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Jaime Barrios Carrillo

Los pueblos nunca dejan de sorprendernos. En todas partes y tiempos. El guatemalteco no es la excepción. En enero de 1944 un visitante europeo resaltó la tranquilidad de las calles y el campo de Guatemala aunque advirtió el temor que reinaba en el ambiente. Nadie se atrevía a hablar nada que pudiera comprometerlo. Y todo era comprometedor. La Policía arrestaba al que consideraba opositor.

Si el visitante europeo hubiera regresado en junio de ese mismo año hubiera encontrado una nación en efervescencia. Los maestros clamaban por justicia laboral. Los estudiantes universitarios manifestaban su repudio a la dictadura. Comenzaron las manifestaciones de protesta, que no había habido desde hacía muchos lustros. Los periódicos independientes se atrevían a criticar la corrupción. Y un grupo de jóvenes escritores llamado Acento, entre los que estaban Augusto Monterroso y Otto Raúl González, se sumó a las protestas. Los poemas de Otto Raúl González se habían publicado con el título Voz y voto del geranio. En un país sin elecciones democráticas la palabra voto era un desafío: Pues la tierra es de todos y de nadie el geranio se propaga por la tierra pues la luz es de todos y de nadie el geranio mora en la luz .

Vimos y escuchamos este histórico 29 de julio un clamor por el cambio en todo el país. Y, guardando diferencias, podríamos hacer una analogía con aquellos lejanos días de 1944 que condujeron a la gesta cívico-militar de octubre. No estamos a las puertas de una nueva revolución pero sí a las puertas de algo. Resulta innegable que el pasado jueves el pueblo mostró que ha comenzado a perder el miedo, que es capaz de organizarse para protestar. Hubo manifestaciones en toda la República y no se trata de un grupito de bochincheros.

Debemos resaltar la participación de los pueblos originarios y sus organizaciones y representantes. La opresión y explotación sobre los pueblos de origen maya han continuado a lo largo de la historia, basta con recordar las escenas libertarias en Totonicapán en 1820, lideradas por Atanasio Tzul. Totonicapán ha marcado la diferencia.

No se puede entender Guatemala sin los pueblos originarios. Durante siglos las elites depredadoras se han enriquecido a expensas del campesinado indígena. La economía sobrevive en mucho gracias a las remesas que envían desde Estados Unidos los migrantes indígenas y los campesinos mestizos. El turismo por su parte ofrece la “Guatemala maya”, Tikal y otros sitios arqueológicos, también los actuales textiles y artesanías con su fantástico colorido. Pero el campesinado indígena poco se beneficia del turismo y en cambio sufre las consecuencias del sistema junto a los embates de la naturaleza, la pandemia, la ineficiencia y la corrupción mayor de un Estado con ausencia de políticas efectivas de desarrollo. Irrefutables resultan los altos índices de pobreza, desnutrición, falta de escolaridad, carencia de tierras y salud precaria que asolan a los pueblos mayas. El racismo, además, se expresa en un odio sublimado o abierto. El poeta k’iche’ Humberto Ak’abal nos ha dejado un testimonio en sus versos: Cuando nací me pusieron dos lágrimas en los ojos para que pudiera ver el tamaño del dolor de mi gente.

Por otro lado, las muestras de repudio a nivel académico se vieron con estudiantes que durante una clase virtual impartida por la fiscal general Consuelo Porras le criticaron con firmeza sus acciones. No tardó para que se hicieran señalamientos públicos de plagio en la tesis doctoral de la Fiscal General, lo que llevó a que la Universidad Mariano Gálvez se viera obligada a manifestarse aunque lo hizo con un argumento evasivo. El plagio académico es una falta grave que atropella la ética. Una acción velada y premeditada que por oficio siempre debe ser investigada en el marco de los estudios superiores.

