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Carlos Figueroa Ibarra

En abril de 2019 tuve el privilegio de ser parte de una delegación oficial de Morena que fue invitada a China a un viaje de intercambio con el Partido Comunista Chino. Por mis lecturas estaba advertido ya que el proceso iniciado en China con el gran viraje encabezado por Deng Xiaoping en 1978, distaba mucho del cuento de hadas pintado por el triunfalismo neoliberal. Mis conversaciones con los cuadros del PCCh que nos atendieron,  me confirmaron que  efectivamente  las grandes transformaciones efectuadas por dicho partido bajo el liderazgo de Deng, no era la reversión de China hacia el capitalismo. Todo lo contrario. Partiendo de la idea de la separación tajante entre el poder político y el poder económico, el PCCH desmanteló el modelo soviético de socialismo e inauguró lo que llama “socialismo con características chinas”. El modelo chino parte de la base del impulso estatal de un capitalismo rampante pero que no abandona la rectoría del Estado ni el control del poder político. Esta separación del poder político y el económico es lo que permite que el objetivo de construcción socialista no haya sido abandonado y que para 2049 después de 100 años de revolución, se tenga proyectado el inicio de una segunda fase del socialismo chino, “el socialismo desarrollado”.

En abril de 2019, cuando visitamos China, en el país había 17.5 millones  de pobres. La dirigencia china nos hizo saber que en diciembre de 2020, China habría erradicado la pobreza y se convertiría en “una sociedad medianamente acomodada”. El inicio en Wuham de la pandemia me hizo pensar que tal objetivo no se cumpliría. No sucedió así: en noviembre de 2020, un mes antes de lo previsto, China anunció que había terminado con la pobreza. En 2013, uno de cada tres condados de China estaban afectados por la pobreza, en total 832 que contabilizaban 80 millones de pobres. En un país  que se acercaba a los 1,400 millones de habitantes, la cifra era baja y revelaba la proeza de haber sacado de la pobreza a 700 millones de personas.

Pero como China no es un país capitalista, el fomento del crecimiento del gran capital hecho por el Estado también se ve acompañado de severas penas si los grandes capitalistas rompen las reglas del juego impuestas por el PCCh. El caso más reciente es el de Jack Ma, el hombre más rico de China (37 mil millones de dólares, lugar 17 entre los opulentos del mundo), propietario de la empresa Alibaba y otras más. Ma se permitió criticar en público las  regulaciones estatales a la empresa financiera que estaba colocando  en la bolsa y el resultado fue que el gobierno le quitó esa posibilidad y ahora se encuentra en la congeladora. Otros magnates han caído en desgracia: el potentado inmobiliario Ren Zhiqiang y el empresario de seguros Wu Xiaohui, hoy condenados a severas penas carcelarias por actos de corrupción. Indudablemente China es una sorpresa no sólo por su crecimiento vertiginoso, sino también porque acaso esté reinventando el socialismo.

Pero como China no es un país capitalista, el fomento del crecimiento del gran capital hecho por el Estado también se ve acompañado de severas penas si los grandes capitalistas rompen las reglas del juego impuestas por el PCCh.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Carlos Figueroa Ibarra
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