Las leonas viudas

Manolo E. Vela Castañeda
manolo.vela@ibero.mx

Foto: Jorge Antonio de León

A sus 22 años Leono, el león de “La Aurora”, el zoológico de Ciudad de Guatemala, sentía cómo aquel cuerpo que un día fue todo lo fuerte y lo ágil que él quería, así de bello y perfecto, se había convertido en su peor enemigo.

Le había alcanzado la vejez, la decadencia, ese tiempo en el cual el cuerpo pesa, se hace carga. Y así, estaba ciego, padecía artrosis, una enfermedad que hace doloroso el movimiento, y un tumor en la cadera, padecía insuficiencia renal, y su corazón ya no latía a un ritmo normal, nada desconocido para nosotros, homínidos. Con frecuencia entre los visitantes del Zoológico podía escucharse aquello de que el león ya estaba ‘pa’l tigre’. Sus 22 eran el equivalente de unos 95 de nuestra especie. Había pasado por aquella etapa en que las enfermedades preocupan a aprender a vivir con ellas, así, en plural.

Cuando las ganas de vivir –a pesar de todo– se hacen gigantescas.

Sus últimos días los pasó somnoliento, a la sombra. El sueño, ese placer que nos acompañará hasta el final de nuestros días. El sueño, cura temporal a los achaques de la jornada.

Durante las horas de vigilia se le podía ver con su caminar cansado, doloroso, frágil, como quien da un paso cuidando de no caerse, porque entonces todo puede empeorar.

Estaba ya imposibilitado de lanzar sus sonoros rugidos, que en otros tiempos se podían escuchar en cualquier rincón del Zoológico. Uno sentía como que la visita a “La Aurora” no estaba completa sin escuchar sus rugidos, que hacían chiquito el anuncio de las películas de la Metro Goldwyn Meyer.

Atrás quedaron los años cuando pasaba su boca y sus colmillos por la cabeza, el cuello y las orejas de sus amigas, Penzy y Cachorra, y agitaba su melena negra, y los dos rugían, se olían, se lamían, se revolcaban y olvidaban el estrés de estar en cautiverio, de no poder correr, cazar, pelearse. El festín tenía lugar entre dos y tres veces al año; y en aquellos felices días hasta se le olvidaba comer. Leono fue papá de 15 hijos que están regados por zoológicos de México, El Salvador y Honduras. Penzy y Cachorra, son dos de sus hijas. Leono había llegado a ese fin sin gloria en que la pasión se hace amistad, compañía, o indiferencia.

Su poder sexual era tal –de él, dicen en el Zoológico, todos sabemos que eso es más bien cosa de dos– que fue preciso hacerle la vasectomía, ese corte y ligadura de los conductos deferentes por los que fluye el líquido seminal. Y así, anestesiado, con las patas abiertas, acostado boca arriba y rasurado del área de su parte privada, el todopoderoso rey de la selva fue obligado a renunciar a dejar de extender su descendencia. Ni preciso fue explicarle que ya no había Zoológico para acomodar a más crías, porque eso de la procreación entre hermanos podía conllevar enfermedades o alteraciones genéticas; pero también que en el Zoológico ya no había presupuesto para alimentar a un ejemplar más, y que ellos tres hacían suficiente el espectáculo.

Estéril, pero no castrado; porque ello hubiera roto la relación con sus amigas, lo que habría llevado a la destrucción de la manada; y, de paso, hubiera perdido la melena. Y cabe preguntarse, como la letra de canción de Arjona: ¿Qué es un león sin melena?

A Leono lo salvaron de la muerte una tarde hace ya 20 años, cuando el personal del Zoológico llegó a San Vicente de Pacaya y se encontró con que los vecinos habían dado con el causante de una serie de muertes de perros, gallinas, marranos, cabras, y cuanto fuera olfateado por el animal. A falta de cebras, impalas y búfalos, cualquier cosa era buena para espantar el hambre. Los pobladores habían cavado un foso y puesto una trampa –y cuál sería el hambre del animal– que muy pronto cayó en ella. Pero la gente quería matarlo, darle castigo, no se conformaba con que ‘namás’ se lo llevaran a la ciudad para exhibirlo. Fue difícil convencerlos de que linchar al león no traería de vuelta a sus animales. ¿Qué querían? habrá pensado Leono: ¿Qué me hiciera vegetariano?

Y fue así como el león aprendió que había que tener cuidado de otra especie: los hombres, con sus ambiciones que les lastran la vida, y ni cuenta se dan, tan crueles con los que odian, pero también, a veces, con los que aman, y, lo que los hace aún peores, que se creen tan humanos, tan superiores.

¿De dónde habrá escapado para llegar a los alrededores del volcán de Pacaya? Es algo que no se sabe con certeza. Puede ser que al cuidador de alguno de esos circos de pueblo se le olvidó dejar bien cerrada la jaula del león y este logró escapar, pero el animal nunca mostró signos de haber sido amaestrado. Otra posibilidad es que a algún finquero de por allí le hayan regalado un cachorro que al principio parecía un pequeño gatito pero que, de pronto, se puso grande, y “el patrón” ya no supo qué hacer con él, y se le escapó.

Y así fue como llegó a aquella jaula cuadrada de gruesos barrotes de hierro pintados de negro, frías losas blancas de cemento y una malla metálica alrededor. Años más tarde lo trasladaron al recinto que ahora conocemos. Con el propósito de que los visitantes vean cómo fue el Zoológico en el siglo veinte, una de estas jaulas hace parte del actual recorrido; se halla cerca del acuario.

Pero, como manda la ley de la vida: el muerto al pozo y las viudas al gozo. Ahora, Penzy y Cachorra están a la espera de que llegue un nuevo ejemplar que pueda alegrarles la existencia. Nada más peligroso que dos leonas jóvenes, viudas, y mal entretenidas. No es que ellas necesiten un macho para procurarse el alimento, ayudarles en la cacería, porque en el Zoológico cada día tienen aseguradas sus 20 libras de carne; y los leones regularmente esperan que las leonas les lleven la comida; ni para protegerlas, porque en el Zoológico no hay invasores para disputar territorio. Necesitan un macho para pasar la vida, verse, olerse, saber que están allí y hacerse, uno que otro día, algunos cariños, eso que llaman
envejecer juntos.

Y fue así como el león aprendió que había que tener cuidado de otra especie: los hombres, con sus ambiciones que les lastran la vida, y ni cuenta se dan, tan crueles con los que odian, pero también, a veces, con los que aman, y, lo que los hace aún peores, que se creen tan humanos, tan superiores.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/domingo/2018/01/14/las-leonas-viudas/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Manolo E. Vela Castañeda

Manolo E. Vela Castañeda

Doctor en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México. Es profesor investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Ganador del Premio 2009 Academia Mexicana de Ciencias a la mejor tesis de doctorado. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México.
Manolo E. Vela Castañeda