones, y a formar un charco en el piso. Inmediatamente, la mujer comenzaría a proferir sonidos inarticulados, auténticas jerigonzas con una voz extraña, podría jurar que robótica.

De mis ojos brotaron dos lágrimas, una por la increíble pérdida de mi hermanita, y la otra por el inminente peligro que corría, y la casi seguridad de que me le uniría en breve. Pero me enjugué las lágrimas, y advertí que esa criatura maligna, sacaba de uno de sus manchados bolsillos de su pantalón de mezclilla, una cosa… ¡la Flor Negra! Así como es descrita siempre: un girasol diminuto, de diez centímetros de tallo, y con una cabeza de cinco centímetros, incluido los pétalos. Era completamente negra, pero de textura opaca, como si estuviera hecha de hollín. Y con ella se levantó un olor nauseabundo, como de mil cadáveres pudriéndose, y aún más espantoso, con tan sólo verla, me sentí mortificado, melancólico y exangüe. Y cuando la mujer sacó la Flor Negra —o lo que parecía ser una mujer—, la puso en su palma amoratada y medio putrefacta, entonces comenzó a hacer unos extraños ademanes, y a recitar nuevamente, palabras en una lengua desconocida para mí. De repente, cuando se detuvo, y la Flor Negra comenzó a elevarse por el aire. ¡Levitaba en posición vertical! Pero eso no fue lo más abrumador, puesto que al mismo tiempo, la sangre que estaba derramada en el sucio suelo, se levantó por los aires como si se tratara de humo. ¡Humo! Luego dijo otra cosa, y esto hizo que la sangre fuera atraída por la Flor Negra, provocando la sorprendente absorción de todo el líquido vital de mi hermana. Todo eso en un parpadeo, hasta que la misma volviera a descender a la palma de esa mujer zombi.

Ella dio fin a su horrendo ritual, cerrando la palma de su mano deshilachada. De súbito, un golpe hueco interrumpió el tenso ambiente; ¡era el maldito féretro! Vi un golpe y cómo se levantaba la tapa del recipiente… ¡otro más! ¡Y otro! Hasta que con un golpe vehemente, la tapa saltó abriéndose por completo. Nuevamente, el pestilente olor a muerte llenó el espacio. La mujer zombi estaba a la expectativa, pero no se daba media vuelta (ya que ella estaba dándole la espalda al féretro); entonces, vi emerger de la caja, un torso y una cara… ¡en terrible estado! El cuerpo del hombre se hallaba en avanzado estado de putrefacción, es decir, que estaba hinchado (aunque su complexión denotara que él era gordo) y se notaba a pesar de la playera grisácea —aunque, así se veía, desconozco el color original de la prenda, puesto que estaba manchada con fluidos corporales pútridos aún frescos— tenía un tono de piel disparejo entre amarillo y azul (el azul se esparcía como una mancha) asaz repugnante. Su cabeza y su rostro estaban extraordinariamente deformados por una hinchazón nauseabunda, sus ojos, eran como dos bolas carmesí que sobresalían de sus cuencas. Éste individuo, o abominación de individuo, giró la cabeza a como pudo y miró con sus repulsivos y sobresaltados ojos escarlata (que eran como dos bolas de fuego sin rastro alguno de iris); el movimiento había sido lento, y toda la operación había sido acompañada por un asqueroso sonido viscoso. Por su parte, la mujer zombi, se dio media vuelta. Al hacerlo, se percató que todas sus esperanzas habían rendido los frutos que ella se esperaba, incluso, más allá de sus fantasías y vibrantes anhelos. Así que cuando dio crédito a lo que sus ojos advertían, se lanzó en la búsqueda del hombre muerto que vivía; ésta, se encaramó sobre el ataúd y procedió a rodearle con los brazos —ahí fue cuando advertí extrañas costuras sobre la carne de la mujer zombi—, y el hombre le respondió igual. Mi asco, y mi impresión alcanzó su momento culmen, cuando ambos se unieron en un horrendo beso. De pronto escuché un estruendo que hizo estremecer la cueva en donde estábamos… ¡el móvil! ¡Había dejado caer el móvil al suelo, causando un revuelo sonoro que fijó la atención de esos monstruos en mí! Recuero que sus miradas se dirigieron hacia la pared, lugar donde se había originado el sonido, y por lo tanto, cómo mi estómago se estremeció.

