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Anahí Barrett

Todo en él evocaba la atávica tipificación del temperamento flemático. Llegué a sentir que su humanidad-si pudiese ser posible viajar en el tiempo- podría haber inspirado la propuesta humoral milenaria de los antiguos filósofos y físicos de las civilizaciones griega y romana.

Conocí a Arián varios meses antes de que arribara a sus 17 años. Interactuar con él, y sus silencios, fue siempre una experiencia donde me hipnotizaba un ser calmado, tranquilo, carente, aparentemente, del ordinario punto de ebullición emocional. Una condición que le tornaba incapaz de experimentar la feliz experiencia de enfadarse. Serio, impasible y soberanamente racional. Era calculador, estratégico, analítico, tendiente a la introversión. Apático… simuladamennte inerte ante los estímulos de su entorno. Cuasiposeedor de una escalofriante villana falta de sensibilidad. Una que podría confundirse con una indiferencia total ante la vida. Quizá le importaba un carajo involucrarse en la vida propia… y seguramente aún menos en la del prójimo. Y sin embargo, esa insensibilidad se acompasaba por una extraña capacidad de focalizar su atención. Una cualidad, que al estar conmigo, generalmente desembocaba en una vibrante elocuencia, transformándose, momentáneamente, en el centro de la interlocución. Siempre y cuando, mis intervenciones acariciaran alguna fibra de sus
intereses.

En uno de tantos amaneceres compartidos, charlando pausadamente, se lanzó con una inusual y explícita pregunta. Un cuestionamiento que, por primera vez, parecía evidenciar curiosidad por la condición de mi corazón, de mi persona… sobre quién realmente soy. Ante mi respuesta traslúcida, acompasada con suspiros y acobardadas lágrimas, de súbito se puso en pie y pausadamente se acercó y me prodigo un abrazo inesperado, cálido, entrañable, pero un tanto torpe. Un atisbo de encuentro que trascendía la búsqueda de darme consuelo a través del contacto corporal. Lo abrigué e interpreté como su necesidad de conectarse, quizá por primera vez, desde su esencia buscando la de otro. Quedamos en silencio. Sin relajar su inhábil abrazo, citó frases de Nietzsche: “Es pobreza de espíritu obstinarse en devolver el daño que se ha recibido…Dios no es más que el reflejo del hombre por querer dominar a las masas… y recuerda su concepto de Ubermensch”.

Arián giró repentinamente la conversación mientras los primeros rayos de sol se anexaban, sin invitación, a nuestra íntima circunstancia. Una circunstancia que acompañamos con un vaso de decadente whisky. Y el protagonista de su ulterior discurso fue el juego Smash de la consola Switch, el cual justificó, floridamente, como su única posibilidad de salvación en medio de este contexto surrealista por el encierro pandémico. Volvió a ser cognoscitivamente un chiquillo de 16 años… un chiquillo poseedor de una hechicera alma antigua.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Anahí Barrett
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