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El silencio de la tarde lo envolvía, el viento corría de un lado a otro del valle, los pinos se mostraban opacos, por el reflejo de los cortinajes sombríos que avanzaban y mataban a cada paso, a cada segundo, la luz del astro que iluminaba el valle, el valle se cubría con la frazada de la tormenta. Sus ojos buscaban una gota de color, pero las gotas que el cielo regalaba eran pálidas, cristalinas, sin color alguno, tan monótonas y simples como el beso del viento una tarde verano. Sus ojos contemplaban con asombro las cortinas que avanzaban sobre el valle, color oscuro, color de tiempo, color de muerte. Los rugidos del cielo hacían que él se sentara mejor sobre su silla. El viento arreciaba y los ángeles de la muerte cubrían con sus alas el inmenso lienzo de una tarde tormentosa, la tarde tomaba color de pluma, mientras las aves buscaban escondite para soportar la tormenta. Sus manos sostenían el bastón, húmedo por las lágrimas de los ángeles, mojado y tan igual, como siempre, las lágrimas no tienen color, igual da, sus ojos no distinguen color alguno, es ciego de nacimiento.

 

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