Emprendí pues, mi huida y recorrí nuevamente el descansillo como un rayo; no entendía a ciencia cierta por qué, puesto que una parte de mí se había resignado a morir con mi hermana. No obstante, el instinto me hizo llegar hasta la puerta de la trampilla… todo estaba en el más sepulcral de los silencios, mientras yo golpeaba la puerta de la trampilla y comenzaba a embestir con todas mis fuerzas. Finalmente cedió a mis esfuerzos y yo sólo pude escuchar unos pesados pasos subir una escalerilla. No sabía si era la que daba a la trampilla o la que daba hacia la novena planta. El caso es que, cuando salí, cogí la puerta de la trampilla y la dejé caer. El estruendo sacudió todo el calvero hasta los árboles más cercanos. En fin, sólo arrojé el palo de metal al suelo y me eché a correr nuevamente. Nada me detuvo hasta que llegué a casa esa extraña noche; ahí fue donde supe que lo que había vivido no sólo había tenido repercusiones en los actos inmediatos, sino que había transmutado en algo siniestro y desconcertante.

Cuando entré en casa y traspasé el vestíbulo, encontré a mis padres reunidos en el sofá de la estancia; ambos estaban abrazados y miraban la televisión con las luces apagadas. Yo estaba envuelto en mis lágrimas de pánico y desconsuelo. Cuando me vieron, ambos se alarmaron de inmediato, mi madre, se paró de un salto y me fue a socorrer con sus brazos extendidos. Me preguntaron, ambos, con zozobra qué me ocurría, y rápidamente, mi madre comenzó a examinar cada uno de mis miembros, para ver si encontraba algún daño o rasguño; ella le ordenó a mi padre con una mirada que encendiera la luz, de inmediato, el resplandor blancuzco me cegó momentáneamente.

—Está muerta… —alcancé a gemir, con dejo funesto—… está muerta…

Esto los alarmó aún más, y comenzaron a cuestionarme con mayor entusiasmo y desasosiego. «¡Quién está muerta! ¿Qué tienes?»

—Vera —musité entre sollozos—. La mataron ante mis ojos…

—¿Vera? —dijo mi padre, desencorvándose con un semblante de extrañeza.

—¿Quién es Vera, hijo? —dijo mi madre, acariciándome mis cabellos para con eso calmar mis nervios.

Cuando escuché esas palabras, me sentí mareado.

—¡Mi hermana Vera! —les grité iracundo, mientras me zafaba de los brazos de mi madre.

—¿Hablas de Berenice? —partió el ceño mi padre.

Mi madre se alarmó y luego te llamó a grito histérico. Entonces, tú asomaste entre la bruma de la oscuridad; te restregabas los ojos, y te quejabas con acento somnoliento. Advertí tus cabellos lacios y negros, tu piel pálida y tus ojos grandes y de ese color tan penetrante y agradable. Eras más menuda, y llevabas un camisón rosa con girasoles en los costados.

Cuando te vieron, mis padres, comenzaron a sermonearme por decir tales blasfemias… pero, recuerdo que en el medio de esas reprimendas, tú me rodeaste con tus brazos y me dijiste con una vos muy cálida y tierna:

—No temas Aristeo, yo estoy aquí —y luego, con ternura, me besaste la mejilla.

III
A partir de ese día, me sentí espiado, como si unos ojos se hubiesen clavado perentoriamente a mis espaldas; sin embargo, algunas veces y en compañía lograba eludir esos sentimientos de intromisión. Pero de lo único que no lograba escabullirme, era de esos horribles pasos que sonaban detrás de mis orejas y que sonaban al compás de los míos. ¡Nunca me abandonaban, ni siquiera cuando estaba en compañía! Algunas personas a las que les confié mis preocupaciones me tacharon de loco o de paranoico… pero, un día, cuando más me hallaba sumergido entre la depresión y la desesperación, tomé la decisión de confrontar mis miedos, y recordándolo todo, comencé mis pesquisas. ¡Grande fue mi sorpresa, cuando corroboré todo lo que me había acosado por diez malditos años!

Al cabo, cuando ya habían pasado seis meses de mis perseguimientos, comencé a escuchar el susurro de una voz que me decía que me extrañaba. En principio, dicha voz, se presentaba sólo a altas horas de la madrugada, causando que me despertaba empapado en sudor frío. Tardé un poco de tiempo, en desestimar la voz a un sueño recurrente, y, admitirla como producto de la realidad. Esa misma voz, que era sin género, como la de una máquina: glacial y distante, me decía cosas que sólo yo sabía… cosas que habían tenido lugar aquel fatídico día en que perdí a mi hermanita, y que los demás, suponían que no existía. Pero al paso de los días se fue agudizando y los periodos de tiempo en los que me llamaba se fueron haciendo más frecuentes y a horas donde el calor del sol era sensible.

