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El año viejo empezaba a menguar, abriendo un velo de esperanza…En las calles el olor de pólvora de los cohetillos se mezclaba con los aromas de las fiestas de fin de año y más de uno le sorprendía las doce fuera de casa, pera darle vida al estribillo de aquella vieja canción: “Faltan cinco pa’ las doce el año va terminar, me voy corriendo pa’ casa abrazar a mi mama…”

Pero aquellas fiestas para despedir el año llevaban en su esencia una letanía de manías que solo Dios sabe quién nos las heredo… Pero eso sí, todas eran realizadas con ese toque de solemnidad y humor que caracteriza a los hijos de la tierra de la “Eterna Primavera”. Desde preparar las doce uvas para cuando den las doce, o comprar con antelación la ropa interior del color que mejor refleje los augurios para el nuevo año; otros preparando el vestido nuevo para la imagen del niño Jesús… Los papas echando pino en el piso, para que se impregne el olor en toda la casa, las mamas ultimando los detalles de la cena, los tamales, el ponche, el lomo relleno, la pierna horneada, el champan, las velas y por supuesto ese pan, que llamamos torta con fruta cristalizada, pasas y ese sabor tan delicioso…Los muchachos con sus discos de acetato en el brazo con los últimos éxitos en ingles y español, las muchachas revistiendo su belleza con atuendos, los patojos con sus cohetillos y canchinflines listos pa’ guerrear con los de la cuadra.

Con fiestas en todas partes para colados e invitados, con abrazos a granel, ponche con piquete y ese calor que entibia la última noche de diciembre, se despide el año y van quedando atrás las alegrías y tristezas, los recuerdos chocan con las nostalgias para develar el presente, en el alma y en la mente se tiene presentes a aquellos que han dado ese salto a la eternidad y en las cenas y reuniones se escuchan viejas y nuevas canciones, que luego se hacen callar cuando alguien alza su copa para brindar.

Todo eso y más pinta aquella despedida, que es a la vez bienvenida…al día siguiente, los que consiguen madrugar a eso de las 10 de la mañana encienden la televisión para admirar las carrozas del “Desfile de las Rosas”, los patojos recogiendo los cuetes que no explotaron, los muchachos preparándose para salir en estampida al centro de la ciudad, luego de leer el periódico como si fueran zurdos de atrás hacia adelante, buscando las carteleras de los cines. Y así al medio día, después del saludo y abrazo de año nuevo, la muchachada de la Colonia salía en caravana a las diferentes salas de cine de la ciudad, pues nadie sabe por qué razón los chapines tienen ese gusto y obsesión de ir al cine cada inicio de año.

Y así ese primer día de enero, en una especie de romería, se veían las calles del centro abarrotadas de chicas y chicos haciendo largas colas en las afueras de los cines o yendo de avenida en avenida buscando el cine Lido, Los Capítol. El Cine Lux, el Tikal, el colon. En fin ya adentro de la sala, no faltaba quien soltara un canchinflín o quemara un cohetillo, así como algunos que ante la prohibición de entrar comida a las salas de cine, se las ingeniaran para entrar una pizza dentro del vestido de una muchacha, haciéndola pasar como mujer embarazada, o aquellos que entraban siendo amigos y salían siendo novios…

Quizás hay cosas en esta vida, que se hacen sin razón, por manía, o costumbre, mas lo cierto es que dejan recuerdos cuyas huellas el mar del tiempo no consigue borrar, pues cuando las recordamos, se nos dibuja una sonrisa y nos dejan un sabor rico en el paladar.

Oxwell L’bu
Foto: Internet

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