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Anahí Barrett

Ana necesitaba una estructura a seguir, una especie de receta, un rumbo concreto para cambiar su aquí y su ahora. Su presente la sofocaba. Le alejaba abismalmente de la casta de mujer que su memoria le aseguraba haber sido.

A punto de solicitar la cuenta en el restaurant del gallego, Jacobo congeló la mirada en una mujer con altísimos tacones negros que revelaban las curvas de unas piernas exquisitamente torneadas. Estaba acompañada por una pareja, a quienes no prestó mayor atención. Se entregó a observarle toda al mismo tiempo que decidía ordenar media jarra más de vino tinto. Ella llevaba un abrigo que seguramente ocultaba unos senos grandes y una cintura pequeña que comunicaba a unas caderas moderadamente redondas. Aquella noche, los destellos de la luz le confundieron con respecto al color de su cabello. No resultó ser caoba claro, como pudo constatarlo horas después…ni tampoco resultaron ser unos senos grandes.

Ella percibió el penetrante escrutinio gaseoso en el ambiente por la mirada de aquel hombre alto, delgado, de cabellos largos con matices de canela claro, ojos grandes y avellanados, nariz recta y dentadura casi perfecta. Inmediatamente se sintió halagada pero también expuesta y vulnerada. Y, sin embargo, sonrió desde lejos ante aquel perfecto extraño.

Y fue así como Jacobo se instaló de golpe en su vida. Esa noche sin luna y sin estrellas, incapaz de blindarse ante su franca y seductora alegría, fue el inicio de una vida juntos decorada con matices anaranjados, amarillos y turquesas, siempre alternados con acentos cenizos y pardos. Un intercambio agridulce que sobrevivió durante 27 años de matrimonio.

Sin meditación alguna, Jacobo terminó con su cigarrillo, rasgó una cajetilla nueva y encendió el siguiente. Extendió su desgastado paraguas negro y caminando apresuradamente cruzó la calle sorteando a un viejo Opel celeste que se le cruzó en el trayecto. Finalmente logró llegar a donde vorazmente quería. Sin hacer pregunta alguna la cubrió con el paraguas. Por un instante cruzaron una aguda mirada que denotaba una añeja confianza. Aquella propia de longevos consorcios.

Ana y Jacobo, desdibujados por el tiempo, víctimas de alienantes rutinas recorridas y normalizadas. Librados del típico violento desenlace por amoríos que “nunca significaron nada”. Atrapados en una extraña burbuja silenciosamente íntima y protectora, encararon a aquella cartilla. Y fue ella quien rompió el silencio: ¿en dónde firmo?

Para Ana la ruta para cambiar su aquí y su ahora estaba dada. Más no la certeza de recuperar a esa Ana Lorenzo. Esa casta de mujer que su memoria le aseguraba haber sido alguna vez.

Ana y Jacobo, desdibujados por el tiempo, víctimas de alienantes rutinas recorridas y normalizadas.

Anahí Barrett
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