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Santos Barrientos

Cuando los vastos portentos comunicantes besan cada pasmo de nuestra lengua, combinamos los colores sobresalientes que adquieren sentido en el habla. Hablamos y nos ocultamos. Nos ocultamos para callar, cada vez más, nuestro silencio sombrío y ajeno a las diversas concatenaciones del tiempo. Nuestros sueños nos aíslan del mundo real y pasamos, sin más, a enfrentarnos con el ogro que viste de miedo nuestra silueta natural y significativa de nuestro alrededor. No es que se sueñe —como se supone habitualmente— con el objetivo de desentendernos del mundo real, sino que soñamos para que eso mismo se convierta en real.

La manifestación de la esencia humana que se muestra en los claroscuros, como luz que se escurre entre los visillos, y penetra en cada parte interna, nos coloca en una idea: realidad y sueño; soñamos para ser espejo y que otros también sueñen.

Luz y oscuridad, todo ocurre como si nada trascendiera y se inmola en el tiempo. El humano es tradición. Sueña, y cuando sueña logra, porque soñar constituye el deseo de errar —porque errar también enseña— y cuando se cae entre las brasas solo queda esperar que ese sueño no cambie de estación y se incluya en cualquier espacio que, quizá, desconozcamos.

La riqueza de nuestra civilización depende también en qué soñamos. Se sueña para transformar, también, el espacio que construimos con nuestros pasos, aunque lentos y pesados. Pero el tiempo lo confirma: a veces soñamos y lo hacemos para construir legados o, en peores casos, ruinas y desdichas que reconfortan la miseria humana. Soñar no debe entenderse como una idea lejana del interior subjetivo, sino como el móvil habitual de las singularidades humanas.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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