La maldición del hombre que desapareció

Mario Cardona

Cuando Marco se enteró que alguien le había lanzado un conjuro, y que el origen del mismo se vinculaba a las prácticas con la Flor Negra, ya era demasiado tarde.

Los síntomas comenzaron inesperados, como los estornudos de un resfriado: había regresado de la universidad, y se preparó un burrito de microondas; se sirvió el último vaso de jugo de manzana que encontró en el frigorífico y sintió un dolor en el cuello. Pasó su mano por la nuca en una especie de masaje. A continuación, se sentó a la mesa; era de madera, redonda, pequeña y muy modesta. Sólo una silla vacía lo acompañaba en aquella noche. La cocina estaba en silencio y el departamento aunque pequeño, lo sentía inexpugnable debido al impío e inquietante mutismo. Marco echó una mirada a la habitación contigua. Las luces estaban apagadas, apenas la luz del foco que colgaba sobre su cabeza, alcanzaba a iluminar, como una salpicadura, el desgastado cuero verde, de la espalda del sillón. Pensó un momento, y decidió que (aunque debía cenar e irse a dormir, para tener una jornada igual de larga como la que había terminado) rompería su rutina. Se levantó de la mesa, cogió su plato y su vaso, y se adentró en su reducida estancia. Presionó el interruptor de la luz, y la oscuridad se esfumó; Marco, se sintió más tranquilo cuando vio que la oscuridad se había parcialmente desvanecido, pero no tanto cuando se percató que permanecía la inquietante mudez.

Prosiguió a sentarse y encendió el televisor, sintonizó un canal deportivo, y le puso un volumen considerable. Ya no estaba tan solo.

Cuando terminó de comer, y sus pensamientos irracionales habían menguado lo suficiente, pensó que era hora de dormir. Bostezó y estiró los brazos, y, procurando una actuación de normalidad de sí mismo, a continuación cerró los ojos. Hecho esto, un escalofrío agrio le recorrió todo el cuerpo. La angustia pobló como un azote sus pensamientos, y tuvo la certeza de que estaba siendo observado; seguido a esto, un frío intenso le recorrió el cuerpo…, pero no era un frío cualquiera, ni siquiera un escalofrío, sino que lo sentía húmedo, como un baño de agua helada que cae a raudales primero en la coronilla y luego se extiende a todo el cuerpo. Pero esto, no fue lo que más perturbó el ánimo de Marcos, puesto que lo más extraño, era que podía ver con nitidez todo lo que se supondría, no tenía acceso cuando sus ojos estaban cerrados. En efecto, aunque Marcos cerrara los ojos, él podía advertir todo con cierta diafanidad; desde luego que lo veía todo a través de una cortina tenue, empero, muy delgada.

Marco, abrió los ojos con espanto. Era el sentimiento más abstruso y horripilante de toda su vida. Su corazón le latía a mil pulsaciones por minuto; su rostro se había deformado por el espanto. Su cuerpo, no había quedado exento del sobresalto, puesto que sus piernas y sus brazos se habían contorsionado de tal forma, que parecía como si se estuviera aferrando al sillón. Además, sus dedos se habían hundido en el duro cuero verde. Y así se quedó unos minutos, mientras el televisor llenaba con sus sonidos la incertidumbre que acuciaba a Marco. Sin embargo, dicha contorsión, provocada por el espasmo de él, había producido que arrojara los platos al suelo. Pero Marco no había escuchado el estrépito del plato y el vaso haciéndose añicos en el suelo; no, su trance lo había absorbido más allá de los límites de sus sentidos.

Pero Marco no era un neurótico. Así que una vez superada su aflicción, decidió que el cansancio estaba diezmando su capacidad de lucidez. Apagó el televisor, caminó por los restos de su vajilla barata y no pensó siquiera un segundo en limpiar. Y llegó sin demora a su habitación. No había apagado las luces que le presidieron: su cocina-comedor, la estancia, y su habitación, todas estaban encendidas; era obvio que algo le desasosegaba.

«Debo dormir —se repetía—, sólo así me desharé de estos pensamientos irracionales».