¿Cuándo se nos fue el país al despeñadero? Todos los indicadores de desarrollo humano muestran las serias deficiencias sociales: desnutrición, educación en franca caída libre, inseguridad, violencia de género, linchamientos, infancia afectada, desempleo.
Guatemala tiene una crisis social y política que el régimen de Giammattei ha catalizado con la decisión arbitraria de destituir al fiscal de la FECI, Juan Francisco Sandoval. Una situación que deberá resolverse porque no puede seguir alargándose la problemática de corrupción estatal y del crimen organizado incrustado en el Estado.

El clamor popular en estos momentos es un indicador de que estamos ante un proceso de cambio. El sistema no da para más y resulta cotidianamente perjudicial para muchos ciudadanos. La clase política en el poder agotó su lugar en la historia. Comienzan a ser historia. La ultraderecha aliada con las elites, a las mafias y con el apoyo de militares retirados y otros en servicio constituyen un Pacto de Corruptos que han llevado a Guatemala a un punto sin retorno. Tenemos a la corrupción y a la impunidad como formas de gobierno.

Las malas costumbres de los corruptos y sus defensores oficiosos nos tienen abrumados. A pesar de que han cooptado las Cortes, el Congreso, el Ejecutivo y otras instituciones, su capacidad de respuesta ante las necesidades es nula. Solo saben conspirar, actuar en lo oculto, manipular opiniones, desinformar y lo que más saben: reprimir. Bien los conocen los pueblos originarios. Lo que definitivamente ignoran es gobernar. Giammattei es prueba irrefutable de esa incapacidad y prepotencia.

Nadie puede profetizar si Giammattei se va o si decide sacrificar a la Porras. No es lo fundamental si vemos las cosas con más profundidad. Lo esencial ahora es la articulación de las fuerzas que están por el cambio social, económico y cultural del país. De alguna manera este 29 de julio marca el arranque de una nueva actitud ciudadana. Es como un gran acto preelectoral. Un decir no a los corruptos, a los genocidas, a las elites depredadoras. Un no a Zury Ríos y a sus alfiles en la Corte de Constitucionalidad. Un no al tal Allan Rodríguez. Un rechazo a la Fundación contra el Terrorismo y a su trasnochada ideología anticomunista. Y desde luego, un rotundo no al incorregible Giammattei y a su “vigilante” Porras.

No aceptemos aquello de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. El pueblo de Guatemala merece algo mejor. Las movilizaciones, los comunicados, los periodistas y analistas independientes están mostrando que sí se puede. Aún más: que se debe, que es hora de cambiar las cosas.

Hay cansancio con tantos políticos y funcionarios deshonestos. No pocos se presentan como muy religiosos. Oran hasta para ir al baño. Dios por aquí y Dios por allá. Pero en la práctica hacen lo contrario de sus falsas oraciones y de sus hipócritas deseos de “bendiciones”. Más bien han llenado al país de maldiciones, derivadas de la pobreza producida por la política corrupta y el sistema económico excluyente y expoliador. Las carencias y la miseria convierten por desesperación a la sociedad secular en una religiosa. Un país anclado en La Colonia, en una especie de Edad Media, como en los países islámicos fundamentalistas. Resulta lesivo este autoritarismo casado con la corrupción estructural, bajo el signo de la impunidad y falta de justicia. ¿Podrán cambiarlo las elecciones?

Un sistema democrático implica mecanismos sociales de toma de decisiones. Lo anterior es positivo, mas funciona siempre y cuando haya una cultura democrática y una ciudadanía activa. El compromiso ciudadano es ahora más importante que nunca para el cambio. El pueblo guatemalteco no puede llegar desunido a las próximas elecciones. Mientras tanto, la democracia está hoy en las plazas, en las carreteras y en el campo. Y en las mentes de los ciudadanos libres y de buenas costumbres.

Nadie puede profetizar si Giammattei se va o si decide sacrificar a la Porras. No es lo fundamental si vemos las cosas con más profundidad. Lo esencial ahora es la articulación de las fuerzas que están por el cambio social, económico y cultural del país.

Fuente: [elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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