Extraer la tolva, retirar el perno axial  y retirar todas las piezas, como si se tratara de un rompecabezas, otorga una sensación sobre la maquinita. Luego tornar a colocar cada pieza en su sitio, el cañón, la recámara las partes de la cacha y por último, volver a situar la tolva para sentirse verdaderamente dueño del poder de la escuadra.

Creo que sí, alguna vez terminado el juego del desarme y el arme de la escuadra, alcé un arma similar, la puse firmemente sobre la mano derecha y apreté su boca diminuta en la frente, exactamente arriba de la nariz; luego la llevé hasta la sien y después de un minuto la hice descender sobre el lado izquierdo del pecho, sobre la tetilla. Y todo ello tratando de reflexionar  acerca de los resultados mediatos e inmediatos del suceso.

Algunos me considerarían cobarde, otros irresponsable, los más tendrían piedad de mí y abrirían un interrogante sin respuesta frente a las motivaciones reales de mi decisión. Yo no quería exhibirme con el rostro destrozado con sesos y ojos de fuera, por lo que seguramente hubiera escogido el corazón, pero también en ese caso  la sangre  habría chorreado por todo mi cuerpo manchando mis ropas y hasta el piso, lo que me desagradaba tremendamente. Sin embargo, cualquier otra forma de autoaniquilamiento me dejaba insatisfecho. Yo tenía el deseo de morir, pero quería exponer en mi último acto vital, una devoción inclaudicable por la elegancia y la soberanía de mi conciencia, no podía exponerme a producir respuestas lastimeras o suplicantes de misericordia con un espectáculo sucio, desordenado, descompuesto, feo, repugnante, patético o simplemente melodramático…

El ahorcamiento me parecía brutalmente siniestro, las muecas se quedan bailando en el aire y en la fantasía de las multitudes, la asfixia por inmersión me  hincharía y me dejaría flotando en el agua y en la mente de todos los  curiosos que acudieran a la nota roja; el envenenamiento sería atroz por el aspecto acalambrado  y la expresión de fuga atónita y dolorosa en el rostro. Sí, la bala seguía siendo el recurso menos riesgoso de todos, porque yo, como todo suicida convencido, buscaba afirmar mi trocito de eternidad en el resultado de mi acción postrera.

Un domingo de Ramos -yo quería morir un Domingo de Ramos para viajar en mi último y largo peregrinaje en una borriquita como Jesús en la procesión de aquella mañana alegre- Eso lo pensaba así desde niño, por eso en aquella ocasión creo que me decidí y apreté el gatillo…

Aquel fue el primer ensayo, aunque ciertamente todo sucedió conforme a una programación intelectual y emocional perfectamente calculada.

El arma pertenecía a un militar amigo de mi abuelo  que había llegado a casa para que fueran juntos a recorrer las calles del barrio observando la procesión  con que se iniciaba la Semana Santa. A mí me invitaron a acompañarlos, pero yo pretextando  algo preferí quedarme solo en casa, de modo que fue aquel rato de soledad que aproveché para tomar la escuadra que había quedado en la mesa de estudio del abuelo, pulsarla, conversar un momento con ella, aplicarme su boca fría en el pecho y… ¡zas! Presionar el gatillo.

El estampido brincó por todo el silencio dominical entrando con ánimo de susto en todas las casas próximas y yo tirado en el suelo, con la boca abierta y un creciente charco de sangre junto a mí…

Por supuesto, cuando fueron volviendo los mayores, yo me levanté del suelo de aquel sueño secreto y me incorporé a las actividades habituales con el mismo talante y la misma energía de siempre.

Tal vez nunca me maté en realidad, porque muchos años después, cuando se me ocurrió aludir a mi primera experiencia con la muerte en una charla familiar, hubo aclaraciones que si bien  no terminaron de convencerme, al menos me incentivaron para hablar con mucho mayor cautela de asuntos tan propios y recónditos como eran mis ideas en torno al más allá, mis contactos  con ese espacio- tiempo en que se mueve todo después de la vida y el mismo acto de dejar de ser o comenzar a ser algo diferente.