Se tumbó en su cama. Entonces cerró los ojos: lo que sucedió en el instante, fue el mismo sentimiento de angustia; se sentía observado, pero ahora, sentía que alguien lo perseguía, que alguien de saber dónde venía por él… que estaba lejos y que venía rápidamente y que no demoraría. El frío húmedo lo bañó desde la coronilla y se extendió por todo el cuerpo. La sensación era más virulenta que cualquier fiebre imaginada por el hombre, puesto que le helaba hasta los huesos. Pronto comenzó a tiritar, y cogió con los ojos todavía cerrados un cobertor. Se lo puso encima, pero nada podía contrarrestar esa horrible sensación. Cuando el dolor se le hizo inaguantable —más allá de su propio cansancio—, abrió los ojos. De repente las sensaciones se esfumaron y todo volvió a su curso normal.

«Debe ser que estoy afiebrado», pensó.

Se levantó, caminó hacia el baño y abrió su botiquín. Cogió un par de píldoras y se las tomó. Dejó la luz encendida, cogió el control remoto de su televisor y lo encendió. Fingió interés en lo primero que encontró y luego de un par de bostezos, cerró los ojos. Pero volvería a vivir la misma sensación, sólo que cada vez, de ahora en adelante, aumentaría en intensidad dependiendo del tiempo que permaneciera con los ojos cerrados.
Marco llevaba dos noches sin dormir. Sin embargo, había cerrado los ojos lo suficiente, para saber que quien lo perseguía era una mujer. ¿Cómo lo sabía? No tenía forma de saberlo, pero tenía la convicción de que así era. No obstante, Marco desarrolló un pánico enfermizo, una animadversión por todo cuanto veía. Escuchaba murmullos y explosiones que se distorsionaban en lontananza. Actuaba de manera errática y vehemente; hablaba solo, gritaba y se enclaustraba la mayor parte del tiempo en su casa.

De un momento a otro, dejó de cerrar los ojos por el cansancio —ya que procuraba mantenerse drogado para no tener problemas para quedarse dormido— y lo hacía como un ejercicio. Marco quería encontrar a quien lo buscaba; tanto había delirado Marco, que por unas horas, pensaba que podía tener amor por esa criatura que se acercaba con celeridad, pero las sensaciones, aún cuando intentaba convencerse de ello, nunca eran buenas. A los cinco días de su desquiciante cautiverio, encontró lo que buscaba por accidente; ahí leyó el artículo más desgarradoramente enloquecedor que jamás había leído. Era una sentencia de muerte. Pero más allá de ello, de una muerte horrible, inspirada por el cerebro enfermo y retorcido de un monstruo; sí, ¿pero qué hay de nuevo en ello? Marco se convenció que aún el asesinato más cruento y despiadado, no eran ni la mitad de lo que a él le acaecería. ¡La villanía se agudizaba, cuando de hito en hito encontraba las investigaciones del artefacto que fue usado en su contra: la Flor Negra! Leyendas, artículos, noticias, historias, breves biografías y hasta conjuros en los sitios más perversos del internet, fueron escrutados por él, pero aún así, todos los que hablaban de ella, no sólo no se atrevían a asegurar nada, sino que también parecían tenerle un gran respeto y temor… ¿eso era lo que lo había maldecido? Entonces cerraba los ojos, y toda la oscuridad imaginable y la inimaginable, lo invadía. Iba más allá de imágenes, sonidos y sensaciones inteligibles. Ni siquiera la certeza de muerte y de cómo le sería ejecutada desasosegaba el corazón de Marco, como los momentos que tenía al cerrar los ojos. Su temor más grande era cerrar sus ojos y hundirse en toda esa miseria; pensaba que si moría, sería absorbido por esa negrura, por esas sensaciones más allá de toda comprensión suya.
Buscó una fotografía para poder, quizá así comprender algo, o tal vez sólo obraba por una curiosidad mórbida, pero no encontró lo que buscaba. En vez de eso, sí halló numerosas ilustraciones, que supuestamente, representaban a la misteriosa flor. Marco asoció las imágenes a una especie de girasol perverso. Lo cierto es que, aún en los dibujos o representaciones computarizas (unas más caricaturescas que otras), todas se veían virulentas y grotescas.

Su salud menguaba cada día; las drogas ya no hacían lo que supuestamente debían hacer. Se había agotado de todas las maneras imaginables y en un tiempo récord. Pero una mañana, decidió confrontar las cosas y llevarlas hasta las últimas consecuencias.

Se le había ocurrido una idea; por lo que caminó hacia su baño. Se desvistió y se paró frente a la ducha. Con la mano derecha apartó las cortinas color beige translúcido y posó su mirada en la llave con desazón.

