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Carlos Figueroa Ibarra

En México cuando alguien camina  triunfalmente se dice que “anda en caballo de hacienda”. Ignoro el origen de la expresión, pero fue lo primero que se me ocurrió cuando supe de los resultados de las elecciones del pasado  domingo 28 de febrero en El Salvador. Con los datos disponibles en el momento de escribir estas líneas,  se avizora que el naciente partido del presidente Nayib Bukele, Nuevas Ideas,  creció  vertiginosamente  al ganar  al menos 43  de los 84 escaños que componen al poder legislativo. Es posible que aliado a  la Gran Alianza por la Unidad Nacional pueda obtener los 56 diputados necesarios para tener mayoría calificada y con ello poder designar   integrantes de la Corte Suprema de Justicia,  del Tribunal Supremo Electoral, Fiscal General, así como aprobar préstamos internacionales. Nuevas Ideas  habría ganado además  las 14 cabeceras departamentales. Los dos grandes partidos del sistema bipartidista  de la posguerra salvadoreña han sido severamente derrotados pues Arena  habría obtenido 12 diputaciones y el FMLN aproximadamente 8.

Una nueva situación política ha surgido en El Salvador. Ha terminado el bipartidismo y se ha reafirmado el liderazgo carismático de Bukele que tiene similitudes pero también  esenciales diferencias con respecto al otro gran liderazgo en la región, el de Andrés Manuel López Obrador. Con respecto a las primeras, hay que decir que la emergencia de Bukele es debido al desgaste de los dos grandes partidos los cuales después de 30 años  terminaron decepcionando a la ciudadanía por su ineficacia, políticas antipopulares y  corrupción. Al igual que López Obrador, Bukele ha reafirmado su enorme popularidad con su gestión presidencial y su carisma está haciendo que el partido fundado por él se haya convertido de manera vertiginosa en un actor poderoso en la política nacional. A diferencia de Andrés Manuel, Bukele es un líder errático, autoritario y de filiación esencialmente derechista. Su postura frente a las demandas de género, su animadversión hacia Venezuela, su disgusto  ante el establecimiento de relaciones con China y desplantes como la toma con policías y soldados del Congreso revelan su talante.

Es indudable que el estilo de Bukele gusta a la gran mayoría del pueblo salvadoreño. Ha logrado convertirse en la encarnación de la lucha contra la corrupción, algo que no hicieron los otros dos partidos históricos del país. Logró negociando con las maras 18 y Salvatrucha bajar de madera drástica la tasa de violencia delincuencial  que en 2015 rondaba los 103 asesinatos por cada cien mil habitantes a solamente 19. También Bukele ha sido exitoso en implantar la imagen de un presidente joven, ejecutivo, eficaz y trabajador desde los primeros días de gobierno. Ha entregado viviendas a damnificados, repartido computadoras a los estudiantes, construyó un hospital grande y moderno que ha despertado admiración y es un eficiente comunicador a través de las redes sociales de tal manera que ha sido calificado como un “presidente milenial”. Lo sucedido  en El Salvador no es menor: los dos grandes partidos salvadoreños fueron aplastados y se ha consolidado un líder de largo aliento. Tendremos Bukele para rato.

Bukele es un líder errático, autoritario y de filiación esencialmente derechista. Su postura frente a las demandas de género, su animadversión hacia Venezuela, su disgusto  ante el establecimiento de relaciones con China y desplantes como la toma con policías y soldados del Congreso revelan su talante.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Carlos Figueroa Ibarra
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