Ni Safo, la poetisa que se lanzo al mar desde algún peñón de su isla natal, Lesbos; ni Hamlet con su incertidumbre y su dolor; ni la princesa zutuhil que se arrojó al lago de Atitlán con su príncipe amante quiché para evadir las furias familiares, convirtiéndose después a diario, en el viento Xocomil de las tres de la tarde de todos los días. Una versión muy anticipada a Romeo y Julieta en un perfil indio americano. Ni ningún suicida conocido por mí ahora, me ha abierto la puerta del misterio último que alimenta esa decisión, oscura y maravillosa, de prestarle nuestro concurso a la naturaleza para que el traslado, la metamorfosis, el ingreso a dimensiones no registradas todavía o el final absoluto se produzcan y todo continúe fuera de nosotros, quizá desvinculado de nuestra conciencia y nuestra inteligencia, como que después de la muerte, ya no hay tiempo o el tiempo ya no posee duración posible y los sucesos, si los hay, son pasado, presente y futuro simultáneamente.

Yo confieso que mi prístina tentación de bucear en aquellos entresijos del universo, se debilitó en más de una ocasión y cedió paso a impulsos poco más o menos pedestres, que, aunque aún partían de una almendra sentimental excelsa, respondían en buena parte a propósitos inmediatistas y… –Casi escribo “vulgares” -pero el vulgo sigue siendo un concepto de alta responsabilidad para mi ética personal por lo que debo buscar otro vocablo. Quizá rastreros, sí, rastreros puede decir lo que deseo expresar…

Respondían pues a meros impulsos rastreros, como el de venganza, desahogo, auto exaltación como personaje heroico o como mártir ejemplar. Todo aquello se aglutinó algunas veces en mi caletre sin tomar una forma definida, sino como un desaliñado montón de respuestas prontas ante situaciones conflictivas o moralmente desgarrantes.

Ahora, plantado frente al diminuto espejo de la memoria en el que se refleja alguno de aquellos episodios que estuvieron a punto de convencerme respecto a la emigración definitiva, no puedo dejar de sonreír casi beatíficamente, o hasta sarcásticamente al percibir cómo asuntos tan parvularios –por las dimensiones y la inmadurez- podían agitar con tal violencia mi espíritu.

Cierto que cuando se tiene el cañón de una escuadra colocado entre los dientes y se calcula vertiginosamente cómo sucederá aquello en el siguiente minuto, cualquier estímulo por ínfimo que sea, asume dimensiones monstruosas. Un goteo en el grifo de la pila, la voz de un niño en la calle, un céfiro perdido que arrastra  alguna fragancia, los arañazos del zopilote que se acaba de posar en las láminas del techo, un recuerdo a destiempo que se viene como un golpe fortísimo de acordes, escalas y hasta fugas, en una suerte de retazo sinfónico que, quizá como los inventaba Shuman, operan para sorprender todo el espacio de la conciencia. Retiro el arma, la deposito sobre la mesita que tengo frente a mí, la tensión de las muñecas se aminora y una especie de relax adormecedor empieza a ganar cada sector del organismo.

No ha habido detonación, ni sensación de destrozo descomunal dentro del cráneo, ni un último relámpago de conciencia en el transe hacia ese sector desconocido del universo…

Y pensar que era tan simple lo que ocurría a mí alrededor o más exactamente dentro de mi cabeza afiebrada.

En el más estricto rigor de la verdad, la gran mayoría de ocasiones en las que he estado a punto de incrustarme un proyectil en algún órgano vital, he contado con la determinación más auténtica, las condiciones más propicias, el escenario más adecuado pero no he tenido un arma que disparar, de modo que de la sobreexcitación de las neuronas, he pasado a la inhibición amplia sobre la zona de la corteza cerebral correspondiente, lo que equivale a un sueño profundo. Así quizá me embarco a medias en esas ganas de probar una sobredosis de cualquier  estupefaciente para garantizar un traslado sin ruido y aparato, sin dramatismo y espectacularidad, de este patio a ese otro oculto en la penumbra de lo incierto en que la nada y la eternidad circulan en un torrente sin riberas.

