El Librito Rojo de Mao

Cuento de Gilberto Arriaza

Cuando el hombre se puso el papel doblado en la frente pálida y dijo: “la tierra se va a caer”, quedé como una roca, en total asombro. No podía creer que él hubiera podido descifrar lo que yo había escrito alejado de su mirada escrupulosa y penetrante. Su ayudante, una mujer delgada y de apariencia triste, lo había recogido de mis manos y puesto en una bolsa de tela roja junto al de los otros niños. El mago nos había instruido escribir cualquier cosa, que dobláramos bien el papel y se lo diéramos a su asistente. Este era el acto final del espectáculo del doctor Fuller.

El evento había comenzado con la desaparición de un conejo blanco, de ojos rosados y pasado de libras; luego había demostrado cómo desconectar una serie de argollas metálicas que formaban un collar. Al terminar de reunir las argollas individualmente, había pedido voluntarios para que las pusieran, de nuevo, entrelazadas. Por supuesto, aquello fue imposible. Acto seguido la mujer le había vendado los ojos y, después de señalar con su dedo índice huesudo y largo a uno de los niños en la audiencia, le había pedido al hombre que adivinara el color de la camisa o el tipo de suéter que llevaba puesto. Siempre acertaba. “Ese niño barrigón lleva una camisa azul”. A la vez que nos parecía su acierto un milagro imposible, nos reíamos en cascadas intermitentes. “Ese niño que parece chompipe, tiene un suéter cuello de tortuga”. De todos los magos, bailarines y payasos que nos visitaron ese año, éste dejó su marca imborrable. Mas esa memoria quedó clara en mí, más que por la magia, por lo que me ocurrió con los cuaches.

Éstos eran gemelos idénticos. Se deleitaban perversamente en confundirnos. En cuanto comenzó el curso ese año, se dedicaron a seleccionar víctimas. Siempre atacaban juntos. Su especialidad era quitarle a los más chicos el sándwich o el jugo del refrigerio, o un juguete traído de casa, una gorra nueva, en fin, cualquier cosa comible o usable. Al ser confrontados, uno de ellos solía responder: “¿Vos estás seguro que fui yo?”. “¿O yo?”, intercedía el otro. El efecto era rotundo. Confundidos, las víctimas perdían su caso.

Durante el recreo buscaban a los más distraídos. Uno de los gemelos sigilosamente se colocaba detrás, de rodillas y con las palmas de las manos sobre el suelo, de manera que su espalda quedara a la altura de las piernas del escogido, como banca humana. El otro cuache se aproximaba y, al decirle “hola, vos”, lo empujaba hacia atrás, cayéndole sobre la espalda al cuache que esperaba de rodillas. La victima siempre daba una pirueta en el aire y caía de cara al suelo. Quienes veían la acción se carcajeaban.

Para el día del acto del mago, el Magnífico Doctor Fuller, ya los cuaches tenían intimidada a casi toda la clase. Todos los días, antes que la maestra llegara al aula, se paraban en el frente y, comenzando con la fila de enfrente, le iban pegando en la cabeza, uno por uno, a los más pequeños. Cada cuache llevaba un anillo con la efigie de un león enorme. La nariz del animal, en alto relieve, se hundía en el cráneo de las víctimas. Cuando alguien protestaba, era amenazado con duras palizas a la salida de la escuela.

Aunque trepidaba con sólo pensarlo, había determinado que no los dejaría hacerme lo mismo que a los demás. Mi mejor amigo Cheko y yo nos habíamos prometido que nos defenderíamos juntos. Pero, la realidad era que confiaba más en que mi ángel de la guarda me protegería. Lo invocaba con una piedra de cristal que llevaba en la bolsa trasera de mis pantalones. Antes de entrar a la escuela la sobaba tres veces, todos los días. Hasta entonces aquello me había funcionado muy bien.

Para el espectáculo del doctor Fuller nos habíamos congregado en el patio interior de la escuela. Todos los chicos nos habíamos sentado en el suelo de cemento, expectantes e inquietos, bajo el tórrido sol de abril. Era alumno de la escuela de varones República de México, situada en la frontera entre el barrio Candelaria, donde vivía gente de casas con cochera, y el barrio La Parroquia, de artesanos, obreros y otros dedicados a vivir de los demás, y a quien mi padre llamaba, en tono despectivo, lumpen.