Acabé por darme cuenta que era la voz de mi hermanita perdida, ¡sí, era Vera la que me llamaba! Luego, ella se comunicó de manera más prolongada hasta que nos hundíamos en emocionantes tertulias; un día, en medio de un sollozo, me dijo que quería reunirse conmigo, y yo, pese a mis primeras negativas, accedí. Por lo que comenzó a instruirme hacia dónde debía abocarme para tal empresa. Me agencié de un libro (uno maldito) que me indicaba cada uno de los pasos a seguir… uno de ellos me horrorizó, pero al fin, comprendí que era menester hacerlo. Cuando finalicé mis averiguaciones (con respecto a la localidad de la cárcel) me percaté que era en el puente antes citado. Me conduje hacia allí, una noche armado con un martillo. Toqué con mis nudillos la pared, en efecto, comprobé estaba hueca. Así que sin perder el tiempo, martillé hasta crear un hueco lo suficientemente grande para entrar; pero, a la luz de la luna, después de que la nube de polvo se disipara, advertí unos ataúdes apilados y esparcidos en fila hacia adentro. La luz del alumbrado público era tan débil, que apenas pude advertir los primeros apilados y la segunda fila: ambos de madera oscura, creo que de ébano y los de la segunda fila (que se veían más opacos) se veían verdinegros, los demás sólo se dibujaba su contorno en un ambiente oscuro. Aunque horrorizado, me adentré impulsado por mi obsesión, y con la luz mi móvil encontré la trampilla. Me sonreí, porque pude comprobar que tenía razón, que no había inventado el asunto, y, sobre todo, que no estaba loco. ¡Ahora sólo debía coger al “tributo”, tal como decía el libro! Y así lo hice… le suministré un analgésico en una bebida a un vago que encontré a azar en una de las calles cercanas, y lo secuestré, para llevarlo a la cárcel; cuando volví a entrar, después de todos esos años me percaté que ahora estaba más umbrío y sobrecogedor todavía. Llevé a mi víctima, con mucha dificultad hasta el sitio que yo recordaba haber perdido a mi hermanita… ¡todo estaba exactamente como lo recordaba! ¡Como lo había experimentado en sueños! Eso hizo que mi estómago se retorciera. No obstante, ensimismado en mi propósito y fantasías, conjuré esas maldiciones que decían en aquel libro maldito que no entendía. Sí, admito mis culpas, y mis engaños, ¡lo corrupto que me he vuelto! Constantemente, cuando me sentaba, ensimismado, a comer en la cafetería de mi trabajo, me alejaba del resto de los empleados, con los que hasta llegué a rozar la amistad, todo para entregarme a mis cavilaciones, recuerdos y hasta a leer los libros de la oscura historia que tiene nuestro país. Lo cierto es que cometí un crimen, hermana mía pues que esta nota sirva también, como confesión judicial ya que yo asesiné a ese hombre indefenso y privado de la dignidad de un ser humano, para extraer su sangre, y así pagar el tributo que me solicitaban en el oscuro libro (no te diré más… ¡no puedo hacerlo!) que, aunada con la Flor Negra que me había agenciado, terminé el maldito conjuro.

¡Ay, después, a los segundos, sentí que alguien me pinchaba la espalda con un algo extraño y delgado… algo helado y húmedo! Me di la vuelta ¡y allí estaba el cuerpo carcomido y pútrido de mi hermana, Vera, sin su cabeza! Alzaba un brazo apenas cubierto por una carne seca y delgada donde, en la mayoría de las partes se advertía el hueso.

—Hermano —escuché un eco que llenó el lugar, que parecía una cueva de piedra—, has venido por mí… tal y como lo prometiste. No me olvidaste. Yo tampoco te olvidé.

Su voz, sonaba melodiosa, desconcertantemente delicada y transparente, como si de verdad le hubieran insuflado vida al cuasi esqueleto (que además, estaba decapitado) que se sostenía con sus harapos mugrientos y repletos de hoyos a unos pocos centímetros de mi cuerpo inmóvil. Yo trataba de mirarle con el rabillo del ojo, pero evitaba todo contacto directo… luego seguía hablando, como si su cabeza estuviera en alguna parte y me mirara entre toda esa espesa oscuridad. Desde entonces, me ha perseguido sin tregua. ¡Esos malditos pasos siempre tras los míos! No sé cómo le hizo, pero logró meter su cabeza en algún escondrijo de mi casa… ¡siempre que llego, me recibe con un saludo y me insta a que regrese al agujero, donde dice que pertenezco! ¡Sus susurros son insoportables! Y he visto sombras merodeando cerca de mi casa y mi propiedad, a medianoche… ¡cada maldita medianoche!

Incluso, he creído ver la sombra de la mujer que vi en mi infancia asesinar a mi hermana, reflejada en la puerta del mi botiquín de mi baño, mirándose y tocando su piel corrupta y seca. No pararán, porque Vera quiere que me anexe a una especie de bando supernatural belicoso, cosas que yo no podría ni explicar, porque sinceramente no sé de qué van. Ay, hermana mía, mi Berenice, por eso he decidido cortar mi hilo de la vida, antes de que esas cosas me recluten… ¡aléjate de mi cuerpo y lo cremas en la hoguera! ¡No lo mires, o vete lejos! Algún día, si la providencia quiere, nos volveremos a ver.

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