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En los primeros días del año 2012,  con mi familia hemos salido a caminar por el malecón de La Habana. Este lugar y La Habana Vieja, son los lugares que más disfruto  de la capital cubana. El sol es luminoso y  el olor a mar  penetrante. El viento  frío de esa época del año nos azota en la cara. Mis hijos caminan  sobre el pequeño muro del malecón mientras sus padres los siguen sobre la acera unos metros atrás. A lo lejos se mira la fortaleza de El Morro,  figura emblemática de la ciudad. Pasamos enfrente de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos de América, luego  enfrente de la Tribuna Antiimperialista y finalmente  enfrente de la estatua de José Martí que sugiere una evocación a aquellos momentos en que los Estados Unidos de América escamoteaban el devolverle a su padre el “balserito” Elián González.  Martí tiene a un niño en un brazo mientras con el otro señala acusadoramente hacia el lugar donde se encuentra la oficina estadounidense. Me gusta la escultura pero a Lisett, mi esposa, le parece panfletaria.

Panfletos aparte, ¿cuál es la verdad o mentira sobre Cuba? La derecha que me ha tocado escuchar, leer y ver directamente, la de México y Centroamérica, repite las tonterías que han propalado  los adversarios más recalcitrantes de la revolución cubana. Esta versión nos cuenta que Cuba está dirigida por una dictadura encabezada por uno de los más feroces dictadores del mundo: Fidel Castro. El pueblo cubano vive muerto de hambre y  aterrorizado por un régimen totalitario y ese terror totalitario es la explicación  por la cual la férrea conducción de los Castro se ha mantenido. Enfermo el hermano grande, el nepotismo coreano del régimen ha puesto en su lugar al pequeño, un hombre gris que ha vivido a la sombra de su hermano. Cuba es un fracaso económico, un ejemplo vivo del precipicio al que se conduce a un país cuando se abraza el estatismo comunista. En el resto de América latina se dice más o menos lo mismo y muy probablemente la parte más ignorante de la derecha europea repita tales sandeces.

Como siempre sucede con las ideologizaciones, para que sean eficaces es necesario articular elementos verdaderos con una buena cantidad de mentiras. Para empezar el análisis hecho desde la derecha, y sorprendentemente también el hecho  desde una parte de la izquierda, ignora la verdad contundente e insoslayable del bloqueo económico que ha ocasionado a Cuba pérdidas que probablemente hoy se estén acercando a 90 mil millones de dólares. Las demandas de democratización del régimen cubano ignoran olímpicamente el asedio político y militar que ha vivido la isla durante sus 53 años de existencia. Olvidan que la mayor potencia del mundo, sintiéndose amenazada por los atentados terroristas de 2001, promulgó ese año la llamada “Ley patriótica” una monstruosidad jurídica que viola derechos humanos y libertades civiles.

En Cuba ciertamente existe un régimen férreo. Se observa lo que alguna vez dijo San Ignacio de Loyola “En fortaleza asediada cualquier disidencia es traición”. Por ello, pese a las opiniones críticas de algunos lectores, la prensa cubana repite básicamente las verdades oficiales. No existe una democracia multipartidaria. El nivel de consenso hacia el régimen probablemente haya bajado después del derrumbe soviético que acrecentó las privaciones. Hoy parece remoto el éxito de masas que tuvieron series de televisión como “En silencio tenía que ser” (Jesús Cabrera, 1979) y la película “El hombre de Maisinicú” (Manuel Pérez, 1973) en las cuales el actor Sergio Corrieri personificaba a  infiltrados que sacrificaban absolutamente todo en aras de la patria y la revolución. Pero la oposición  al régimen en Cuba es minúscula, oportunista en muchos de sus integrantes y además está infiltrada por la seguridad del Estado. La economía cubana creció este último año en 2.7%, un 0.3% menos de lo esperado producto de incumplimiento de metas en la producción de alimentos, materiales de construcción y el transporte público. Lo que la derecha no puede explicar es cómo un régimen con tan desgarradoras dificultades no ha sucumbido ante un embate popular. Esto sucede porque Fidel es esencialmente distinto a Pinochet o a Ríos Montt, porque no hay terrorismo de estado, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales ni tortura, porque salud, educación y deporte se mantienen: este año la tasa de mortalidad infantil en Cuba bajó a 4.9 por cada mil niños nacidos vivos la más baja de América junto a la de Canadá. El porcentaje del PIB invertido en salud  es de más de 10%, mucho más alto que lo que se invierte en casi todo el continente.

Cuba ciertamente enfrenta el relevo generacional en su conducción y corre contra el tiempo. La generación de 1959 ha envejecido o ya se está muriendo. Blas Roca, Carlos Rafael Rodríguez, Celia Sánchez, Haydée Santamaría ya son recuerdo. Y nos hemos ido enterando de la muerte de Juan Almeida, Vilma Espín y Julio Casas Regueiro.

He aquí uno de los tantos dilemas de esa revolución que resiste y sobrevive.

Carlos Figueroa Ibarra

Carlos Figueroa Ibarra. Sociologo especializado en el tema de violencia política, terrorismo de estado, procesos políticos latinoamericanos. Autor de libros y artículos sobre esos temas.
Carlos Figueroa Ibarra

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