Empero, una de las veces que enarbolé mi conflicto como bandera de combate contra la vida y tomé la decisión de irme sin despedir  a nadie –lo reitero ahora al revisar ese espejo de la memoria donde se reflejan algunos hechos nítidamente- los argumentos se me fueron desmoronando hasta llegarme a convencer de lo deleznable de mi posición intransigente.

Hacía pocos meses que nos habíamos casado. Yo volvía a casa bajo una lluvia deliciosa de media noche. Entré cantando, traía toda la existencia como una llamarada que crepitaba dentro del pecho. El ánimo se me derramaba en ternura y deseaba aquella fusión de tactos, oleajes, mareas y gemidos dulces sobre el lecho. Apuré un último trago de aguardiente en el comedor y me precipité a al dormitorio, ahí olía a sueño y distancia, alguna flor marchita se escondía bajo la mesa de noche mientras la respiración de ella tenía un ligero ritmo de fiebre.

Mi abrazo fue respondido con un mohín y un movimiento de relajamiento, el beso casi quedó en el aire y luego de abrir sus ojos, unas pocas palabras entrecortadas:

“Si querés hacelo, pero dejame dormir, me siento mal y muy cansada…”

Por alguna asociación ilógica pero espontánea se me revelaron los rostros de los amigos presos, el cadáver del guerrillero muerto en un combate callejero, de esa suerte de desolación que iba inundando la patria palmo a palmo desde que un grupo mercenario había irrumpido con la obsecuencia del alto mando del ejército de mi país y todo había dado una caravuelta sin nombre, lanzando nuestros paradigmas democráticos al traspatio de la historia. Nuevamente consideré que no debía seguir ocupando un lugar en aquel espacio mancillado, y tuve un ferviente deseo de marcharme fuera del tiempo y del espacio conocidos. Creo que me vestí y que salí nuevamente a la lluvia, tal vez me instalé en un sueño móvil a lo largo de mi calle dormida hasta penetrar en una cantina, porque allí desperté cuando el sol daba de lleno y golpeaba mi mesa de suicida frustrado.

Pensé entonces en Pablo Wanrigth, aquel obrero comunista a quien Ubico mandó a fusilar entre los primeros de aquella lección macabra. Wanrigth quiso escapar, no del fusilamiento, sino de convertirse en un festín del tirano e intentó suicidarse, para ello se cortó las venas de la muñeca con algún vidrio roto, sin conseguir matarse. Solamente escribió en su celda de la penitenciaría “Viva la Internacional” con su sangre joven. A mí se me antojó hacer algo similar en aquella cantina, pero en ese momento la voz de mi mujer entró por la ventana y me llamó, entre sorprendida y disgustada. Volvimos a casa abrazados por la cintura y yo me percaté que ella aún tenía fiebre y que su actitud de la noche había sido perfectamente explicable. Sin embargo, el dolor por todo lo que envolvía la existencia colectiva de aquel momento, no bajaba de nivel y un cierto aturdimiento me bloqueaba la expresividad natural y me convertía en un receptor desactivado de mensajes.

Seguramente aquel briago discursante que escuchamos en una madrugada abrileña, no dejaba de tener razón en sus asertos. Afirmaba que los suicidas deberían organizarse en manifestaciones masivas, no importaba que se tratara de suicidas frustrados o cumplidores de su propósito, esto es, que en esos desfiles debían participar todos aquellos que tuvieran el impulso suicida aunque nunca lo hubieran puesto en acción, e incluso que junto a ellos, deberían marchar también quienes ya se hubieran suicidado, acto por demás controvercial, pero no fuera de la lógica surrealista que anima casi todo el accionar de este país.

Así que allá irían todos reclamando, en primera instancia, el respeto a la individualidad, vale decir, que no podían ni debían aceptar parámetros comunes ni rasgos idénticos entre ellos. Cada cual con sus antojos, sus caprichos, sus voluntades y sus sentimientos.