Cuando estaba por sentarme al frente y junto al escenario para la función, uno de los cuaches me tomó del cuello de la camisa y me dijo entre dientes “Te me quitás, Papé”. Quería mi lugar para su hermano. Extrañamente no me intimidé. Como ellos, yo había crecido peleando entre las pandillas de chicos en los barrios de la zona. Mi pandilla era dueña del Parque Navidad. Se lo habíamos ganado a los chicos de la Ermita, en una batalla campal de puñetazos y pedradas. Éramos temidos hasta por los chicos de Los Ángeles, uno de los grupos más temerarios y numeroso. Una vez nos establecimos como indisputables dueños de ese parque, fuimos extendiendo nuestro poder hacia otros parques del barrio, incluyendo el Cerrito del Carmen, que había estado bajo el control de los chicos de la Candelaria.

Al sentirme alzado en peso por aquella fuerza brutal, pensé de inmediato que no había nadie más capaz de hacerlo que los cuaches. Aunque sabía el riesgo mortal que corría, con una velocidad de relámpago cogí al ofensor por los testículos y, sin aflojar la tenaza de mi mano derecha, con la izquierda le di una cachetada que escuché repetirse en el eco del patio. Para mi fortuna ninguna de las maestras vio lo que sucedía. El cuache se desplomó con los ojos húmedos y me dijo “me las vas a pagar, Papé maldito”. Y concluyó: “Ya vas a ver lo que te va a pasar a la salida”. Me estremecí porque sabía que entre los dos hermanos me demolerían a golpes. Aún así no aflojé mi mano apretada en sus testículos por varios segundos que sentí infinitos. En cuanto lo solté se puso de pié y se corrió hacia atrás, donde estaba el otro cuache. Durante todo el acto del doctor Fuller sentí que ambos me quemaban la espalda con su mirada.

En el instante que el mago se despedía, busqué ansiosamente la dulce voz de mi profesora Consuelo y Barra. Ella era, junto a mi ángel de la guarda, mi salvadora y protectora. En varias ocasiones la seño Consuelo me había acompañado hasta el taller de sastrería de mi padre. No le importaba caminar hasta el otro lado de la línea del tren y empolvarse, o arriesgar sus tobillos en los hoyos de aquellas calles abandonadas de la ciudad.

“Aqui te traigo a Papé”. Le decía a mi padre. Me encantaba ver salir el sonido de mi apodo de sus labios. En realidad me llamaban Papelucho, ya que mi pequeño porte no invitaba a imaginarse más que un pedazo de papel, de allí el sufijo “ucho”. Tal era mi figura.

“Gracias, Consuelito”, respondía mi padre desde la silla en donde, de pierna cruzada, trabajaba hilvanando los trajes.

Yo sabía que mi padre tenía una amistad estrecha con ella, su marido Juanel Tenor Lozano, y otras personas extrañas. Los encontré varias veces leyendo, en un semi-círculo, una revista parecida a la que repartían en la calle los Testigos de Jehová. Siendo evangélico, me preguntaba por qué mi padre, cuando algo no le funcionaba, siempre decía “me cago en Dios”; tampoco entendía la razón por la que me pidió no contarle a nadie sobre tales reuniones furtivas. Mi curiosidad se agrandó una vez en que lo vi apurado esconder las revistas en una puerta de fondo falso del taller. “Van a haber cateos”, me explicó, “me lo dijo Chila”.

Fue su hermana Chila quien, en efecto, advirtió a mi padre sobre fuerzas malas e invisibles que visitarían el barrio “un día de estos”. Al pedirle más detalles, la tía explicó:

“Creo que vienen en camiones, armados hasta los dientes”.Mi padre cerró su taller el día que la premonición se cumpliría. Con dos operarios cavó un hoyo en el patio trasero de la casa. Allí enterraron varias cajas cuyos contenidos nunca supe. Al verlo meter en puertas de fondo falso las revistas que siempre leía en la noche con el grupo de extraños, me sumé a la obra.

Ciertamente, tal como la tía lo había advertido, el barrio fue tomado por tropas en verde olivo. Escuadras de siete soldados tomaron casa por casa. Me pusieron junto a mi padre con las manos en alto contra la pared, mientras le daban vueltas a las camas, tumbaban las cajas de retazos, metían las bayonetas en los baúles de la cocina y la oscuridad de cada rincón de los cuartos. De pronto uno de los uniformados llamó en voz alarmada y chillante a su jefe:

“¡Me encontré un libro rojo, sargento!”.

“ Tráigamelo inmediatamente, soldado” respondió el jefe de la escuadra.

“Aquí tiene mi sargento, la pasta es roja.”

“¡Comunistas!” Exclamó el sargento en tono celebratorio y acusador.

Mi padre palideció, pero al ver por una esquina de los ojos de lo que realmente se trataba, le dijo al jefe: “señor oficial, esa es la biblia que leo todas las noches. Aquí si algo somos es buenos cristianos”.

