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Anahí Barrett

Estaba a punto de culminar una semana completa sintiéndose extraña. No era la divorciada serena, feliz, productiva, entusiasta, optimista y mucho mejor madre en la que se había convertido en los últimos seis meses. Una especie de muralla de paz solía filtrar cada evento que se sucedía en su entorno. ¿Se debían esos seis meses al hecho de entender que el ser humano es complejo? ¿Eran producto del perdón? ¿Del manoseado argumento: olvidar el pasado para seguir adelante? ¿O de rendirse y acogerse al deslucido lema existencial de los angloparlantes: shit happens in life? La única posible explicación que jamás podría alguna vez considerarse era que, aquella irreverente atea, iconoclasta y agnóstica, se hubiese entregado a la fe en Dios y en base a la oración diaria consiguiese lograr imponerse ante esa miserable etapa de su vida… en la que más de una vez quiso abandonar la luz y entregarse a la obscuridad. Esa obscuridad cuya gran bendición es clausurar de por vida la capacidad de sentir.

No. Ninguna de esas. Su nueva vida era resultado de un costoso proceso de psicoterapia. La gran artesanía científica fue inocular su psiquis por una “subjetividad sana”. La subjetividad. Esa, que, por definición Wikipedéstica, resulta ser la “propiedad de las percepciones, argumentos y lenguaje basados en el punto de vista del sujeto”. Un fenómeno psicológico inadmisible de desvincularle cuando se intenta concebir los heterogéneos matices del comportamiento humano.

Su psicoterapeuta había logrado desmantelar su discurso autocompasivo, patéticamente victimizante para sustituirlo por uno que diese lugar a un reposicionamiento subjetivo, donde otra resignificación de sus circunstancias fuese posible. Edificar una estructura psicoafectiva que le permitiese asumirse como sujeto y no objeto, como la gran intérprete de su proceso de cambio… de su vida.

Y fue esta reingeniería psicológica, a la que se había sometido por instinto de sobrevivencia, la que le permitió interpretar su vida pasada, vincularla a su presente y posibilitar un futuro. Uno en donde pudiese experimentarse miserable por otras razones.

Aquel sábado 29 de febrero, como hecho inusual, se negó a aceptar la frecuente invitación sabatina a tomar una cerveza en el balcón de lo que antes fue el hogar feliz de ambos. ¿Por qué la negativa? ¿Por qué esa cólera, aparentemente, injustificada? No lograba descifrarse. Y eso la asustaba.

Habían transcurrido casi 28 años. Un periodo más que considerable de unión matrimonial. Una decisión sostenida, primordialmente, a partir del más primario de los mecanismos de defensa: la negación. Un dispositivo psíquico que finalmente dejó de operar. El nuevo proceso, el del divorcio psicológico, cobraba vida. Se ostentaba más consolidado, progresivamente, en su escenario emocional.

Su semana de extrañez; su impedimento para disfrutar esa cerveza sabatina con su ex; el malestar gaseoso que le había escoltado en los últimos días transcurridos; la rabia que se apoderó del aniversario que ya no fue. Todo resultaba una máscara protectora que encubría sentimientos agazapados aún no resueltos. Resabios de su añeja disfuncional subjetividad. Y lo inconsciente se tornó consciente: no había terminado de perdonarle… no había terminado de perdonarse.

El domingo acampó irradiante. Su serenidad y su muralla de paz volvieron a instalarse para encajarla, de nuevo, en su advenida cotidianidad. Ella le aceptó en su compleja humanidad. Al final de cuentas, él era uno más de nosotros. Capaz de mentir, de traicionar, de abrigarse bajo el manto de la deslealtad y de la hipocresía. ¿Acaso fue el miedo el gran protagonista impensado? Esa emoción paralizante, que siempre entorpece el despliegue de la mejor versión posible de quienes realmente somos.

Conquistaba la conclusión de otro ciclo. Solo para permitirse darle paso al siguiente… a los siguientes. Le dio la bienvenida y abrazó la belleza de la incertidumbre. La incertidumbre… esa condición imposible de confinarse como parte de la ecuación que llamamos vida.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Anahí Barrett
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