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Anahí Barrett

Hacía varios meses que experimentaba los tan documentados, bochornos, sofocos, refuegos, sudoraciones nocturnas etc. etc. etc. Tenía semanas de no poder descansar. ¿Dormía? Definitivamente algo parecido le pasaba, de lo contrario hubiese sucumbido en medio del campus universitario.

Y llegó la consulta… esa consulta. El Dr. Fonseca, su ginecólogo desde hacía 30 años, le impresionaba como un ser suspendido en el tiempo. Seguía siendo el mismo “niño bueno grande” en paralelo al profesional exitoso y elitista de siempre.

Y nuevamente la desgastada conversación retórica tuvo lugar: “que día más caluroso, no le parece María Carlos? ¿Cómo están los críos Dr. Fonseca, me imagino que ya dando batalla como buenos adolescentes? “Disiento de su opinión María Carlos, me parece que nuestra responsabilidad cívica es acudir a las urnas. Mi familia y yo votaremos por Jimmy Morales. Es la única opción que no tiene tachas y que inspira confianza. Recuerde que él no es un político”. Clima, hijos, pseudo política, los temas que construyeron perpetuamente la antesala a la posterior toma de presión arterial, monitoreo de peso corporal, exploración vaginal, palpación de senos y demás.

Un atardecer amenizado por una copiosa lluvia, sin la protección de su vieja sombrilla olvidada en el carro, le dio la bienvenida inmediatamente después de la ritual despedida con aquel personaje a quien conocía, perfectamente, como total desconocido. Ese doctor, que frecuentaba sus entrañas cada seis meses, sin permitirse nunca interesarse por quién realmente era ELLA, su paciente. Dos perfectos conocidos y desconocidos, habían nuevamente acordado, a través de su secretaria, la próxima cita médica.

Al mismo tiempo que constataba la incómoda humedad instalada en sus extremidades inferiores, no pudo evadir un pensamiento engusanado de prejuicios. Se entregó a la certeza de intuir a su médico como un hombre inútil, aburrido, insípido, inerte con una hembra en su cama. Suspiró y repasó mentalmente su olvidada hipótesis: seguramente su ginecólogo jamás conoció, ni conocería, las mieles adictivas del sexo duro, salvaje, sin tapujos… animal.

Y casi simultáneamente, Galeano se acomodó con ella bajo la lluvia. Asumió que, indudablemente el doctor Fonseca nunca se dejaría seducir por la sensualidad que exuda ese prodigio de escritor. Evocó aquel poema que le atrapó diez años atrás: “Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.”

Y repentinamente María Carlos sintió un choque eléctrico hecho convulsión en todo su organismo. Sintió su vientre humedecerse, pero no precisamente por la lluvia. Recordó a Efraín, uno de tantos amantes desalmados que habían transitado por su cuerpo. Su Efraín. Aquel veinteañero gordito, de ojos pequeñitos, pero de un profundo café oscuro, casi llegando a ese color de mirada que se dice inexistente: negro ébano. Descendiente de una extirpe maya de reyes, príncipes y princesas, según le fanfarroneó una anaranjada tarde de noviembre después de haberse explorado el cuerpo hasta quedarse sin geografía anatómica para ser colonizada. Fue él quien le introdujo a Galeano y le amarró para siempre al autor. Con el cuerpo estilante, lo evocó como un tipo fuerte en el lecho, posesivo, agreste, creativo. Todo un macho indomable poseyendo a una hembra.

Con una sonrisa socarronamente disimulada, disfrutando de su humanidad totalmente empapada, recordó su manía fiel, en cada encuentro de cama, de marcarla toda. Extrañó su gran cualidad. Aquella que pocas veces había encontrado en la larga lista de los amantes que había seleccionado durante décadas. Esos imposibles de desterrar por inscritos con tinta indeleble en su memoria. Efraín NUNCA se durmió después de coger. Muy por el contrario, se quedaba oliéndola, hurgándole el pubis, jugueteando con sus pezones rosados, hablándole de literatura y leyéndole sus pésimos poemas. Los cuales, por supuesto ella siempre le alabó, aplaudió y le rogó para que se los leyera una y otra vez. Siempre supo muy bien cómo funcionaba su psiquismo. Efraín era de esos: de egos arrogantes y narcisistas. Incapaces de amar a alguien más que a sí mismos. María Carlos sabía soportarlo bien, hasta el grado de llegar a saborear plenamente lo patético de sus intentos infantiles de dárselas de escritor. Lo que realmente gozaba era cuando él hacía a un lado esa faceta tragicómica de sí mismo, y le leía pausadamente, sudoroso, a Galeano. E irreparablemente, irremediablemente, se apoderaba de ella ese afán por tenerle de nuevo, por poseerlo, por invitarlo a penetrarla hasta dejarlo sin semen, sin restos de biomasa corporal que desechar en su vagina durante la vecina batalla…aquella de sábanas y almohadas usadas. Contiendas que no fueron muchas, o nunca le resultaron suficientes.

Acompasada con estas memorias, María Carlos se inscribía, de forma impuesta, en el club de las, indudablemente, futuras insufribles mujeres menopaúsicas. Y, además, en el estereotipado grupito denominado como rucas. Esa categoría de mujer, que resulta desechable, cual kleenex usado e inservible. Mujeres devaluadas, desde las imputaciones descalificadoras que la estructura social inocula en nuestro imaginario, tanto en los hombres…tanto en las mujeres.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Anahí Barrett
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