Su rostro estaba lívido y desmejorado; su cara alargada, ahora estaba muy consumida, tenía ojeras amoratadas, y sus pómulos resaltaban por la falta de carne. Su cuerpo también había sufrido estas consecuencias: pues rápidamente había pasado de una musculatura normal y saludable, a ser enjuta, jorobada y enfermiza. Se veía como el cuerpo de un octogenario. Entonces, con la escasa fuerza que aún poseía, dio unos pasos hasta quedar por debajo de la ducha. Su pecho se expandía y se contraía con notoriedad, haciendo patente el esfuerzo que hacía por respirar.

Llevó su mano huesuda hacia la llave. Temblaba. Él estaba indeciso. O quizá, se planteaba que de abrirla no había marcha atrás… sí, ya no la habría, incluso si con ello acelerara su muerte. La abrió. El agua fría comenzó a bañarle la coronilla… de momento el agua se sentía más real que sus experiencias anteriores. Pero quería que el agua estuviera caliente, por lo que moduló la temperatura con las llaves. El vapor comenzó a llenar su bañó; el agua que recorría su cuerpo; cada vez estaba más y más caliente. Marco quería que el agua hirviera. En efecto, una vez, su propio cuerpo no podía soportar el inmenso calor, cerró los ojos. Pero aquella idea sólo había resuelto una cosa: sus trances no tenían nada qué ver con sus sensaciones físicas, puesto que ocurría lo mismo. Sin embargo, un ruido evitó que abriera los ojos inmediatamente —porque sabía que si permanecía mucho tiempo, su cuerpo podía sufrir quemaduras.

Marco se volteó hacia la cortina; una vez ahí, advirtió a través de las cortinas beige, a una mujer sentada sobre el váter. Su torso estaba inclinado hacia adelante y sus brazos caían inertes, con las manos que se precipitaban al suelo. Vestía, descuidadamente una toga purpurea desgastada y pálida por el uso; estaba mal enrollada, y, su túnica de albo lino, también se advertía descuidada y rasgada. Entre esos espacios, Marco, advirtió que sus pechos estaban mutilados. ¡Cicatrices infectas, ennegrecidas y profundas estaban en lugar de sus pechos! Su pelo negro goteaba una sustancia que parecía ser agua, mientras que su rostro gris estaba surcado por una especie de venas varicosas azuladas; su nariz estaba cercenada, por lo que sólo se apreciaba un hueco rojo y asqueroso, de carne y sangre coagulada. También, la parte inferior del labio estaba cortado desigualmente. Sus ojos, por otro lado, estaban completamente en blanco, aunque lo observaba con mirada lobuna y una sonrisa burlona.

Marco, horrorizado por aquella visión, abrió los ojos. Inmediatamente, su cuerpo reconectó sus sentidos, y sintió cómo su piel era quemada por el contacto con el agua hirviendo. Gritó con fuerza y rabia. Se apartó de donde el agua emergía con violencia… el vapor había invadido cada espacio del baño. Marco, procedió a cerrar la llave. Su piel punzaba un dolor inaguantable.

De repente, volvió a su memoria, aquella desconcertante imagen.
«Ya está aquí, ¡la he visto!», pensó.

Marco apartó la cortina beige. Nada. No había nadie sobre el váter. Su ritmo cardíaco aumentó, porque, aunque no veía a nadie, se sentía terriblemente observado. Pero, esta vez, no era una mirada inmanente, sino una directa, una imperceptible por sus sentidos, pero que aún así mellaba su pecho.

Por un instante estuvo a punto de sucumbir al pánico. Pero de pronto sintió una euforia iracunda. Así que decidió cerrar los ojos con su cabeza posicionada, de modo que la observaría sobre el váter. Sin embargo, cuando lo hizo, ella ya había desparecido de allí… un rugido viscoso sobrecogió a Marco y, dirigiendo su “mirada” hacia abajo, ¡advirtió a la grotesca mujer arrodillada frente a su miembro! Ella lo cogió y de un tajó le amputó la verga. El dolor y la impresión hicieron que Marco abriera los ojos; en seguida advirtió su miembro cercenado y la sangre que le manaba a borbotones. Marco, salió de la ducha a trompicones; su vista se nublaba y sus piernas se sentían de goma, sin embargo consiguió llegar a su habitación. Cogió una toalla, y se tumbó sobre su cama; volteó hacia su mesita de noche, sobre ella, había un móvil, su móvil. Ni siquiera gastó energías en alargar el brazo para cogerlo. Solamente imaginó entre delirios, que ya lo había hecho, y que lo rescatarían los paramédicos.

