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Carta de una esposa de dueño del país en la que nos incita a la fe.

Ante todo, muchas bendiciones para usted y que el Señor se apiade de su corazón lleno de odio y de resentimiento. Le escribo porque ¿sabe que me lo imagino sufriendo por todas sus carencias? Lo visualizo chaparrito, morenito, con ropita raída y muy enojado por no haber tenido televisor cuando era niño y, además, viviendo envenenado por el discurso que sus profesores le inculcaron en la Escuela Normal para Varones o en alguna otra institución educativa de esas que sólo sirven para la crianza de desestabilizadores políticos, haraganes y vividores. Mi gordo… ¿cuánto le pagan por sus columnas? No mucho, estoy segura, y eso lo frustra porque de plano quisiera viajar y divertirse de lo lindo como lo hacen las personas que tanto envidia, ¿no? Lo comprendo. Por eso le digo que a pesar de todas sus desgracias, aún le es posible vivir feliz. Eso sí, debe aceptar que, no obstante sus ofensas al Señor, Dios lo ama. Mire, se lo voy a explicar.

Yo soy una mujer muy feliz. Mi esposo es un respetado empresario, miembro de prestigiosas instituciones como el CACIF, la Liga Pro-Patria, la Fundación contra el terrorismo y el Opus Dei. Y es un hombre de mente tan abierta que me ha permitido convertirme al pentecostalismo siendo él un católico practicante. Nos une la fe en que al final de los tiempos, todos los justos nos reuniremos en Israel para ser arrebatados por el Espíritu Santo hacia la gloria eterna. En eso creo. Y por eso creo también en las soluciones, duras por cierto, que mi esposo y sus amigos proponen para este país y que usted ha enumerado con sarcasmo en sus más recientes columnas.

En efecto, él y sus amigos han reactivado los escuadrones de la muerte que fundaron durante el conflicto armado, pero ahora con un personal mucho más calificado, el cual opera por medio de nuestras propias empresas de seguridad y de los servicios de inteligencia de los monopolios nacionales y los oligopolios globales que operan aquí. Ese trabajo implica tareas de inteligencia que antes sólo hacía la heroica G2, y también operativos militares de diverso orden. Porque en efecto se trata de realizar una limpieza social en nuestro amado país. Y quiero decirle que este es un acto mandado por Dios y dedicado a Él, ya que implica deshacerse de quienes no lo aman y lo ofenden impidiendo que el progreso llegue a nosotros y que la gente pacífica y bien nacida se beneficie de sus esfuerzos y de su trabajo honrado.

Mi familia tiene todo lo que necesita y mucho más, bendito sea el Señor. Y queremos que toda la gente lo tenga. Pero para eso necesitamos libertad para trabajar. Y eso sólo puede lograrse asociándonos con las empresas transnacionales en los rubros extractivos. Por desgracia hay personas malintencionadas que se oponen a ello y que boicotean nuestros esfuerzos por traer el progreso a nuestro suelo. Son seres de corazones llenos de odio y que no respetan los valores familiares ni la decencia que todos los seres humanos debemos tener. Ellos son los que tienen que desaparecer por designio de Nuestro Señor. Y nosotros somos su mano iracunda.

Sé que esto a usted le molesta porque vive prisionero de su corazón resentido. Pero si le entrega su sufrimiento a Dios, verá como Él le dará la paz de la que gozamos los buenos (que somos más). Hágalo. El amor abrasará su corazón acomplejado, dejará atrás la envidia que siente hacia los buenos, y será salvo. Amén.

Mario Roberto Morales
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