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Sobre el mandato divino y el deber moral que los buenos tienen de linchar a los malos, y de las crueles injusticias contra los primeros.

Forma parte del mejor sentido común la noción de que quien bestializa al prójimo se bestializa a sí mismo; pues ―dada su naturaleza moral― ningún ser humano puede denigrar a otro sin degradarse él también. Quedar indemne de semejante acción implicaría pertenecer a una estirpe superior a la de los mortales. Y aunque amar al prójimo como a uno mismo resulte una tarea titánica debido a la baja autoestima con la que gran parte de la humanidad vive, esta máxima utópica es útil para pensar por encima de la nociones al uso sobre el bien y el mal, las cuales cambian junto a los vaivenes de la Historia y del poder.

En su libro Más allá del bien y del mal, Nietzsche afirma en uno de sus aforismos que: “El que lucha con monstruos ha de tener cuidado de no convertirse también en monstruo”, pues “cuando estás mucho tiempo mirando hacia un abismo, éste termina mirando también tu interior”. Si hacemos del abismo nietzscheano una metáfora del prójimo a quien consideramos monstruoso, y de nosotros una expresión de lo “bueno” en cuyo nombre bestializamos a aquél como subhumano, nos trocamos en bestias también. En otras palabras: bestializar… bestializa. Y, por favor, no estoy proponiendo “poner la otra mejilla” luego de la bofetada en la primera, pues la humanidad aún no ha llegado a vivir según aquella otra máxima del filósofo alemán que reza: “Lo que se hace por amor sucede siempre más allá del bien y del mal”. Es decir, por encima de los convencionalismos moralistas de época.

A lo más que ha llegado la humanidad es a inventar normativas que limitan su conducta para evitar la bestialización recíproca implícita en la moral de la Ley de Talión. Esto hace que existan en el mundo de hoy una serie de medidas de justicia que prohíben ciertas prácticas bestializantes, como la llamada “limpieza social”, las cuales brincan por encima de las leyes para “solucionar” problemas desde perspectivas unilaterales que por lo general se basan en nociones bestializadas como el racismo, el supremacismo económico, el elitismo y, claro, la arrogante ignorancia imprescindible para abrazar estas ideologías estúpidas.

En mi país, la élite oligárquica defiende a tres de los suyos, acusados de perpetrar ejecuciones extrajudiciales (por “mandato divino” en un caso, y en los otros) por un conveniente y clasista “sentido moral de la justicia”. Con indignados respingos aristocráticos, los criollos “blancos”, los oligarcas “cafés” y la burguesada “parda” que los emula, se escandalizan ante la “injusticia” de que algunos “buenos” se vayan a la cárcel por ejecución extrajudicial; un delito que, como parte de la política de seguridad del gobierno oligárquico-criollo de Óscar Berger, perpetraron para “solucionar” el problema de los expulsados de la endeble economía oligarca: indigentes, pandilleros, ladronzuelos y peces chicos del negocio del delito organizado, en el cual las élites que adoptan estas medidas fascistas participan, inspiradas en la bendecida ética del lucro. El burdo argumento de que con esas ejecuciones “los buenos” nos defienden de “los malos”, no deja duda sobre que bestializar bestializa.

Porque la escoria que “los buenos” limpian es producto directo de su régimen oligárquico. Ese que impide modernizar el capitalismo al oponerle prácticas mercantilistas, monopólicas y fascistas, logrando así que el sistema expulse del empleo, la educación y la salud a quienes habrán de corromperse para sobrevivir. “Los buenos” crían monstruos y luego se erigen en sus ángeles exterminadores.

Autor: Mario Roberto Morales.

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