Y en este punto debo confesar que en el centro de mis móviles emocionales, se encuentra la curiosidad, de ahí que aquellos arrebatos por cobrarme con el dolor del otro, o con la espectacularidad de mi sacrificio, o con la admiración de otros espíritus frente a mi acto rebelde o loco, no puedan considerarse como el motor más determinante de mis ocultos anhelos de morir por mi propia mano. Más bien se trata de un gran antojo de conocimiento, de exploración, de encuentro con la revelación, -si la hay- de la vivencia de eternidad  e infinidad que probablemente se encuentra tras la transfiguración de la muerte.

Si todo se transforma y discurre, si todo es un proceso, el fenómeno de la vida es nada más que una manifestación efímera de una diminuta parte del universo. Al dejar de vivir, la materia se integra a otros sistemas materiales y el espíritu, producto al fin del funcionamiento de aquella, buscará su acoplamiento a esa energía que le corresponde, pero, la conciencia de ser yo mismo, lo que mi cerebro ha conseguido acumular como experiencia y conocimiento ¿a dónde queda? Algo de eso es lo que desde niño he querido sentir, experimentar. No es el acto de matarme, sino el fenómeno de la transformación definitiva lo que mueve mi ingente curiosidad. Obviamente, cuando la realidad de mi entorno se eriza de filos crueles y me desgarra, una suerte de esperanza me convoca a precipitar el fenómeno de la transfiguración y a dar el paso decisorio.

Cada suicidio que me ha correspondido presenciar ha provocado abatimiento y caos en mi fuero interno. Algunos, por supuesto, con mayor hondura y duración que otros. Recuerdo a Carolina, por ejemplo, cuyos ojos celestes se fueron apagando hasta dejarla totalmente ciega. Yo la visité muchas veces y quise penetrar en su abstracción silente y casi pétrea sin ningún resultado.

Ella había comenzado a aprender braille en la escuela para niños ciegos. Yo llegué hasta allí frecuentemente queriendo revitalizar aquella risa fresca, aquel ademán majestuoso y atrayente que la elevaba frente a sus interlocutores, pero sus quince años habían desaparecido y su encogimiento espiritual apretaba también sus músculos, ya no reía y casi no hablaba.

Fue una mañana de domingo, debió salir de su casa, avanzar a tientas por la callecita desolada hasta encontrar la línea del ferrocarril, esperar ahí, quién sabe sumida en qué angustia, hasta que oyó el ruido de la locomotora…

No permitieron que nadie la viera en el ataúd, yo hubiera querido disuadirla o acompañarla y me sentía culpable por mi impotencia y por haber sido aventajado por ella que ciertamente, todo lo que había querido, indudablemente, era librarse de un dolor, de una renuncia que estaba excesivamente abultada en su mente por los estereotipos y los prejuicios de una sociedad moralmente subdesarrollada.

Probablemente algún tipo de locura ofrezca la posibilidad de penetrar en ese recinto oculto situado al otro lado de la vida. Ahí donde dimensiones desconocidas estructuran el tiempo y el espacio de una manera distinta a la que nuestros canales perceptivos los captan en el transcurrir de nuestro planeta Tierra.

Recuerdo que un hombre loco de quien conseguí hacerme amigo durante mis prácticas de la clase de Psiquiatría de la Facultad de Medicina, me conversaba con un aire de evocación nostálgica, de sus experiencias después de haberse suicidado la primera vez.

Me advertía –y en esto coincidía con los mejores expositores de Física y Biología- que en el devenir de la materia lo único que permanece es el cambio, como ya lo enunciaba magistralmente Heráclito. Y en ese cambio de las cosas vivas, la descomposición y las recombinaciones químicas, producían otras cosas y otros seres, permitiendo que la energía se difundiera hacia otros centros de atracción que la absorbían y la reorganizaban.

Así –me decía- éste fastidio de ser un ente miserable, abyecto e indefectiblemente negado por todo lo que me rodea, desapareció y fui una parte palpitante, enorme, feliz del universo. Logré guardar este recuerdo y todavía lo conservo ahora que he retornado a esta diminuta y prosternada existencia humana, por eso, toda mi decisión, es la de volver a ingerir el veneno para ingresar de lleno en el ámbito infinito, eterno y pleno de la muerte.

