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Bajarnos del tren del progreso

La pobreza mundial ha aumentado y el planeta cada día está más contaminado.

Marcela Gereda

Como dice el antropólogo Arturo Escobar la obsesión por el crecimiento económico llevó al capital y a la modernidad que destruyeron y siguen destruyendo el planeta. Escobar propone bajarnos del tren del progreso (porque es lo que está acabando con nosotros) y acabar con esta economía extractivista.

Recientemente estuve en Amatitlán. Además de un lago muerto con olor a desagüe, me encontré con grupo de niños escolares que intentaban jugar pelota tapándose la nariz por el hedor. Un lago asesinado por la negligencia política y por un falso modelo de desarrollo impuesto por el capitalismo.

El capitalismo bajo la falsa noción de generar “desarrollo” y “modernidad” se ha encargado de destruir bienes naturales, aniquilar especies y enfermar a millones de personas. Nos han dicho por décadas que explotar los recursos naturales traerá riqueza. Según dicha premisa se acabaría con la pobreza. La pobreza mundial ha aumentado y el planeta cada día está más contaminado.

Amatitlán no es un caso aislado, es una metáfora de lo que le sucede hoy en muchos lugares del planeta: población con poca salud, reducción bestial de las especies y polución.

Con la Revolución Verde (pesticidas, abonos químicos, semillas mejoradas, riego, etcétera) de hace más de treinta años, nos vendieron la falsa idea de que se pondría fin al hambre mundial. Los alimentos genéticamente modificados iban a acabar con las hambrunas. Hoy, por el contrario, el planeta entero está contaminado de pesticidas y la población se está enfermando con el envenenamiento que producen los alimentos procesados.

¿Cómo inventar y aplicar un modelo de desarrollo, pero uno que no ponga en venta manos, tierra, mentes, y recursos naturales?, ¿cómo invertir las prácticas de las empresas de usar el lago como vertedero para volverlo un lugar sano para respirar y vivir?

El crecimiento indefinido en un mundo finito es, obviamente, una imposibilidad, y la única estrategia razonable ante esta evidencia es como señala el filósofo y economista francés Serge Latouche, el decrecimiento, cuyo objetivo central implica sobreponerse al anhelo consumista e individualista de un sistema económico basado en el crecimiento ilimitado, para generar una sociedad menos materialista, más solidaria, más autosuficiente y menos alienada al trabajo.

Dice Latouche: “las ideas de crecimiento y desarrollo han sido asimiladas por el grueso de la población como un culto religioso. La felicidad y la plenitud personal no están intrínsecamente relacionadas a la acumulación infinita de bienes materiales. Por el contrario, cuando la obsesión por acumular riqueza aumenta, se genera una ilusión de superioridad y arrogancia que fractura el tejido social. Se premia al individualismo y la competitividad, en vez de construir relaciones humanas comunitarias y solidarias”.

Para mí la salida está en, primero en contar con un marco legal para regular a quienes históricamente han saqueado y degradado la tierra. Segundo, abandonar el actual modelo de desarrollo, acabar con la civilización del desperdicio y lo desechable. Abandonar la idea de que para ser feliz hay que consumir y producir, volver a prácticas ancestrales de agroecología. Y aliarnos al movimiento del decrecimiento de Latouche y que ya muchos están practicando. La respuesta no puede (ni debe) venir de occidente otra vez. Habremos de darle entonces por fin otro color y altura a la historia.

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/opinion/2018/07/23/bajarnos-del-tren-del-progreso/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda
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