Autor: Gilberto Arriaza

El Librito Rojo de Mao. Gilberto Arriaza.

El Librito Rojo de Mao Cuento de Gilberto Arriaza Cuando el hombre se puso el papel doblado en la frente pálida y dijo: “la tierra se va a caer”, quedé como una roca, en total asombro. No podía creer que él hubiera podido descifrar lo que yo había escrito alejado de su mirada escrupulosa y penetrante. Su ayudante, una mujer delgada y de apariencia triste, lo había recogido de mis manos y puesto en una bolsa de tela roja junto al de los otros niños. El mago nos había instruido escribir cualquier cosa, que dobláramos bien el papel y se lo diéramos a su asistente. Este era el acto final del espectáculo del doctor Fuller. El evento había comenzado con la desaparición de un conejo blanco, de ojos rosados y pasado de libras; luego había demostrado cómo desconectar una serie de argollas metálicas que formaban un collar. Al terminar de reunir las argollas individualmente, había pedido voluntarios para que las pusieran, de nuevo, entrelazadas. Por supuesto, aquello fue imposible. Acto seguido la mujer le había vendado los ojos y, después de señalar con su dedo índice huesudo y largo a uno de los niños en la audiencia, le había pedido al hombre que adivinara el color de la camisa o el tipo de suéter que llevaba puesto. Siempre acertaba. “Ese niño barrigón lleva una camisa azul”. A la vez...

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Lidia. Cuento de Gilberto Arriaza.

Lidia Para Miguel de Jaén Cuento Miguel José García podría competir, si quisiera, en elecciones a cualquier puesto publico y podría fácilmente ganar. Es tan popular que su nombre se ha convertido en slogan, uno que invoca flamenco y toros, las dos actividades más grandiosas en la región. Como resultado de la fusión del deletreo de la inicial “M” y de la inicial “J” le llamaban Emejota, o simplemente Emejó, con acento lleno en la final “o”, El sábado en que se celebraba el Día de la Cruz en el pueblo, Emejó y yo salimos a las ocho en punto de la casa frente al mar. La mañana era esplendorosa y límpida. Llegamos cuando ya habían pasado más de treinta minutos en que el camión tráiler había sido estacionado junto al corral. Estábamos en la parte trasera de la redonda plaza de toros donde las corridas de las fiestas empezarían esa misma tarde. Al llegar Emejó saludó a todos y cada uno de los hombres congregados en la puerta metálica de la entrada. Lo esperaban ansiosos. Subimos con ellos las escaleras de la plataforma de aluminio, que se elevada en medio de los corrales. Desde allí observamos cada toro salir del camión tráiler. Dos hombres levantaban una rejilla lateral del camión tráiler y conminaban a cada toro a salir y dirigirse por un túnel estrecho, hasta la puerta de...

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