La auténtica vivencia del ser, esa que algunos panteístas consideran que se encuentra en la fusión de nuestro átomo de conciencia con la conciencia de un dios, se recrea y se realiza cuando dejamos de ser las babuchas que somos y comenzamos a ser nuevamente materia inerte y energía flotante adherida a un sistema cósmico de inteligencia, voluntad y conciencia…

Me gustaba conversar con aquel loco ilustre y me gustaba también su intento de suicidio que por fin, se lo llevó del neuropsiquiátrico al cementerio con todo y su ánimo de recrearse magnificente y omnipotente en ese sistema no revelado de dimensiones cósmicas.

Asimismo, mi última entrevista con mi cuate el piloto, tuvo un sesgo inequívoco de mutis final, incluso vertió su verdad en un breve aserto lapidario: “Cuando sepás –me dijo- que he muerto en un accidente aéreo, tené la seguridad que morí feliz…” Así ocurrió. Cómo consiguió  estrellarse con todas las características de un acto involuntario, no lo sé, pero el padecimiento terminal que lo aquejaba y otras mil trampas de la vida, también debe haber estado ansioso por descubrir el misterio que divide un sector del otro,  y saltó con su aparato hasta la eternidad.

Muchas otras evocaciones de conspicuos suicidas transitan por mi memoria en una fila india solemne y conmovedora. Insertos en ese discurrir  cuasi cadencioso, van mis propios suicidios que ya dije, siempre tuvieron escenarios propicios, ámbitos a la medida, motivaciones justificadoras y una decisión incontrovertible, pero nunca un arma, porque cuando la tuve, como hoy que está esperándome aquí, en la gaveta del pequeño escritorio, siempre he tenido la certeza de que el peligro amainará, terminará por disolverse y ya no habrá necesidad de recurrir al episodio final.

Siempre me pareció que espiar en el misterio podría constituir un acto de pura curiosidad metafísica o, si se quiere una actitud contestataria ante los designios de alguna divinidad. Algo así como un arranque de protesta ante los dioses, una desobediencia calculada, aún corriendo el riesgo de quedar encadenado a una peña por andar  manipulando ese fuego sagrado, igual que Prometeo.

Con todo descubrí que frecuentemente esa búsqueda de castigo brotaba más de una reverente obediencia al destino que de una rebeldía consciente, ya que su impulso primario nacía de un sentimiento de culpa muy añejo, quizá conservado durante muchos milenios en el sótano de la conciencia colectiva, vale decir como Jung, del inconsciente colectivo.

Y es que todo ser humano transita desde su inconsulto aparecimiento en este mundo hasta su desaparición como ser vivo, por rutas erizadas de amenazas e inseguridades e indefectiblemente, con el peso brutal de culpas ancestrales, desde el pecado original, hasta los placeres de los sentidos, que en la versión de muchas iglesias no son tolerados por los dioses en boga.

Y uno, habiéndose introyectado todo aquel sistema de hábitos de movimiento y hábitos mentales que integran su cultura, indudablemente, también se entronizó en el comando de su soberanía espiritual, ese profundo torbellino de desazón y amargura que llamamos CULPA.

