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Kwanyuswa, KwaZulú-Natal, Sudáfrica

Foto: Ricardo Ramírez Arriola / 360º

Historias fugitivas

La fotografía a veces invita a leer haiku, poesía, cuentos cortos… Supongo que para tratar de entender a través de la experiencia escrita de otras miradas esos instantes fugaces que se nos cruzan a todas y todos todo el tiempo: al cruzar la calle, en el metro, en una marcha, en un horizonte solitario o a través del reflejo de una ventana.

Se trata de instantes milimétricos que construyen cotidianidades, que todo el tiempo sintetizan aventuras de vida, que están ahí a nuestro alrededor haciendo guiños, proponiéndonos posibles grandes historias, fugaces y hondas, reales o no tanto, o simplemente alucinados espejismos interiores.

Desde niño ha sido un juego buscar o imaginar historias, quizá como una buena forma de acompañamiento en momentos áridos. De ahí que en este navegar vital no ha sido difícil que ese juego se volviera maña, herramienta, ejercicio, reflejo, y siempre un gozoso divertimento, independientemente del resultado “escrito”.

Todo el tiempo en el andar se nos sugieren pequeñas historias, en bocetos o reminiscencias. Ellas te provocan al salir a la calle o al no hacerlo, sin darte tiempo siquiera de reflexionar a consciencia en su esencia, a traducirlas a palabras y aún menos a oraciones. De ahí que la cámara se vuelve una extensión cerebro-epidermis-corazón-entraña, un disparador-catalizador, una simple red para atrapar libélulas. Un arma para gozar de ese instinto primario que significa la caza, para luego soltar las presas al vuelo, para que revoloteen libres, desapercibidas o no; para que en el mejor de los casos sean a su vez reinterpretadas desde otras miradas, desde otras historias contenidas y quizás reinventen anécdotas y nuevas sensaciones.

Todas las imágenes en su génesis son síntesis y conjunción de otras historias ya caminadas y por caminarse, tanto por quienes las habitan y en ellas están dibujados, así como por lo que construye a quien intentó pescarlas al vuelo en medio de la vertiginosa danza de la cotidianidad.

Todo puede ser fotografiado y todo amerita ser narrado algún día. Sólo hace falta que se conjugue la alquimia, que se logre tejer en algún lugar la necesaria comunión del instante.

Cíclicamente regreso al archivo donde siguen siendo más las fotos que nunca he visto que las que conozco en realidad. Se ha vuelto un juego. Establezco unos minutos de tiempo y abro puertas al azar para ver qué se asoma. Evidentemente, la mirada con la que regreso a lo ya andado es bastante temperamental; a veces busca retratos, movimiento, luchas, amistad, ciudades u horizontes. A veces la mirada se vuelve monotemática, lo sé, y en otras se pierde. Últimamente, quién sabe por qué motivo, al echar el vistazo juguetón han dado un paso al frente tomas solas que me han querido recordar o sugerir -a veces a manera de acertijo, trazos que a mí me han sugerido pequeñas historias latentes. Van pues al vuelo, a como salgan y cuando aparezcan, a manera de ejercicio fotográfico, para que los ojos no se oxiden mientras no rolen por ahí, pero sobre todo como un mínimo homenaje al simple instante.

…la cámara se vuelve una extensión cerebro-epidermis-corazón-entraña, un disparador-catalizador, una simple red para atrapar libélulas. Un arma para gozar de ese instinto primario que significa la caza, para luego soltar las presas al vuelo, para que revoloteen libres, desapercibidas o no; para que en el mejor de los casos sean a su vez reinterpretadas desde otras miradas, desde otras historias contenidas y quizás reinventen anécdotas y nuevas sensaciones.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente: [Facebook]

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