Al irse los solados le pregunté a mi padre que cuál era la importancia de la pasta roja. Me respondió que se trataba de un librito escrito por un chino llamado Mao. Si hubieran encontrado una copia del famoso librito rojo, concluyó, “me llevan de pié y jeta, m’ijo”.

En cuanto la campana anunciara el fin de la jornada del doctor Fuller, sabía que era irremediable lo que me esperaba. Mientras todos los demás niños alborotados comentaban sobre las maravillas del mago, yo más bien me sentía como un condenado. Al no escuchar o ver a la seño Consuelo busqué ansioso a Cheko, mi lugarteniente en la pandilla del barrio. Al verlo corrí hacia él y le susurré al oído:

“Los cuaches me quieren pegar, vos. Quedate conmigo”, le rogué.

“ ‘Ta bueno, Papé. Vos sabés que contra los dos no pueden”, me dijo con claro horror en los ojos.

Salimos de la escuela con un sólo plan – no demostrar miedo y correr lo más veloz posible. Pero los cuaches tenían mucha más picardía que lo que me imaginaba. Nos capturaron en el cruce de los rieles del tren. Inadvertidamente, para mi buena sorpresa, habíamos entrado al territorio de nuestra pandilla, y eso los cuaches no lo sabían. Todavía hoy no entiendo lo que me pasó, pero al recibir el primer manotazo en el medio de la cara y ver mi propia sangre, me enardecí. Le grité al cuache que me pegaba:

“Ya estamos en la Ermita, territorio de los Tecolines. Te voy a matar con esta navaja hijo de putas.” Mientras metía la mano en mi bolsón de lona raída pretendiendo buscar una navaja, le pedí a Cheko que corriera a llamar a la pandilla. Como era mi intención, el cuache que me atacaba se distrajo una fracción de segundo. Fue ese fragmento de vacilación del cuache que me sirvió para correrme hacia atrás de él, cogerlo por la cintura y, como había visto al Rayo Chapín hacerlo en el ring de la lucha libre, lo levanté como si fuera un costal de papas y lo boté al suelo. Me lancé enfurecido sobre él y lo golpeé incesantemente hasta que me dolieron los puños. El otro cuache, estupefacto, no se había movido ni un solo paso. En el momento que dejé a su hermano levantarse, comenzó a correr jalando al vencido, quien tenía la nariz sangrante. En ese instante volvía Cheko con diez tecolines.

“Déjenlos, muchá. Ya se pintaron,” les ordené y todos se detuvieron en el punto donde yo estaba.

Desde entonces los cuaches en la escuela jamás pegaron en la cabeza con sus anillos puntudos a los más chicos, no empujaron más a nadie, ni amenazaron con quitarnos el refrigerio de la media mañana. Eran una seda. La victoria sobre los cuaches me ganó nuevos amigos. De pronto los chicos pequeños me ponían sus quejas sobre los abusos o amenazas de los chicos grandes. Al principio los grandes no me tomaban en serio. Las cosas cambiaron cuando empecé a darles ultimátum usando el caló de los ladrones del barrio.

“Si tocás a un peque, mis carnales te van a sacar de tu chantle, te van a quebrar los focos, clavarse las baisas, y chingarse a tu jefa.”

Esa era una oración que me había enseñado El Turco, el mejor carterista de La Parroquia. La memoricé porque me parecía lapidaria. Hasta mucho después de estarla usando, supe lo que significaba: no le pegués a los más chicos, mis amigos van a ir a tu casa, te van a dejar ciego a golpes, te romperán las piernas, y le entran a tu mamá también. Lo último tenía doble intención – infligirle el mismo daño físico a la madre del amenazado, o tener sexo con ella, lo cual era absurdo porque no teníamos más de diez años. Pero la expresión funcionó a la perfección; pocas veces tuve que usar la fuerza contra los grandes.

Fue después del incidente con los cuaches que Los Tecolines empezamos a conspirar contra los camiones y jeeps que patrullaban el barrio, como desquite por las numerosas piras de libros de pasta roja que, equivocadamente, quemaron en el medio del Parque Navidad. Para lograrlo hacíamos tachuelas de tres picos y las tirábamos a su paso en las avenidas principales. Usando clavos galvanizados hacíamos camas de faquir en miniatura, las que colocábamos en las bocacalles, o sobre la calle Martí. Nos causaba alegría escuchar el shiiiii de las llantas desinflándose en la distancia, lo que por alguna razón me traía la imagen de los cuaches en la México.

 

Gilberto Arriaza

Doctor de filosofia por la Universidad de California, Berkeley.Catedratico titular de la Facultad de Educación de la Universidad del Estado de California, East Bay.

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