Supe de la muchacha que habiendo sido secuestrada, y luego de haber sido sometida a torturas físicas y morales hasta las violaciones más aberrantes, cedió y “cantó” lo que sus captores deseaban saber. A raíz de aquella confesión arrancada por la brutalidad, el terror y el desvanecimiento de la voluntad, les fue fácil perseguir y asesinar a dos de los compañeros de ella. Después la dejaron libre, pero al enterarse del resultado de su indeseable servicio, comenzó a obsesionarla un deseo de castigo y muerte que la llevó a un suicidio casi múltiple y dantesco que la sacó definitivamente de este mundo. Se clavó garfios envenenados mientras colgaba de una cuerda que paulatinamente iba apretándole el cogote irreversiblemente. El tiempo transcurre, siempre en el mismo sentido, es decir, nos aproximamos inexorablemente al futuro, lo convertimos en presente para que de inmediato, se transforme en pasado. Al menos así lo percibe nuestro equipo de sentidos y nuestro intelecto. La duración, en este sistema físico, y a la velocidad en que se desplazan los cuerpos que lo integran, no se altera y con ello, la hora de mi muerte parece aproximarse. No siento miedo, o más correctamente, me he decidido por el menor, porque prefiero ese acto deliberado y voluntario de asomarme al misterio por decisión propia, que caer en manos de los secuestradores que por toda la información que se ha podido obtener, se harán presentes a las once en punto de la mañana en esta casa. Yo, una vez escuche sus pasos y sus voces en el zaguán, alzaré la escuadra, rastrillaré el seguro, la apoyaré en la sien –sí porque he decidido que para este caso es mucho mejor que me vea con la tapa de los sesos volada. El espectáculo creo que tendrá forma de venganza y yo me reiré desde el silencio o la nada. No importa.

He abierto la gaveta del escritorio y he tomado el arma, la acaricio y le hablo en voz queda. Ninguno de mis compañeros podrá estar presente, quienes no están muertos están escondidos o fuera del país y los dos que me han ayudado a conseguir el arma y refugiarme transitoriamente en esta casa, desaparecieron anoche, seguramente también secuestrados. Ellos opinaban que era riesgoso hacerles frente a los perseguidores, que había que resistir hasta lo último, pero creo que no lo han logrado, el poder de fuego, la superioridad numérica y la protección con chalecos antibalas, reducen casi a cero la posibilidad de defensa y contraataque. Es preferible concluir en el momento preciso en que se sientan dueños de mi vida y de mi alma –si es que el alma existe y puede atraparse-.

El suicidio debe ser rápido, contundente, irreversible. Quizá por ello esos miles de suicidas lentos que van aproximándose a la muerte en cámara lenta, tienen el perfil de muecas vacías, seres ausentes que sangran su soledad por la castración del espíritu y la voluntad.

Los he observado con un dejo de piedad sobre sus sombras, avanzando tenuemente por el alcohol, la droga, el abandono. Se suicidan un poquito cada día y van penetrando desolados en las aguas grises de ese río crepuscular y muerto que rodea las propiedades del Hades de la humanidad actual.

Yo pienso lanzarme con decisión, resueltamente, quizá hasta con un grito de ¡HURRAA! Contra los que pretenden lanzárseme encima.

Pero suena el teléfono. Suspendo mis anotaciones y voy a atenderlo sin saber de qué pueda tratarse.

Continúo. Acabo de retornar al escritorio, he guardado reverentemente la escuadra despidiéndome de ella con un beso.

Mis amigos desaparecidos anoche, están ahí, vivos y celebrando la nueva situación, su voluntad de acompañarme en la defensa contra los sicarios fue substituida por otra acción mucho más importante y decisoria. Me acaban de comunicar que el jefe del grupo paramilitar que nos tenía amenazados, acaba de ser ejecutado por otros sicarios rivales suyos. El grupo que nos amenazó ha caído en desgracia con el ejército y en ese rejuego de la podredumbre,  se abre una rendija que permite respirar con algo de tranquilidad.

Iré a la calle, continuaré mis actividades habituales, volveré a confundirme en el torrente citadino y observaré nuevamente como el miedo, la soledad y el frenesí, sacuden a las multitudes en una danza desordenada, a ratos frenética, que la lleva a desembocar en los estadios, los bares, las protestas masivas o el discurrir por calles silenciosas.

Yo procuraré seguir los pasos de los orates disfrazados de cuerdos, me codearé con ellos y sorberé con ellos, para mi salud mental, de su trago sabatino, estrenaré un poema en las esquinas del barrio y correré, como los adolescentes, tras el viento que huele a manzana, a hembra y a futuro. Todo ello hasta que tenga que volver a suicidarme.

Autor: Mario René Matute

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