Marco no quería cerrar los ojos, pero tenía mucho sueño y el frío le venía recorriendo por los pies y avanzaba hacia todas sus extremidades.
«Es el frío de la muerte», se anunció.

Y entre ese limbo, ya no sintió ese desgarrador frío húmedo que le recorría todo el cuerpo y que lo hacía tiritar. Tampoco escuchó las bombas y los murmullos, ni miraba las cosas que le rodeaban con los ojos cerrados… ¿estaba solo? De ninguna manera, ella tenía hambre. ¿Sabía siquiera qué era el hambre? Probablemente no.

Marco se desangraba sobre su cama; se había volteado porque pensaba que con su peso, le imprimiría más presión a su herida. De todas maneras, ya no tenía las energías para hacerlo él mismo… la sangre ya había empapado toda la toalla blanca, y se había tornado escarlata. Incluso, sus sábanas azules, ya estaban afectadas por su desangramiento. Él no quería cerrar los ojos, morir, eso sí lo deseaba, pero con los ojos abiertos. No obstante, los mismos no se lo permitían, el cansancio le exigía que los cerrara. Marco sucumbiría después de un tiempo.

Una vez Marco cerró los ojos para siempre, comenzó a ser devorado por la nada; bestiales mordidas amputaban pedazos grandes de su carne, mientras la sangre saltaba por todas partes. Así, fue consumido por completo, hasta que sobre su cama no quedaron más que manchas y manchas de sangre esparcida en una escena demencial.

Marco murió un miércoles en la noche. Tres semanas exactas después de su deceso, el miércoles, apareció al pie de su puerta (ya clausurada por las autoridades que investigaban el caso) donde vivía —departamento 453— su torso abultado y putrefacto, con las extremidades cercenadas y cocidas con un hilo negro muy grueso. En su vientre abultado, se advertía un tatuaje singular, que ninguno de los conocidos y parientes —que eran escasos— no distinguieron o que desconocían que se lo había hecho. Se trataba de una especie de girasol pequeño, jaspeado de negro completamente. Un informe forense adujo que sobre el tatuaje había carbón. Pero se trataba de un carbón maloliente, incluso más que el hedor que despedía la putrefacción del cuerpo.

Dentro del torso hinchado, los forenses hallaron, increíblemente, la cabeza, los brazos y las pierdas del hombre. Parecía como si hubiesen rellenado un pavo. Pero lo más impresionante, por no decir inexplicable, fue que hallaron en una bolsa plástica transparente, todos los órganos en tamaños diminutos. ¿Alguien le había encogido los órganos, con alguna especie de procedimiento deshidratante? No. Los órganos no estaban deshidratados. Lo cierto es que el corazón medía casi un centímetro, y los demás mantenían una simetría exacta a la diferencia que había entre unos y otros en circunstancias “normales”, cuando no se le adulteraba el tamaño a los órganos.

Otra cosa digna de mención, es que, aunque la carne de Marco seguía el proceso normal de putrefacción, los médicos forenses, se percataron que todos sus huesos habían sido reducidos a pedazos de carbón. En la carne no había evidencia de haber sido desollada o algo por el estilo, tampoco de haberla sometido a temperaturas altas; simplemente los huesos se hallaban carbonizados.

Otro evento curioso, fue que además del tatuaje en el vientre, encontraron también un girasol de unos diez centímetros de largo por cinco de ancho (en la parte de la cabeza) que estaba carbonizado también; pero que, en comparación a la podredumbre del cuerpo, el olor de este pequeño e inusual objeto, el cuerpo resultaba oler bien. Puesto que, el extraño girasol olía (según el testimonio del forense) como una fosa con mil cadáveres pudriéndose en las zonas más fangosas y perniciosas que puedan encontrarse. Manifestó que sellaron el girasol en una bolsa hermética, para su posterior estudio, empero, a las horas se había convertido en una substancia, que parecía ser sangre negruzca y viscosa. No se atrevieron a abrirla.

La policía, que recogió el torso, mantuvo todo en completo secretismo. Incluso, se llegó a sobornar a los pocos periódicos que se interesaron por publicar una breve nota. No querían que nadie supiera nada sobre este extraño caso, incluso si se tratara de un asesino en serie, ellos no quisieron hablar más del tema; eliminaron toda evidencia de que Marco había vivo allí, tanto que, el edificio fue demolido para construir en su lugar otro. Se desconoce al nuevo propietario. Y así, todo este caso se olvidó y Marco desapareció del imaginario popular.